jueves, 19 de mayo de 2016

Fronteras

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A. Coco

Dos hermanos de la Cofradía de Cristo Yacente, en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Alfonso Barco

Las fronteras, cuando no están claras, pueden dar lugar a confusiones y espejismos. María José, bendita ella entre todos los contertulios, diría que a "boberías" como esa vista por un ensanche madrileño donde, al menos, todo queda más diluido y escondido que en el casco viejo de una ciudad turística en la que los visitantes no entienden nada. Cuando se defienden algunas posturas, bien convendría antes analizar sus semejanzas. Pero las fronteras de hoy, aviso para malpensantes, no tienen nada de cardinales.

Están las fronteras entre la propaganda y la información. Bien sabe uno lo que es una y otra aunque tampoco él pueda tirar la primera piedra. En esa frontera se dice aquello de "esto no lo pongas" y se indica lo que debe escribirse. Así se da lugar a suplementos de divulgación turística con un falso tufo informativo donde la jerarquía y la extensión las dicta el que pone la pasta. El criterio periodístico, establecer por qué abordar esta o aquella Semana Santa, por qué darle a esta historieta dos columnas o a aquel personaje una apertura generosa, recomendar si visitar las ciudades de aquí o de allá, queda supeditado a aquello acordado entre la parte contratante y la parte contratada.

Y sobre fronteras entre propaganda e información también debemos reflexionar a la hora de pregonar desde las cofradías la labor caritativa desarrollada. Bueno puede ser contar, para que algunos que no quieren oír oigan, que tras las hermandades hay, aunque en distinto grado, un compromiso social. Pero los protagonismos ocasionales, con bombo y platillo, no deben caer en el error de que la mano izquierda sepa lo que hace su diestra. Siempre debería ser preferible un balance general, unas pinceladas a toro pasado que resuman un sentido, antes que una caridad con nombre, apellidos… y fotografía.

La segunda frontera me la sirven un par de diputados de la oposición en el Parlamento gallego durante el debate de la nueva ley de patrimonio cultural de la Xunta, donde llegaron a afirmar que esta normativa de carácter autonómico debe velar por el mantenimiento de aquellos elementos históricos o identitarios de la región… salvo si tienen algo que ver con la Iglesia católica. Que se caiga la Catedral de Santiago mientras conservemos aquella piedra en la que una tarde se sentó algún escritor idolatrado.

Con la intención de dar una de cal y otra de arena, recuerdo a continuación aquella famosa rueda de prensa de Ganemos Salamanca donde un edil manifestó que, en la frontera entre lo público y lo confesional, un Ayuntamiento no debería costear, por ejemplo, la restauración de una talla sin valor artístico. Devociones al margen, el cofrade deberá reconocer que en esto puede no faltarte razón. Aunque de naturaleza pedichona, debemos conocer la frontera de lo que tenemos derecho a reclamar.

Porque la tercera y última frontera es la ciudad, con su rutina diaria, sus plazas y sus calles, que son de todos. Por eso mismo no son solo de los cofrades, sino de toda la ciudadanía, de los que miran con buenos ojos hacia una procesión y de los que sueltan sapos y culebras al escuchar tambores y cornetas. No podemos fiarlo todo a contar con una administración local que sople a favor de nuestros intereses. De ahí que sea preciso darse un marco regulatorio común y no hacer de nuestros horarios e itinerarios un sayo. El retraso en la salida de una procesión o la modificación de un itinerario por la lluvia no pueden quedar al libre albedrío de la hermandad afectada. En ocasiones hay cortes de tráfico u otras posibles actividades que interfieren en ello. Con los derechos y deberes blanco sobre negro, las cosas estarán claras ante cualquier adversidad futura. Lo mismo debería regir para traslados y ensayos. Lo poco agrada... aunque haya quien no lo crea.


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