lunes, 13 de noviembre de 2017

Iglesias cofradieras ante el reto de los templos centrales

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Tomás González Blázquez

La Congregación de Jesús Rescatado, al iniciar su procesión desde la iglesia de San Pablo | Fotografía: Pablo de la Peña

La Iglesia, acusada de inmovilismo y anacronismo, tachada de lenta y atrasada, maneja tan bien el tiempo que es la institución más longeva de la Historia, e incluso desde la fe afirmamos que prevalecerá hasta la venida gloriosa de Cristo, y no es la verdad que más se atrevan a cuestionarnos. Más abarcable es el asunto del espacio, y tampoco se le ha dado mal, con muchos mártires y frustraciones de por medio, obedecer el mandato de ir hasta los confines de la Tierra anunciando a su Señor. A menudo lo ha hecho de prestado, entrando en las casas que se le abrían, como aquellos setenta y dos enviados directamente por Jesús, y siguiendo camino después. Pero, claro está, terminó el tiempo primero de la clandestinidad, de las reuniones en las casas, de las catacumbas, y hubo templos, basílicas, colegios, hospitales, prioratos, abadengos, y hasta Estados Pontificios, reducidos hoy a una Ciudad-Estado que tan buen servicio puede prestar en el ámbito diplomático a la construcción del Reino. La propiedad de la Iglesia despierta y despertará recelos, tanto en hostiles como en fieles, e incluso se le pretende negar ese derecho, como demuestra la polémica de las inmatriculaciones o la redundante amenaza de privarla de la exención fiscal que reconoce su utilidad para el bien común. Más allá de ese prejuicio acerca de que la Iglesia posea bienes y del ansia voraz por sustraérselos, surge hoy, en nuestros contextos nacional y diocesano, el problema del mantenimiento de un patrimonio que excede las necesidades actuales para el culto y las demás actividades secundarias.

Basta hacer un ejercicio sencillo con el plano de la capital y el mapa de la provincia. El centro histórico de Salamanca está plagado de edificios religiosos, propiedad de la Diócesis, de congregaciones religiosas, e incluso la capilla de la Vera Cruz como ejemplo de nuestra realidad cofrade. Cada pueblo, aldea y hasta finca tiene su templo, y son más las parroquias que los municipios. No es preciso calcularlo en metros cuadrados ni hacer tasaciones aproximadas. ¿Necesitamos tanto? ¿Lo podemos mantener? ¿Cómo armonizar interés histórico-artístico, potencial turístico, viabilidad económica y función pastoral? La Asamblea Diocesana adelanta en sus orientaciones que muchos templos irán paulatinamente perdiendo el uso para el culto y apunta a una renovada planificación de las misas dominicales. En el medio rural se plantea el establecimiento de "templos centrales" donde potenciar la eucaristía del domingo, en los que reunir a varias comunidades parroquiales, como alternativa a las celebraciones en ausencia de presbítero en cada parroquia. En la capital, donde las unidades pastorales funcionan de manera desigual o están por arrancar y las iglesias de religiosos son muy numerosas, la oferta de cada domingo es amplísima: contando la tarde del sábado, ciento sesenta y seis oportunidades de cumplir el precepto, bendita y necesaria obligación. De vez en cuando, fuera de programa, "misas de cofradía" que no contempla el horario semanal diocesano. Tampoco los cofrades pueden vivir sin el domingo aunque muchos crean que sí.

Ante el reto de los templos centrales hace falta revisar el estado de la relación entre las hermandades y sus sedes. Si calles y plazas son su campo genuino pero esporádico, el templo es su espacio natural y ordinario. El asentamiento es bien diverso. Abundan las cofradías en la Catedral, la Clerecía y San Esteban, templos hoy innegablemente orientados al turismo. También las hay en iglesias conventuales y en parroquiales, además del mencionado caso de la Vera Cruz. E incluso el Cristo del Perdón se venera en las Bernardas sin que haya religiosas cistercienses. Se da la circunstancia de que a veces no coincide la sede canónica con el templo de salida, e incluso se observa la tendencia a diversificar las sedes para la celebración de ciertos cultos durante el año. Es posible afirmar que, salvo algunas excepciones, las cofradías de la ciudad no mantienen una relación estrecha, integrada y perfectamente identificable con sus sedes. No es que existan conflictos. Simplemente, faltan conexión, integración y una línea pastoral nítida que potencie y aproveche la riqueza espiritual de las cofradías y sus imágenes devocionales. En todo caso, a medio plazo muchas iglesias urbanas, quizá en menor medida que las rurales, van a verse afectadas por la escasez de fieles, y a corto, por la aún mayor carencia de sacerdotes que puedan presidir la misa en ellas. Se impondrá una reducción en el número de celebraciones eucarísticas en la ciudad de Salamanca, y si no lo remedia una comunidad que los arrope, de religiosos o de laicos, los templos que apenas abren ya para la misa verán cerradas sus puertas.

Ante esta situación, cabe esperar que las cofradías reflexionen sobre la relación con sus sedes y las redescubran como el pilar sobre el que construir su vida de hermandad por encima de la procesión. Es cierto que el cimiento básico es la eucaristía y el domingo, y que para esto pueden unirse a la celebración parroquial, pero se antoja pastoralmente necesario vincularlos a la presencia de las imágenes. ¿No ayuda a los hermanos del Flagelado reunirse en torno a su titular en la Clerecía? ¿No sería natural que los cofrades del Cristo de la Agonía se congregasen en los Capuchinos? ¿No parece lógico que los de la Soledad defiendan la misa dominical en su capilla catedralicia, sin negar el sentido de la celebración capitular en la capilla mayor? Para que el culto se conserve en varios templos, para que haya una comunidad que sostenga el domingo, las cofradías han de dar un paso adelante. Sus imágenes devocionales no deben degradarse a la categoría de piezas artísticas, pese al mucho potencial evangelizador que aún conservarían. Así, sería posible que la nómina de iglesias netamente cofradieras aumentase. A la Vera Cruz, donde se produce un simbiosis peculiar y enriquecedora entre los carismas de la piedad popular y la vida contemplativa, cristalizados además en la permanente exposición eucarística gracias a las Esclavas del Santísimo, quizá se terminen  sumando otros templos: un San Pablo gestionado por la congregación de Jesús Rescatado, un San Julián por la del Nazareno, un San Benito por la Hermandad de Jesús Despojado, y así más templos donde hay imágenes devocionales o a los que pudieran trasladarse.

Siempre desde el realismo y la viabilidad, que esto ni se improvisa ni es el plan original, sino una adaptación a las circunstancias. Seguramente las hermandades no podrían abrirlos diez horas diarias como abre la Vera Cruz (inmensa gracia la presencia de las religiosas), ni sus pluriempleados capellanes podrán limitarse a ese altar y ese confesionario, pero si logran comprometerse en la tarea de mantener una iglesia abierta, en la que se celebre la eucaristía, se brinde el perdón de Dios y se pueda orar con la ayuda de esas imágenes que durante unas horas al año procesionan por las calles, ganarán en madurez y en responsabilidad. En definitiva, estarán creciendo en su proceso de ser comunidad cristiana. Esto no las segregaría de la vida parroquial o diocesana, sino que las otorgaría verdadera relevancia en la difícil coyuntura de conservar y acrecentar la presencia de Dios en el mundo de hoy, que también se refleja en las puertas abiertas de las iglesias. Abiertas para acoger, para compartir y para rezar. Para organizar los desfiles procesionales bastaría un simple almacén o museo: ¿no está ese reto ya superado? Se trata ahora de un esfuerzo menos vistoso pero más decisivo.


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