domingo, 10 de abril de 2016

El análisis

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F. J. Blázquez

Hermanos de carga del Cristo del Amor y de la Paz, en su marcha penitencial del Jueves Santo | Foto: Pablo de la Peña

Algunas de las soluciones más socorridas para justificar actuaciones de dudosa valía son las que resaltan la buena voluntad, el trabajo o la ilusión de los ejecutores. Y entono el mea culpa, porque también incurro en ello cuando la caridad o el cariño pesan más de lo debido, como sucede ahora, que termina la Semana Santa, con sus procesiones y actos añadidos.

El tiempo de la Pascua es el de los análisis, balances, conclusiones... Son varios los que se hacen. La prensa, desde tiempos casi inmemoriales, dedica el lunes de Pascua a este menester. Luego está el oficial de la Junta de Cofradías, entre medias el extraoficial, en tono distendido, de la Tertulia Cofrade Pasión y algunos otros que de manera más discreta se llevan a cabo en los distintos ámbitos cofrades. Está todo muy bien, porque una vez que se cumplió el cometido la reflexión resulta obligada cuando se quiere mejorar de verdad. Sin un estudio crítico sobre lo realizado resulta complicado tomar conciencia de los detalles susceptibles de mejora o incluso de problemas estructurales. Salvo que se tenga ya un desfile perfectamente rematado, que entonces lo mejor es no tocarlo.  

Ante esta situación, y por la experiencia de años anteriores, como observador solo a veces participante, uno ha llegado a varias conclusiones sobre la idiosincrasia de quienes en nuestras cofradías, hermandades y congregaciones ejercen, ostentan o detentan responsabilidades varias, según los casos. Por concretar, que tampoco esto es artículo científico, podemos resumirlas en tres situaciones, por continuar con esa agrupación trinitaria que tanto gusta en la ciudad del Tormes.

La primera impresión, creo que bastante compartida, es que con el florecimiento de la Pascua eclosiona en los ánimos, a modo de síndrome, un estado generalizado de satisfacción postprocesional. Los protagonistas, cuyos rostros visibles son casi siempre los de los hermanos mayores, aparecen exultantes. Lo mismo que los políticos al terminar el escrutinio en las noches electorales. Es algo normal, pues todas las ilusiones y esfuerzos del año han cristalizado en un desfile penitencial y ellos han sido los responsables. Como para no estar contentos. Solo la suspensión por lluvia, si se hubiera dado, llevaría la pena a sus rostros. La causa de la desdicha es entonces ajena y no pasa nada, por tanto, si se culpa a los meteoros. Igual que cuando los políticos achacan a la crisis, o a los ciudadanos que no han captado su mensaje, el infortunio del resultado. El origen del problema, cuando se reconoce, es siempre exógeno.

Una segunda conclusión podría denominarse del perspectivismo básico. Es la situación que se origina cuando al analizar surgen opiniones dispares. Dispares con la emitida por el directivo-portavoz bajo los efectos del síndrome considerado con anterioridad. Y no falta tampoco razón al postulador de tal teoría, pues por mucho que el gusto, el orden y hasta el decoro escaseen, todo acaba siendo cuestión de perspectiva. Para unos bien, para otros mal. Pero si a quien lo organiza le gusta, y además se ha puesto el corazón en ello, pues acaba estando bien. Lo propio siempre agrada, faltaría más, que hasta "Paquirrín" para su madre es guapo. Claro que la madre…

Para finalizar, también a modo de constante, está la cuestión del silencio compelido con carácter sectorial. Es decir, que los análisis son válidos y se consideran, comentan y comparten si sus conclusiones se ubican en el diagrama sectorial dentro del espacio del aplauso. Sin embargo, cuando el sector de destino es el otro, entonces no. Entonces no existe el derecho a expresar los pareceres, por contrastados y rigurosos que puedan resultar, porque quien opina destruye las ilusiones de mucha gente.

Este es el panorama. No es fácil, porque para el halago todos parecen preparados, pero para el análisis riguroso, aunque venga desde el cariño, casi nunca se está dispuesto. En el fondo todo esto refleja una terrible falta de madurez, de incomprensión del funcionamiento de los mecanismos de la comunicación social en el mundo occidental que consagró derechos y libertades, de miedo a que se pierda un no se sabe qué. Una institución fuerte no teme la libre opinión, porque posee los mecanismos necesarios para rebatirla, si fuera injusta, o aprovecharla para progresar. Nuestras cofradías, sus responsables, deberían ser conscientes de esta realidad.


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