jueves, 12 de mayo de 2016

Procesiones de aquí (I)

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J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo de los Doctrinos, junto al Palacio de Monterrey el Lunes Santo | Fotografía: Alfonso Barco

No falla. Si la gente de fuera me pide asesoramiento sobre qué procesiones salmantinas podrían ver en estas calles compaginándolas con las de la vecina Zamora, tiro de una pequeña chuleta que hice hace años para un artículo que publiqué en El Mundo y con la cual, parece ser, he ido acertando a la hora de mostrar mis preferencias procesionales.

Cuando los visitantes penetran en el alma de piedra que late en los adentros salmantinos, descubren que aquí se funden, como en ningún otro lugar, los lienzos monumentales y las sombras de las imágenes, como necesarios e imprescindibles lazos de una armonía que estéticamente promueve atmósferas envolventes. De esta forma se revalorizan esas procesiones quizás escasas, pero de gran trascendencia por sus intensos y apropiados contenidos cofrades.

Me refiero a las marchas penitenciales que brillan por su austeridad y compostura. En ellas los penitentes expresan con seriedad lo que debe mostrarse, resaltando con rigor al que es único protagonista: el Cristo rememorado desde la fe, como fuente de vida.

Fuera de esos contenidos de recogimiento, las parafernalias y las incongruencias mostradas con todo alarde de chabacanas actitudes procuro dejarlas fuera de ese recorrido que suelo hacer con los foráneos. Solo me interesa lo que viene brotando (con diferentes matices) desde los cimientos que encajan y adecuan las expresiones de nuestro carácter como pueblo en los días de la Pasión salmantina.

La Vera Cruz fue incorporada a mis apuntes cuando comencé a sentir con cierto apego devocional a esa imagen que lleva a sus pies, con tanto acierto, los cardos de la humilde y terca tierra salmantina. Después de ver al Cristo de los Doctrinos, enclavado en el portentoso calvario de la calle Compañía, partimos hacia Zamora donde se muestra, en esos momentos que incendian la noche, una exposición única de ancestros descubiertos por los años 70 del pasado siglo. El Cristo de la Buena Muerte surge del Medievo cuando el "¡Oh, Jerusalén!" acompaña el andar penitente de la comitiva silenciosa, y el sentir zamorano da golpes sobre la ciudad que abre su corazón para enterrar al Hombre más generoso que pisó la tierra en toda su Historia.

No voy a referir de forma concienzuda lo que podemos ver en esos cuatro días mágicos y circundantes, en los que algunas de nuestras procesiones están a la altura de las más interesantes que podamos encontrarnos por los pueblos y ciudades de este país. Así en el Santo Miércoles, esa imagen que es referencia de nuestra iconografía se funde sobre el gran museo de calles, rincones y momentos que posan delicadamente la acentuación de la belleza más estricta y exigente.

El Varón de Dolores que acepta el destino diseñado por el Padre como única salvación para el hombre, deja la impronta de su delicadeza en esa serenidad conmovedora y única que tantas veces me hace preguntarme cómo Carmona pudo tallar ese sueño de belleza conmovedora.

Y es en esa noche, cuando los espíritus encapados surgen del lapso intemporal de la Sierra madre de la Culebra, para pastorear con sobria eternidad por las calles zamoranas, mientras el Cristo del Amparo incrusta, como fuego de solemnidad humilde, su sombra en las sombras del calvario zamorano que lo acoge y lo besa con la ternura cofrade del pueblo.

Los viajeros enamorados de lo que han visto, ansían seguir a mi lado recorriendo y acogiendo entre las dos ciudades la expresión popular, que lleva la impronta de lo que es fiel a nuestra forma de interpretar el fruto del árbol de la vida y el tiempo.

En esa noche, cuando regresamos para ver al Cristo de las Catedrales por Libreros, me recuerdan la impresión inolvidable que les causó la Hermandad Universitaria, reconociéndome que tenía razón cuando les indicaba que esa marcha penitencial emana, con sencillez, esencias que exigen nuestra mirada desde el hondón del sentimiento, donde hemos de preguntarnos por qué no han surgido más cofradías con ese tono salmanticense que ubica la marcha penitencial universitaria entre las más valoradas de cuantas salen a la calle.

Así muere ese anochecer, en el que los viajeros amigos me expresan su contento por las experiencias vividas entre las dos ciudades hermanas, mientras esperan  al Jueves para seguir con esta aventura, que tendrá su desenlace, siempre que Dios lo quiera, en estas páginas, el mes que viene...


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