lunes, 18 de diciembre de 2017

Andenes cofrades

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Abraham Coco

Varios vecinos del barrio de la Prosperidad contemplan la procesión del Cristo del Perdón | Fotografía: Javier Barco

18 de diciembre de 2017

Están los andenes cofrades repletos de pasajeros. En la capilla del campo San Francisco preparan su equipaje las Esclavas del Santísimo Sacramento tras más de medio siglo de hermandad con la vieja cofradía con la que han compartido casa. Su marcha, una más que la ciudad parece asumir indolora y sobre la que ya lo escribieron todo Tomás González y Alberto Estella, abre otro horizonte de incertidumbre en la Santa y Vera Cruz, tronco del que colgamos con orgullo, acostumbrada al desasosiego al que, de nuevo, volverá a sobreponerse con el aguerrido gen azul de sus miembros.

Si en la cinco veces centenaria se preparan para subir al tren, en el Camino de las Aguas –según nos cuenta Celia Sánchez en otro trabajado reportaje en El Día de Salamanca– el clausurado convento de las Bernardas, sin monjas desde hace dos años, podría reabrir como centro de Proyecto Hombre. Bajo un mismo techo, compartiendo hogar, con un mismo capellán y pregonero, se encontrarían frente a frente el Cristo del Perdón y aquellos ciudadanos que buscan una segunda oportunidad. Del indulto en Domingo de Ramos a la reinserción todo el año. Del gesto de una tarde al quehacer diario.

Desconozco si son solo intenciones o si el plan ya ha fructificado, pero pienso que a la propia hermandad se le abre una hermosa ventana para compartir mucho más que una advocación. Nuestras cofradías se enriquecen cuando comparten proyectos (a los que estamos llamados con una papeleta de sitio infinita) con otros colectivos sociales, con muchos, con cuantos nos sea posible dialogar. Pues encerrados en nosotros mismos, en la deseada fugacidad de una bendita semana, corremos el riesgo de ser solo un precioso fósil. Por eso debemos explorar cada posibilidad que se nos presente en este ir y venir de pasajeros, ya lleven capirote o prefieran solo una visera.

Nuestras cofradías se han afianzado, a lo largo del último cuarto de siglo, como un valor cultural y turístico tan protegido que incluso a los más reacios les cuesta levantar la voz para cuestionarlas. En la propia jerarquía eclesiástica generan más interés que en momentos pasados como instrumento de evangelización y participación en la vida de la Iglesia, lógico si atendemos al potencial que las hermandades son capaces de mantener en medio de una secularización que empezamos a palpar.

Con esos mimbres debería resultar sencillo el reto de abrirnos a la sociedad, sin zozobra, y reivindicar con hechos que, en común, somos capaces de lo mejor con toda la actualidad. Se acerca el próximo tren. No nos conformemos con apearnos en la cuaresma. Vayamos bien lejos.


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