lunes, 30 de mayo de 2016

Del ministerio de autoridad y las elecciones cofradieras

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Tomás González Blázquez

Hermanos de carga del Cristo del Perdón en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

Si la vida política española, de un tiempo ya largo a esta parte, viene marcada por las diferentes elecciones (generales, autonómicas, locales, etc.), se puede también decir que 2016 es un año electoral en las cofradías salmantinas. A varias hermandades les corresponde celebrar comicios y la Junta de Semana Santa se halla inmersa en el mismo trance. Es hora de elegir mediante el voto, de reflexionar para emitirlo, de renovar confianzas o depositarla en otras personas, de ofrecer alternativas si se entiende que son necesarias…  Hora de comprometerse de un modo particular con la vida de la comunidad, bien de forma continuada como puede asumir un candidato para los años siguientes, o al menos puntualmente para el cofrade que se acerca ese día a la junta, cabildo o asamblea de elecciones.

Cuando pienso en las elecciones en una hermandad suelo recordar unos jugosos temas del curso de formación cofrade que dirigía, a través de internet, el bueno de Javier Fresno, y que seguíamos, hace ya doce o trece años, unas decenas de cofrades de toda España. Eran los dedicados a la comunidad, y en ellos se abordaba la cuestión del ministerio de autoridad en las hermandades. En aquellos párrafos se subrayaba que, dentro de una cofradía, y en general en cualquier institución de la Iglesia, el ministerio de autoridad debe ser contemplado como un don tan necesario como los otros para el crecimiento de la comunidad. Si no se entiende como don al servicio de todos, sino desde la idea de poder o privilegio, caemos en la mentalidad de partido político o de empresa: las elecciones se desvirtúan hasta convertirse en una mera asignación de poder e, inevitablemente, nace la postura de "oposición", tan paradójica en una cofradía.

La autoridad, en la Iglesia, viene de Dios. Es como un encargo para una misión en el que el modelo es Aquel que no vino a ser servido sino a servir (cf. Mt 20, 28). Seguirlo no es sencillo. En la vanidad humana buscan imponerse los criterios personales, los egoísmos, las ansias de controlarlo todo… y en esa batalla interna del encargado de ser autoridad puede caer herida la comunidad por completo. Cuántas veces nos cuesta dar la razón al otro o revisar la propia visión con otros prismas. Qué complicado es a menudo saber delegar, fiarse del otro aunque sepamos que piensa distinto y actuará de manera diferente a nosotros, escuchar más que hablar, llamar al orden con delicadeza y eficacia, sanear rivalidades o conflictos, anteponer las personas a las normas…

Por otro lado, la comunidad es la encargada de confiar esa autoridad, y el que la recibe ha de rendir cuentas ante ella. Son fundamentales los límites, los mecanismos efectivos de supervisión y de asesoramiento, la prevalencia de los órganos colegiados sobre los personales. Ayudaría utilizar siempre la vía directa para la comunicación, de persona a persona, bien en privado, bien en asamblea abierta. Sin miedos y con franqueza, como corresponde a cualquier comunidad de Iglesia. También es sana medida la limitación temporal de los mandatos, que orienta hacia la corresponsabilidad, resaltando que si bien todos somos y todos debemos estar, la asunción de los cargos directivos no debe recaer siempre en los mismos miembros. Nadie merece creerse o que le hagan creer que es imprescindible.

El momento de elegir a los hermanos que se proponen al obispo para ser nombrados no puede descuidarse. No se trata de dirimir en la tanda de penaltis, usando una urna como portería, el futuro inmediato de la hermandad. Si la situación concreta de la cofradía ha suscitado que opte más de un candidato, porque los planteamientos son diversos y no ha sido posible alcanzar un consenso, se hace más necesario si cabe dedicar un tiempo largo al discernimiento. Espacios prolongados de oración, la invocación insistente al Espíritu Santo, quizá una Eucaristía previa a los debates y votaciones, contribuyen a resaltar lo esencial y lo que une, y así se elige mejor. Es práctica histórica en la Iglesia, el paradigma es el cónclave para elección de Papa y así se hace en concilios y sínodos, buscar siempre mayorías amplias, casi unánimes, nunca menores de los dos tercios. Aunque se alargue, aunque haya que ceder, aunque cueste. Se evitan fracturas, se aminoran daños, se estrechan diferencias.


2 comentarios:

  1. Felicidades Tomás. Tus artículos marcan una línea de seriedad que aporta siempre la invitación a reflexionar. Todo un lujo para estas páginas que tratan de ser pluralistas y abiertas a la razón y a la palabra.
    Enhorabuena y a seguir en ese camino que es necesario para aunar esfuerzos en la tarea común que nos une.
    Fuerte el abrazo

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