viernes, 30 de diciembre de 2016

Navidad, cristianos y cofrades

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Félix Torres

Belén en la iglesia de San Elías, en Alepo, donde se ha celebrado la Navidad por primera vez en cuatro años | Foto: EFE

Me siento a escribir estas palabras mensuales y, como por ensalmo, al unísono, llegan ambas noticias a mi teléfono móvil.

Cling, cling... y leo "La Junta de Semana Santa admite a la Hermandad Franciscana".
Cling, cling... y vuelvo a leer "La escalofriante Navidad de Alepo".

¿Casualidad? Seguramente. Pero hace que detenga mis dedos en el teclado del ordenador y que mi mente se aísle de todo aquello que no sean estas noticias.

Al tiempo que me alegro de la incorporación a la Junta de nuestra Semana Santa de la nueva Hermandad Franciscana, último paso hasta ahora de un proceso meditado, estudiado y elaborado minuciosamente, con pasos firmes que muestran la seguridad que dan las cosas bien hechas, veo cómo quienes se sienten cristianos en un auténtico medio hostil, quienes siguen fieles a su fe a pesar de los bombardeos y masacres, aquellos que no tienen dónde caerse muertos (¡maldita ironía!), celebran su Navidad, la misa de Nochebuena, en lo que fue la Catedral de San Elías y ahora no son más que unos escombros, las ruinas de la barbarie. Cuatro años de infierno en el que quienes esa noche cantaron sus villancicos y oraron ante Jesús nacido, no eran sino las victimas de uno y otro bando. Inocentes perseguidos por su fe y objetivos colaterales de las bombas "liberadoras".

Cuatro años de persecución... ¡qué digo cuatro años! ¡Siglos de persecución! Porque los cristianos de esa parte del mundo que, aunque llamemos Oriente Próximo se nos queda en la parte de atrás de nuestros mapas, en la zona por la que casi nunca pasó nuestra memoria escolar, llevan toda una vida siendo víctimas de persecuciones, de violaciones, de martirios, de muerte. Y, a pesar de todo, ahí están, celebrando esta Pascua entre los restos de la masacre; con la entereza suficiente como para decorar un abeto navideño y la escuálida alegría que les proporcionan los cánticos de paz, amor y fraternidad (¡maldita ironía!).

Se me revuelve el alma... y se me vienen a la cabeza los principios fundacionales de la recién nacida Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad: "Promover iniciativas y oraciones en favor de la fraternidad y concordia de todos los cristianos, especialmente por aquellos que mantienen la presencia de nuestra fe en los territorios de Tierra Santa". No parece mucho, es cierto, pero los pasos pequeños, esos en los que no hay dobleces ni ambiciones, son los que acercan más y más fuerte. Hacer propio el compromiso de "rezar por la concordia de los pueblos en Oriente Medio y la coexistencia pacífica de las tres grandes religiones monoteístas que convergen en Jerusalén" es algo nuevo en nuestra Semana Santa, que nos abre los ojos, del cuerpo y del alma, para enseñarnos que el verdadero sufrimiento está mucho más allá de nuestro ombligo, que el ecumenismo debe partir de pequeñas acciones y que por todo el mundo hay muchos cofrades que cumplen con su penitencia ignorantes incluso de estar en permanente oración.

Leo ambas noticias y, a pesar de todo, se me alegra el ánima. Con los ecos de villancicos aún en los oídos, quiero compartir la triste alegría de los cristianos de Alepo y rezar junto a ellos entre los muros caídos de su catedral. Con el ahora amargo dulzor de turrones y mantecados navideños todavía sin digerir, quiero hacer partícipe al mundo de que hay quienes tienen un recuerdo permanente y comprometido para con aquellos que celebran la Navidad a pesar de saberse perseguidos. Quiero decir a todos que acabo de descubrir el significado de esa palabra: "ecumenismo". Y que lo de menos, ahora, es la Junta de Semana Santa. Seguro que lo entienden.


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