jueves, 27 de octubre de 2016

Contra soberbia... humildad

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Félix Torres

Portada del catecismo del padre Astete

La lectura conduce a la cultura y, para los creyentes, leer detenidamente el catecismo, texto que la mayoría dejamos aparcado al abandonar la escuela, supone además parte fundamental de esa formación que necesitamos a lo largo de nuestra vida, pues en él se recogen los contenidos esenciales y fundamentales de la doctrina católica tanto sobre la fe como sobre la moral.

Cualquiera de los catecismos, desde los preconciliares de Astete o Ripalda –seguramente los más recordados por la tradición–, hasta el actual, promulgado por Juan Pablo II en 1997, contemplan en número de siete aquellos vicios que, por ser generadores de otros pecados, de otros vicios, son llamados pecados capitales. De entre ellos, dos –soberbia y envidia– que encontramos tan profundamente arraigados en nuestra idiosincrasia hispana –y, por español, en el mundo cofrade–, que llegan a confundirnos hasta llevarnos a actuar pensando erróneamente que lo nuestro es lo correcto; que solo lo nuestro es lo correcto.

En muchas ocasiones, nuestro comportamiento pecaminoso es fruto del desconocimiento de normas y reglas. A veces desconocimiento interesado que nos lleva a actuar como la zorra de Esopo frente a esas inalcanzables uvas, de las que nunca sabremos su estado, pero que despreciaremos soberbiamente dando por segura su inmadurez. Y, ¿es la ignorancia un pecado? No, por supuesto que no, pero se peca por ignorancia. Admitamos nuestra ignorancia e intentemos salir de ella por cualquier medio a nuestro alcance.

Son dos, como decía, esos vicios, pero dejaré la envidia para otra ocasión centrando la atención ahora en el más enraizado de ambos: la soberbia. Ya Gracián, hace más de trescientos años, afirmó certeramente en El Criticón que "la soberbia, como primera en todo lo malo, se perpetuó en España, donde vive y reina con todas sus aliadas: la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir a nadie, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío con todo género de presunción y todo esto desde el más noble hasta el más plebeyo".

Y Fernando Díaz-Plaja, en su ensayo El español y los siete pecados capitales ejemplifica el pecado de soberbia utilizando la Semana Santa como parte básica de esa "exhibición religiosa" a la que somos dados: "Procesiones como las de Semana Santa en diversas ciudades españolas no serían posible sin la demostración de poder y lujo por parte de los que en ellas actúan y desfilan. '¡Hay que ver cómo llevamos a nuestra Virgen, a nuestro Cristo!». Claro está que siempre se trata de algo propio y esta imagen nuestra es siempre 'mejor'".

Vuelve Díaz-Plaja a la soberbia cofrade cuando acertadamente describe las procesiones de disciplinantes de nuestro, en muchos casos, añorado Barroco. En aquellas, los cofrades de espaldas desgarradas y sangrantes, cumplían con "un deseo cristiano de sufrir por el Señor, pero viajeros e indígenas que escribieron sobre ello notaron que la presunta tortura era una exhibición de virilidad –léase orgullo o soberbia– puesta de manifiesto por el cuidado que tenían los penitentes de que las damas de sus pensamientos vieran de cerca la acción". ¿Pecaban de soberbia aun en su ignorancia? Quizá solo fuese la exacerbación apasionada de una mal interpretada lectura de recomendaciones catequéticas.

Quienes conocieron el Catecismo de la Doctrina Cristiana del padre Gaspar Astete recordarán aquello de "contra estos siete vicios hay siete virtudes. Contra soberbia humildad. Contra avaricia largueza. Contra lujuria castidad. Contra ira paciencia. Contra gula templanza. Contra envidia caridad. Contra pereza diligencia". A todos, sin apenas exclusión, nos afecta. Por eso, nos deberíamos ver obligados a realizar un continuo ejercicio de humildad (ante el deseo de alto honor y gloria –soberbia–, practicar la humildad, para reconocer que de nosotros mismos solo tenemos la nada y el pecado –dice el Catecismo–, así como la caridad, deseando hacer siempre el bien al prójimo). Humildad y caridad. Palabras –no sé si acciones virtuales– que nos llenan la boca, aunque muchas veces queden hueras antes siquiera de salir de ella.

El mundo está construido alrededor de virtudes y pecados, aunque, en la vorágine globalizadora, muchos no alcancemos a distinguir unos de otros y culpemos de pecadores a quienes actúan virtuosamente, mientras nosotros, pecadores empedernidos, nos ponemos como ejemplo a seguir convencidos de que nadie nos supera en cumplimiento de las normas correctas. Claro ejemplo de soberbia.

Se nos llena la boca de fe, de esperanza y de caridad, virtudes teologales, que fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano; informan y vivifican todas las virtudes morales y son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Pero, con más frecuencia de lo que podemos y solemos apreciar, dejamos en el olvido más profundo aquellas virtudes a cuyo alrededor se agrupan las demás, que reciben el nombre de cardinales: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Todos debemos hacer un ejercicio de responsabilidad para no hacer virtud del pecado, errando así en cuantos resultados deriven de nuestra acción. Por eso, propongo desde estas líneas que, tomando conciencia de estar pecando, hagamos hincapié con todas nuestras fuerzas en practicar con fidelidad esas virtudes cómodamente olvidadas y, con franciscana humildad, ejerzamos la caridad ayudando a nuestro prójimo en sus necesidades, instruyendo, aconsejando, consolando, confortando, perdonando y sufriendo con paciencia. En definitiva, practicando esas obras de misericordia que siempre quedan ensombrecidas por las más "visibles" de alimentar al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y enterrar a los muertos, de práctica necesaria pero que, mal interpretadas, nos llevan al fariseísmo.

Seguiremos pecando, pero, tal como reza la máxima, en el pecado llevaremos la penitencia. Una penitencia que ha de mover al pecador a sufrir todo voluntariamente, con contrición en su corazón, confesión en la boca y humildad y fructífera satisfacción en todas sus obras.

No debemos olvidar que como humanos podemos cometer errores, pero está en nosotros mismos el darnos cuenta de esto y saber vivir buscando y aprovechando cada una de las virtudes que poseemos.


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