lunes, 20 de febrero de 2017

El Despojado

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J. M. Ferreira Cunquero

Rostro de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras | Foto: JMFC

Doy por seguro que el título de este artículo y la firma de quien lo escribe suscitarán pequeños codazos entre algunos de los más distinguidos comensales que se reúnen para sacarle punta al pico del mochuelo en la socorrida mesa del tralará. Por otro lado, los amigos de turno, cuando terminen de leerme, vía movilazo me recordarán aquello de que alguien me ha vendido ciertos bálsamos para amainar la rozadura. Estaría bueno que, a estas alturas de la vida, uno escribiese pensando en contentar o promover discordias con tal de no irse a plantar el cebollino en las frías macetas de la terraza.

Me vino la idea de recuperar este escrito, no publicado, sobre la Hermandad del Despojado, el otro día, cuando en la reunión de la Junta de Semana Santa dejaba clara mi postura sobre la contradicción que puede darse entre la erección canónica de una cofradía por parte del obispo y un posible veto por parte de la Junta de Semana Santa. Por esta razón siempre defendí que más allá de los gustos personales estaba la decisión del pastor de la diócesis salmantina, erigiendo una hermandad como la del Despojado que, igualándose con todas las existentes, pasa a formar parte con todo derecho de nuestra Semana Santa. Desde ese día, mi respeto hacia todo lo que representa la hermandad de San Benito es total y acentuado.

Cuando paseo por la Compañía y escucho el grito del Señor desposeído de sus vestiduras, traspaso las puertas del templo para visionar en su soledad ampliamente interminable a esos hermanos que, sin hogar ni techo donde cubrirse, forman el gran desfile de los despojados de este tiempo amargo de insólitas locuras y egoísmos. Los cristianos de Tierra Santa, allá en Maalula, donde Siria es disuelta como un azucarillo entre la plaga del odio y la guerra, se me antojan reviviendo en esa mirada que en el Despojado salmantino exige mucho más que una socorrida oración que pueda tranquilizarnos la conciencia.

En esos reencuentros vitales del interior, no puedo evitar el recuerdo de aquella tarde cuando por primera vez cruzaba su beldad las puertas de la Purísima, para encontrarse con el pueblo cristiano de Salamanca. Los prejuicios que tejen la coraza de la insensatez a veces se diluyeron, como suave espuma inconsistente, al cruzarme, ya digo, con esa mirada sobrecogedora, que ayuda a meditar sobre el yermo recorrido de la mezquindad humana, cuando sigue ciega ante el sufrimiento de los hombres despojados de este tiempo.

Como valor añadido, podría decirse con total certeza que la imagen del Despojado es una de las aportaciones más interesantes que se han hecho en muchos, muchísimos años a la Pasión salmantina. Solo está razón ya merece el mayor de los reconocimientos hacia la hermandad y los cofrades que la forman.

Más allá de los gestos y compromisos (alguno lo conozco de primera mano) que marcan la admirable actitud de los dirigentes de esta joven hermandad, debe valorarse la ilusión de quienes van sumándose a una forma de ser y sentir, que se arropa posiblemente en la poderosa atracción de una imagen que promueve el camino ilusionante de sus devotos.

El tema del costal (lo he dicho mil veces) me importa un carajo, pues la hermandad, una vez que consigue todos los parabienes para salir a la espectacular vía dolorosa salmantina, puede hacer o ejecutar su procesión como le venga en gana. Faltaría más. Otra cosa es que cierta sobreactuación que suele darse en la calle me condicione a buscar el reencuentro con el Despojado en la soledad de la iglesia de la Purísima, después del Domingo de Ramos. A solas con Él, el dialogo del interior se hace fluido y la emoción más trasparente surge de forma sincera al sentir que me ruega que torne desnudo a su lado.

El hombre que ha sido desposeído de su dignidad en tantos lugares del mundo sigue señalando a través de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras, no tengo la menor duda, nuestro miserable silencio…


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