viernes, 24 de noviembre de 2017

Los nazarenos

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F. Javier Blázquez

El Nazareno de San Julián

24 de noviembre de 2017

Los setenta y cinco años de la Junta de Semana Santa bien merecían una celebración a la altura de las circunstancias, adornada con la concesión de la medalla de oro de la ciudad y clausurada con el ágape, primero el eucarístico, después el secular.

Celebrar es consustancial a la actividad humana. Los acontecimientos destacados, los encuentros dichosos, los aniversarios que rememoramos, nos unen siempre en torno a la celebración. Celebrar es también un recuperar en parte aquello que fuimos o vivimos o nos contaron; es aprehender en algún grado aquello que sin vivirlo o conocerlo ha servido, en alguna medida, para hacernos como somos.

El ritual celebrativo conlleva asimismo los encuentros y reencuentros, los que nos señalan la fugacidad de la vida, los que dejan aflorar aquellas remembranzas sedimentadas hace ya demasiado tiempo. Y así sucedió, en los prolegómenos de la confraternización en torno a la mesa, con los nazarenos. Allí estaba su historia viva, encarnada ahora en su hermano mayor, José María Guervós, y en las directivas Marifé de Nó y Vega Villar. Allí estaban, representando a su congregación, tres de las familias que modelaron el devenir de esta ilustre y venerable congregación. Los de Nó, los Guervós, los Rodríguez de Ceballos. Radiantes, optimistas, ansiosos por seguir recuperando las glorias que otrora les distinguieron. Porque ellos son, es cierto, la esencia de la Semana Santa salmantina y en ellos, en los nazarenos, confluyeron los episodios más sonados de la historia de nuestras cofradías.

Junto a la Vera Cruz, los nazarenos configuraron esa idiosincrasia que aparentemente se diluyó con la proliferación cofradiera. Junto a la Santa Cruz, ellos, los nazarenos, son indispensables en el afianzamiento de esa Semana Santa procesional genuinamente salmantina que todos anhelamos. Porque en ellos, junto a la Vera Cruz, están las raíces de las que brotaron las otras cofradías que reforzaron la personalidad de nuestra Semana Santa. Allí estaban los tres, cargando sobre sus hombros con los siglos de su historia, sabedores de lo mucho que les necesitamos, conscientes de que sus decisiones nos afectan a todos, deseosos de asentar esta nueva etapa de su historia sobre el legado de sus antepasados que, junto a otras familias nazarenas, como los Estella y Calderón, tanta reputación dieron a las procesiones salmantinas.

Fue un tiempo de encuentro, con los buenos amigos nazarenos, fue un tiempo de reencuentro, con una celebración lígrima infinitas veces evocada, querida y anhelada. Fueron momentos de alegría y esperanza, porque reconforta saber que asumen el clamor de los suyos desde la historia y aceptan con orgullo el legado que les dejaron. Un legado que debe ser necesariamente recuperado y potenciado desde la tradición, porque ellos, los nazarenos, son la tradición más visible de nuestra Semana Santa.


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