domingo, 11 de diciembre de 2016

A la espera, en la acera, desde fuera

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Tomás González Blázquez

Acceso desde el Corrillo a San Martín, la iglesia desde la que desfilará la Hermandad Franciscana | Foto: Pablo de la Peña

La noticia cofradiera del otoño salmantino, y ha habido unas cuantas, resultó ser la fundación de una nueva hermandad: la Franciscana, la Humildad, veremos qué nombre se populariza. Si fuera una hermandad de Huesca o de Badajoz que me hubieran enlazado por Whatsapp creo que pronto la habría etiquetado: "la de Tierra Santa". Pertinente finalidad la suya, original y necesario objetivo fundacional, un enriquecimiento para todos en definitiva. Ojeando sus estatutos llama la atención un asunto organizativo referente a los que pueden ser miembros de pleno derecho de la asociación. Un máximo de doscientos, abarcando esa plenitud la participación en la asamblea general y en la salida penitencial. A partir de esa cifra, se puede aguardar un hueco en lista de espera y, al tiempo, si se quiere, ser hermano benefactor, que abona la cuota y participa en los cultos internos pero no en el externo. Se intuye como una medida que atiende a la estética del desfile, quizá porque, tal y como esté concebido, un cortejo que supere los dos centenares de miembros lo podría deslucir. Respetable limitación la del número de desfilantes en la Humildad, ¿pero asimilarlos tan directamente con el número de hermanos no es un criterio demasiado "procesioncentrista"? ¿Tiene sentido equiparar la pertenencia a la posibilidad de procesionar o se pueden articular otros mecanismos? Un conocido zamorano, ante mis reticencias sobre las listas de espera en las hermandades, se preguntaba qué sentido tiene ser cofrade si no se puede salir. Me consuela que en la Franciscana no impera, ni de lejos, esa mentalidad.

También destacaría la presencia de numerosos cofrades salmantinos en el Jubileo de las Cofradías de Sevilla con motivo del Año de la Misericordia, protagonizado por el traslado de la imagen de Jesús del Gran Poder a la catedral y el regreso a su basílica. Como me apuntaba un amigo y hermano cofrade, la masiva asistencia suponía la confirmación de que ya no se trataba de una devoción local sino de alcance nacional. A buen seguro habrá dado frutos espirituales en todos los asistentes, o en muchos. También en nuestros paisanos apostados en las aceras hispalenses aquel domingo de noviembre. ¿Pero no resulta llamativo que haya habido más cofrades salmantinos viendo ganar la gracia jubilar a los cofrades sevillanos que obteniendo ellos mismos la indulgencia plenaria en la Puerta de la Misericordia de nuestra Catedral, por ejemplo en el Jubileo Diocesano para las cofradías de Salamanca el pasado 17 de abril? Ir a Sevilla y ver al Gran Poder está muy bien. O a otros lugares y disfrutar de actos diferentes. Ir donde quiera y cuando quiera cada cual, muy respetable, aunque siga preguntándome cómo algunos cofrades, pudiendo participar con su hermandad, cambian su sitio con la cruz, el cirio o el banzo, por una acera lejana o por la misma acera junto a la que pasa su cofradía.

Los "cofrades de acera", tan necesarios, creo yo que no han de figurar en la lista de la hermandad. Son esos fieles que nunca fallan a la cita aunque no se decidan a apuntarse. Quizá lo han reflexionado y les convoca la procesión o la imagen, pero no sienten la vocación de ser cofrades. Son de los nuestros pero en la acera, mezclados entre el público. No se trata de excluir, ni de una diferenciación esencial, sino de papeles diferentes. Por eso, los de la lista, los que alguna vez se han preguntado acerca de su continuidad, los que incluso en ocasiones han estado en la acera, no tienen allí su lugar. No podemos permitirnos en las hermandades salmantinas más cofrades desde fuera. Ex-cofrades de hecho o derecho. En algún caso, decepcionados o frustrados por personas, situaciones o desencuentros. En la mayoría, distanciados o indiferentes por no ahondar lo suficiente en el sentido de su incorporación a la cofradía o por no haber sabido permanecer como "cofrades de acera". Ya contemplan la Semana Santa desde fuera. No son pocos. Algunos volverán, de otros nunca más sabremos, pero a tiempo estamos de cuidar a los que permanecen y de mostrar a los nuevos miembros un espacio de acogida, abierto, integrador, una verdadera comunidad hasta el día de su muerte.


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