miércoles, 1 de noviembre de 2017

Todos los Santos

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J. M. Ferreira Cunquero

Jesús Resucitado pasa junto a la Casa de las Conchas en el Domingo de Pascua | Fotografía: JMFC

01 de noviembre de 2017

Día de todos los Santos. De todos. Incluso de aquellos seres tan ruines que lograron hervirnos  demasiadas veces, en vida, la mala leche. Y es que en el fondo no somos más que pobres seres humanos, incapaces de comprender que el Padre misericordioso acoge a todos los hombres, sin excepción, con la misma intensidad en su abrazo.

¿Qué culpa pueden tener quienes, por mala suerte, no conocieron la esperanza que brota del Salvador del hombre? ¿Acaso tal desconocimiento puede menoscabar la atención hacia ellos en el que todo lo puede?

Tales preguntas solo pueden tener la respuesta cristiana de la universalidad del amor divino que surge de quien puso la vida sobre todo lo conocido y sobre aquellos rincones del cosmos donde, vete a saber tú, si no existen análogos mundos al nuestro.

Esta conmemoración, que tiene perfumes de dolor con adorno de flores y recuerdos ambientados en querencias que tocan el corazón en lo más dentro, es buena para reflexionar sobre ese aspecto de la muerte que tanta pasión suscita cuando, dentro del mundo cofrade, se valora desmedidamente el culto al Cristo de la cruz o al que es representado de forma yacente.

A veces como cofrades, con cierta confusión, nos dejamos envolver por ese abrazo visceral que promueve la pena y la tragedia como parte de un sainete, en el que parecemos protagonistas tocados por la gracia personal del sentimiento. Vivir lagrimeando y rotos de pena porque llevamos sobre los hombros una imagen no basta para cumplir con nuestra condición cristiana. Quedarse vistiendo musarañas, con esa percepción tan superficial de la obligación contraída con quien dio la vida por nosotros, es avalar la derrota del Cristo que fracasa como hombre, cuando sufre el martirio de la cruz abandonado a su suerte. Ese Cristo de la muerte tétrico y derrotado, si hubiese permanecido entre los ropajes del silencio total para siempre,  ¿de qué nos serviría?

De esta confusión sale ese dicho que delata una posible escasez formativa en muchos de los que formamos parte del mundo cofrade: "Mi Cristo es más milagroso que el tuyo" o "mi Virgen es más poderosa que las otras...".

La labor formativa bien estructurada para todos los cofrades, sin excepción, debe ser la vía que nos pueda aclarar el horizonte, hasta que seamos capaces de vislumbrar como meta la única luz que brota del Redentor. El Cristo resucitado, que llena de esperanza el porvenir del ser humano más allá de la muerte, solo puede justificar toda esa parafernalia cofrade que nos identifica dentro del enraizamiento costumbrista, que mantenemos vivo como pueblo. Como pueblo cristiano y a mucha honra.

Pero si no reconocemos esa figura salvadora en el camino cofradiero emprendido, algo no funciona o algún interruptor, por estar desajustado, no nos deja encender esa parte de la verdad que debe colmar de pura savia los entresijos cofrades, hasta hacer perceptible (con la seriedad que merece) la vitalidad de la movida semanasantera.


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