lunes, 30 de octubre de 2017

San Damián

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F. Javier Blázquez

El Cristo de San Damián de Paloma Pájaro para la Hermandad Franciscana de Salamanca

La historia comenzó allí, en la asisiana ermita de San Damián, ante una imagen ítalo románica de Cristo crucificado. Allí Francesco, en 1206, siente la llamada a reedificar una casa, la Iglesia, que se resquebrajaba. Desde allí inicia el camino en el seguimiento de ese Cristo pobre y humilde que entonces parecía haber quedado en el olvido. Allí se inició el movimiento franciscano para renovar la espiritualidad medieval y contribuir decisivamente a la purificación de la Iglesia. Por eso esta imagen de finales del siglo XII, pintada sobre burda tela y pegada a una madera recortada, se ha convertido en el icono del franciscanismo. En todos los lugares donde hay presencia franciscana encontramos siempre una copia del Cristo de San Damián.

La Hermandad Franciscana de Salamanca, que hunde sus raíces en esta espiritualidad, asociada a la Custodia de Tierra Santa, no podía ser ajena a ello y desde el primer momento mostró interés por contar en su patrimonio con un Cristo de San Damián. Acorde con la manera de entender el arte existente en el grupo promotor, la copia explícita del original quedó descartada. Por ello había que buscar la persona idónea que pudiera realizar una interpretación de la obra original, sin perder su esencia ni desvirtuarla, pero sin renunciar a la propia personalidad y estilo como artista. El equilibrio entre estas dos premisas era fundamental, para mantener la devoción a un icono cristiano demasiado conocido en la Iglesia y para aportar, a la vez, una obra de arte de nuestro tiempo. La verdad es que apenas hubo propuestas ni se barajaron posibilidades. Paloma Pájaro era la persona idónea y afortunadamente captó la idea al momento, la hizo suya, se entusiasmó con el proyecto y asumió el reto. Cuando declinaba el verano maduraron las reflexiones que, en la contemplación y estudio de la imagen original, habían ido cuajando durante el medio año anterior y, a mediados de septiembre, Paloma terminó la pintura que fue presentada al público el pasado 25 de octubre. Es el Cristo de San Damián, indudablemente. Se ve a la primera. Es una pintura de Paloma Pájaro, también. El ojo experto lo capta enseguida al constatar, en cuanto inicia el análisis, que en la pintura están presentes los rasgos genuinos que definen a la artista.

En la trayectoria de Paloma Pájaro hay un apartado dedicado a la pintura religiosa. No es prolijo, pero sí destacado, con obras significadas en su itinerario creativo, como las cuatro del tanatorio de Paradinas de San Juan, una deliciosa evocación naif de las tablas flamencas del XV. En 2015, con su María Magdalena (o preludio de la maravilla) para el cartel Pasión en Salamanca, Paloma daba lo mejor de sí misma como creadora, con una obra que entusiasmó y soliviantó, al igual que sucedió con el personaje real. Con una técnica minuciosa y detallista, con unos colores vivos para interpelar, con todo el sentimiento y la pasión sobrepuestos sobre quien había amado mucho, esta Magdalena hace entrar a Paloma, ahora sí, en la nómina de autores que desbordan los rígidos moldes del arte religioso convencional, que son capaces de ser clásicos y actuales a la par, tradicionales en la forma y vanguardistas en lo conceptual –bordeando si cabe la ruptura, pero conociendo el terreno sobre el que pisa y los equilibrios que debe mantener–. Poco más hay en su obra religiosa, salvo esa Santa Teresa preparada exprofeso para la exposición Vuestra soy, realizada con motivo del quinto centenario del nacimiento de la Santa andariega. Nada hacía pensar, conociendo los orígenes de Paloma como pintora, que tuviera esa sensibilidad y tanta capacidad para la interpretación y ejecución del arte religioso, pero esas pocas obras, amén de su experiencia en la pintura sobre tabla, la avalaban para que la apuesta fuera sobre seguro.

Y vaya que si lo fue. El Cristo de San Damián de Paloma Pájaro es una obra extraordinaria. Con unas dimensiones acorde con su funcionalidad (77x58 cm), Paloma es fiel a su técnica de base acrílica y lapiceros, la que le permite alcanzar el detallismo sublime de los primitivos flamencos por los que siente devoción. Ella, así lo expresó en el acto de presentación, sintió la pequeñez del artista ante la grandeza de la obra original y el personaje en ella representado. Tomó la referencia del Cristo, vivo, lleno de energía y vitalidad. Y la respetó. Solo lo dulcificó, porque Dios es amor y alegría y esperanza. Así lo entiende ella, así lo demanda el hombre de nuestros días. En cambio, sí que introduce su estilo en las otras figuras, con guiños inequívocos a su concepción del arte, dándole ese toque ingenuo que tanto le gusta, asentando los personajes sobre ese césped con florecillas, las suyas y también, por qué no, las que sirvieron de metáfora a san Francisco. Así Paloma hace salir a su Cristo del tiempo, porque Cristo es el alfa y la omega, su mensaje de ayer es para hoy y siempre, porque ella es clásica y moderna, proyecta el pasado en el futuro y tiene ansias de eternidad.

Con este Cristo de San Damián ganamos todos. Primero la Hermandad Franciscana, que inicia la adquisición de su patrimonio artístico con una obra excepcional. Después la Semana Santa en general, que suma a las procesiones una pieza de primer nivel en ese campo tan propio de Salamanca, el de la inserción de obras pictóricas en sus desfiles procesionales. También lo hace la ciudad, el templo donde se muestre a lo largo del año y la propia artista, que da un paso más en esa parcela de su obra, la de la pintura religiosa, en la que por méritos propios comienza a ocupar un lugar señero.


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