lunes, 6 de junio de 2016

Dialéctica cofrade. Entre lo sagrado y profano

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F. J. Blázquez

Un cofrade de la Hermandad Dominicana carga con una cruz | Fotografía: Alfonso Barco

Al género homo, al margen de la obligatoriedad taxonómica que obliga a especificarlo como sapiens, se le han añadido múltiples calificativos por mor de sus facultades y dimensiones. Así, según las circunstancias, hablamos del homo faber, historicus, socialis, economicus… y religiosus. La cuestión del homo religiosus, la que nos interesa ahora, conlleva la asunción de que el hecho religioso, en cualesquiera de sus acepciones y circunstancias, es algo inherente a la condición humana; es decir, que el ser humano, por el hecho de serlo, es un ser religioso. Al respecto, Mircea Eliade y sus discípulos concluyen su monumental Historia de las creencias e ideas religiosas con la aseveración, perfectamente estudiada y argumentada, de que en las sociedades contemporáneas, secularizas a veces hasta el exhibicionismo de lo ateo, la frontera entre lo sagrado y lo profano se ha diluido tanto que se profana lo sacro y se sacraliza lo profano, y esto, per se, es también hecho religioso. La Iglesia y su mensaje, en nuestra sociedad, acaba vaciándose de sentido religioso, mientras que realidades como la nación, ideologías y hasta entidades deportivas acaban ocupando el espacio dejado por la praxis religiosa tradicional.

Este planteamiento general, con el que hemos comenzado, se puede llevar perfectamente al devenir de nuestras cofradías penitenciales. Per se son instituciones religiosas y a veces, en cumplimiento de su sentido y tradición, también cristianas. Y no es artificio literario, que el cristianismo en las cofradías no deja de ser un reflejo de lo que sucede en la sociedad. De ahí la pregunta: ¿es nuestra sociedad cristiana? Pues en parte sí y en parte no. Habría que establecer infinidad de matices y la respuesta única y excluyente resultaría imposible. Lo mismo sucede con las cofradías, que se desenvuelven, no lo olvidemos, en la periferia del ámbito eclesial, donde se difuminan las fronteras del dogma, la norma y autoridad.

De esta forma, podríamos decir que en el siglo XVII, por ejemplo, la sociedad sí era cristiana, y las cofradías, con sus deficiencias y contradicciones, también lo eran. En el siglo XIX, también durante los años del nacional catolicismo, la sociedad cristiana acusaba las carencias y debilidades derivadas de una imposición anacrónica demasiado fundamentada en argumentos sentimentales e infantiloides. Y esto tuvo su reflejo en las prácticas cofrades de la época, debiluchas, más bien fofas, teñidas en demasía de afectación. Ahora, en el transcurso de nuestros días, que percibimos una sociedad seculariza y acomodada, poco dada a razonar, la actitud mayoritaria de los cofrades no puede escapar a esta realidad. Resulta inevitable.

Una exploración por la vida interna de las cofradías nos permite descubrir que en todas hay un grupo integrado, el que la hace funcionar, y al menos en lo formal mantiene el discurso cristiano. Pero el porcentaje mayoritario, abrumadoramente mayoritario, sostiene el otro discurso, el del siglo. Si la sociedad no es cristiana, los cofrades tampoco lo son mayoritariamente, aunque hayan recibido el bautismo. Porque ser cristiano, al margen del paso por las aguas sacramentales, implica comunión eclesial y una determinada forma de pensar, la que lleva a vivir y a actuar en clave cristiana. Y eso, mayoritariamente no se da entre la grey de las cofradías.

La paganización, que sigue siendo religiosa, aunque no cristiana, gana enteros porcentuales entre los cofrades. Desde un punto de vista estrictamente personal, esta paganización puede manifestarse de dos maneras distintas. Una evidente, la que no se plantea nada más. En Zamora, por ejemplo, se identifica la Semana Santa con las procesiones. No se contempla que el concepto es muy anterior o que prevalece una celebración litúrgica que da sentido a la paraliturgia. Esto no quiere decir que haya muchos cofrades concienciados y coherentes, que los hay, pero hablamos de la generalidad, que siempre acarrea injusticias. La otra sería la soterrada, cuyo paradigma bien pudiera ser el sevillano. Ahí sí que nos encontramos con una práctica cristiana, fundamentalmente en el discurso y el boato celebrativo, pero apenas se escarba en la superficie de la parafernalia cultual que incluye los ojos vueltos y en blanco, poco más es lo que se percibe de autenticidad cristiana. ¿Sería posible, por ejemplo, dar el paso hacia la segunda etapa en la vida de oración, es decir pasar de la vocal o discursiva a la meditación? Esa es la prueba definitiva. Naturalmente que hay excepciones, y por centenares, pero estamos con los arquetipos.

En Salamanca andamos un poco a medio camino, pues al parecer hay un poco de todo, propio e importado. Constatamos, evidentemente, esa paganización de quien no ve más allá de la tradición y el folclore, por un lado, y también de la piedad impostada que, precisamente por eso, resalta el desfase de unos usos y prácticas poco acordes con una Iglesia que hace ya cincuenta años abogó por el aggiornamento. Esta dialéctica, no obstante, de una forma o de otra ha estado siempre presente en la historia de las cofradías. Los cofrades de hoy en día no son peores que los de ayer o antes de ayer, sino que responden al nuevo modelo de sociedad. Ya sabemos que el ideal es otro, pero estas son cuestiones que no deben soslayarse cuando se trata de buscar soluciones al gran problema que pueden llegar a suponer, para la Iglesia, las instituciones cofrades.


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