viernes, 28 de abril de 2017

Jueves Santo en Arapiles

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F. Javier Blázquez

Imagen del Santo Cristo de Arapiles, preparado para salir en la procesión del silencio | Foto: Ángela Mª Hernández

La Semana Santa, como fenómeno vivo que es, está sujeta a la evolución en las formas y tradiciones piadosas que la constituyen. Una Semana Santa estilística y genuinamente pura no puede existir en ningún lugar, porque continuamente se reinventa; o inventa directamente, como hicieron en Zamora con alguna de sus procesiones más logradas. La Semana Santa, en cambio, sí puede aspirar a ser auténtica en la medida que sus protagonistas lo sean. Por razones palmarias, en los espacios urbanos es muy improbable que esto pueda suceder de manera generalizada. Por consiguiente, si uno quiere percibir la cercanía de la autenticidad en la Semana Santa procesional, no le queda más remedio que desplazarse al medio rural, a esos pueblos de los que nadie habla, que nunca salen en guías ni folletos y si el nombre se conoce será siempre por razones ajenas al asunto que nos ocupa. La Semana Santa de los pueblos es, como decía el en estos días recordado profesor Rodríguez Pascual, la que más se aproxima a lo que debió de ser esta celebración en los tiempos primordiales. Por eso conviene, de vez en cuando, hacer la experiencia de los pueblos, para sentir con sus gentes cómo se puede rememorar la pasión de Cristo sin alharacas, sin ansias de protagonismo ni postureos, sin deseos de nada que no sea mantener la tradición de los padres en el acompañar al Cristo del dolor y la muerte en la espera de la resurrección gloriosa.

Este año, sin saber casi ni el cómo ni el porqué, las circunstancias nos llevaron a sobrepasar el área periurbana de Salamanca y recalar, mientras el crepúsculo hacía declinar al Jueves Santo, en el histórico lugar de Arapiles, donde el signo de la Guerra de la Independencia cambió en 1812. De la iglesia parroquial, dedicada a los santos Fabián y Sebastián, sale desde tiempos inveterados la procesión nocturna del silencio. Hoy en día, al concluir la hora santa, una sesentena de personas juran solemnemente guardar silencio riguroso mientras han de recorrer la periferia del pueblo, alumbrando con sus luces al Santo Cristo. El silencio de la noche solo es roto por el monótono y machacón resonar del tambor charro, los ladridos de los perros y el primer cantar de los grillos en este año que la primavera va tan presurosa. El pueblo guarda silencio, un silencio sepulcral, porque ni un alma pulula por las calles tenuemente iluminadas. El público no existe. Los visitantes somos observadores participantes y, como cualquier vecino más, seguimos al Cristo con los velones que amablemente nos entregan para no sentirnos forasteros. El pueblo calla, porque Dios encarnado aguarda la muerte, la muerte que se anuncia y exhibe al mostrar la imagen de un crucificado estremecedor, gótico temprano, rústico  y sencillo, expresivo hasta lo indecible en su escueta sobriedad.

El pueblo reza en silencio mientras medita la pasión y recorre a buen paso las calles del lugar, bordeándolo en su perímetro durante los tres cuartos de hora largos que dura la procesión. El preste, en una escena poco habitual, encabeza, organiza y preside el desfile, anunciando el camino con un cetro luminoso y dirigiendo la oración comunitaria en las tres paradas que se realizan, para elevar a Dios la súplica por los enfermos, los ancianos y las familias. Todo es auténtico, porque repiten el ritual de los ancestros y los retoques que haya habido para nada alteran lo esencial, que son las motivaciones reales de quienes acompañan a este Santo Cristo de Arapiles. La última oración, al llegar al atrio de la Iglesia, es por los jóvenes, para que mantengan la tradición únicamente si esta brota de haber realizado la experiencia de Cristo.

Todo es sencillo, no hay ensayos ni preparación, tampoco hábitos ni cofradía que organice, sobran las banderas y pendones. Nada de esto es necesario, tan solo Cristo y el pueblo que acompaña, sin otra pretensión que la empatía esperanzada de quien tiene la certeza de que esa muerte conduce a la vida. En eso consiste, precisamente, la autenticidad.


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