lunes, 3 de octubre de 2016

Itinerarios, evolución y regresión en la espiritualidad de las cofradías

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F. Javier Blázquez

Alumbrantes, durante una procesión de Semana Santa | Foto: ssantasalamanca.com

La secularización continúa avanzando y en España todavía no hemos tocado fondo. Quizás en alguna comunidad autónoma del norte se esté a punto al no quedar ya mucho margen para el descenso de la práctica entre los cristianos. Esta afirmación de carácter general podría requerir algún matiz, pero en líneas generales más o menos resulta válida. En nuestra diócesis, por ejemplo, la caída de la práctica religiosa se observa atendiendo al número de feligreses que acuden los domingos a la celebración eucarística. Parroquias en las que hace quince años, a poco que te rezagases, pasabas la misa en pie, hoy apenas llenan la cuarta parte de sus bancos. Y bajando. La concentración de parroquias, a partir del programa diocesano de las UAPAS, es ya una realidad. La supresión de misas y el cierre de algunos templos, por falta de sacerdotes y de fieles, está ya ahí. Son los tiempos que corren y en ellos hay que vivir y actuar. El lamento, por tanto, cuando hablamos de estas cuestiones, no tiene sentido ni resulta constructivo.

Pero en medio de este panorama, para algunos desolador, se constata también la presencia de otras realidades eclesiales que invitan a la esperanza. Por un lado, el rigorista, estaría la presencia de esos movimientos apostólicos, comunidades y demás carismas que desde Vaticano II han ido afianzándose en el seno de la Iglesia y permiten demostrar que esta institución sigue estando muy viva. Evidentemente habría que realizar varias observaciones, porque, dicho lo principal, también es cierto que su carácter de exclusividad choca muchas veces con la universalidad inherente al catolicismo. Este medio, sin embargo, no es el espacio adecuado para analizar el hecho. Baste solo su constatación. Por el lado opuesto, evidentemente, está la explosión de esa religiosidad popular en la que se desenvuelven nuestras cofradías de Semana Santa.

Denostada y perseguida por algunos, mayoritariamente mal entendida en los años de purificación que siguieron al concilio, esta expresión popular de la fe resurgió con fuerza mientras avanzaban los ochenta de la centuria anterior. Brotó de manera incontrolada en muchos sitios, salvaje llegó a decir algún antropólogo iberoamericano. Y con ello hubo que convivir, sin saber casi nunca, por parte de la jerarquía, cómo abordar el asunto sin causar escándalo, sin parecer autoritaria, sin salir chamuscada ni dejar los pelos del lomo en la gatera. Luego, a medida que el reemplazo generacional entre la grey fue evidenciando los estragos de la secularización y los templos se vaciaban, algunos descubrieron que al menos las formas sí eran cristianas y estos parajes podrían convertirse en terreno para la labranza. Hubo, no muy lejos, hasta quien cambió el discurso y el problema de antaño pasó a ser bendición y riqueza para la Iglesia. Y comenzó la domesticación, la oficialización de lo popular, según describía Rodríguez Pascual. Directorios, normativas diocesanas, intervencionismo… No juzgamos, solo constatamos, porque la normativa es necesaria siempre que se aplique con tiento y caridad.

Y en esta fase del proceso estamos. Hay diócesis, sobre todo las sureñas, que llevan adelanto. Otras aún no se lo han planteado. En Salamanca, después de varios intentos que quedaron en desiderátum, parece que con los bálsamos asamblearios, por fin, las cofradías serán tenidas en cuenta. En todo caso, lo que sí es cierto es que, aunque a alguno le repela, la realidad es tozuda y, hoy en día, más en las circunstancias que estamos atravesando, no se puede abordar la realidad eclesial sin atender adecuadamente, mediante una pastoral específica, la piedad popular. Es, volviendo a lo anterior, el otro ámbito donde comprobamos que la Iglesia sigue viva. Pero, de la misma forma que en el polo opuesto, el elitista-rigorista, pese a todos los aspectos positivos, que son muchos, habría también que revisar unos cuantos procedimientos, en la religiosidad popular siguen estando presentes la mayor parte de sus servidumbres tradicionales. Y ahí no queda más remedio que entrar.

Urge una pastoral específica, que crea firmemente en los cofrades como hijos de la Iglesia y trate de integrarlos en su seno como cristianos verdaderos, al menos en el cumplimiento mínimo. Pero ojo, que este acercamiento desde la jerarquía al mundo cofrade comienza a destapar nuevos peligros. Valorar y dignificar las devociones populares no quiere decir que haya que potenciarlas o bendecirlas cuando carecen de sentido. Es necesario, como dicta la razón, proceder con naturalidad, apertura y carácter integrador. Porque si no es así, lo bueno se convierte en empalagoso, llega a hartar y el remedio comienza a ser peor que la enfermedad. Y hete aquí que nos vamos encontrando con una nueva generación cofrade, demasiado imbuida por lo genuino de otros lares, a la que le ha dado por organizar al por mayor cultos, procesiones y demás funciones religiosas que retrotraen a tiempos posconciliares, pero tridentinos. Y este abuso para nada es bueno, porque resulta impostado, vacío de contenido, sin trasfondo espiritual. La trasposición temporal (lo mismo que la espacial cuando se implanta sin más lo ajeno) carece de sentido. Lo que funcionó en el siglo XVII no puede funcionar en el XXI. ¿Acaso no convocó Juan XXIII Vaticano II? ¿Por qué, entonces, esos puentes que algunos tienden por encima de sus postulados? Ahí los pastores deberían velar, hilar muy fino, verificar autenticidades tras los oropeles. La máxima aristotélica del justo medio que lleva a la virtud y, en definitiva, a la felicidad, continúa estando vigente, para esto y para todo.


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