lunes, 25 de diciembre de 2017

El dolor de la Navidad

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F. Javier Blázquez


Niño Jesús dormido sobre la cruz, obra de Murillo

25 de diciembre de 2017

Dedicado a Fructuoso Mangas,
porque han sido sus palabras las que lo inspiraron

Si la Semana Santa nos pone ante los ojos con toda su crudeza el drama de la Pasión, con la muerte inmisericorde de un hombre justo, la Navidad, empero, nos lleva al lado más hermoso y amable de la historia de la redención. Sin embargo no debiera ser así. El paso de Fructuoso Mangas por foro abierto de la Tertulia Cofrade Pasión nos llevó a reconsiderar la contemplación de la Navidad, hurgando en sus heridas, incertidumbres y dolores. Y no puede ser de otra manera, porque la salvación se consigue pagando el tributo de la sangre, sangre encarnada en Nazaret, sangre presentemente sacramentada desde el Cenáculo, sangre derramada en el Calvario. Solo la tragedia cabe en este relato que se inicia con el hombre, Adán, y culmina con el Hombre, el nuevo Adán. ¡Cuánto misterio! ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto amor! ¡Cuánta esperanza!

"Un niño nos ha nacido" y eso siempre es motivo de alegría. "Un hijo se nos ha dado" (Is 9,6), y hay que celebrarlo. Con villancicos y alharacas, porque es Nochebuena, porque es Navidad, porque los tiempos han llegado a su plenitud con el advenimiento al mundo de Cristo Redentor. Eso es lo que nosotros sentimos, mediatizados por siglos y siglos de tradiciones populares impulsando el lado alegre del triunfo de la vida. Pero en verdad no fue así, porque la vida que nace se inicia con el dolor. Lo mismo que a la vida renacida solo se llega tras el dolor. El sentido de la supervivencia suele llevarnos a eliminar de los recuerdos los momentos de sufrimiento, a buscar equilibrios emocionales, a quedarnos con lo bueno, que en la natividad fue mucho. Y si la Semana Santa suscita empatías con el hombre que sufre, aquel con el que todos nos identificamos, la encarnación desborda los sentimientos y celebra el principio del capítulo que cierra la historia de la redención.  Y se omite el dolor de la Navidad. Porque impera el triunfo de la vida. Igual que algunos teólogos quieren omitir el sacrificio de la cruz, porque impera la vida que triunfa definitivamente. Y rechazan el crucificado mientras proponen el resucitado, como si fuera posible entender el uno sin el otro. ¿Acaso no se postularon en la iconografía de los setenta los resucitados sobre la cruz? Como símbolo es interesantísimo, aunque pueda tener sus peligros si no se maneja adecuadamente. Es lo mismo que los niños pasionistas, un auténtico regalo interpretativo de la mentalidad barroca. Fabulosos, aunque también susceptibles de una interpretación equivocada.

Los niños pasionistas dan sentido a la encarnación, porque anticipan la redención al precio de la sangre, que es lo que sucedió. Y también recuerdan que el dolor marcó desde el principio la vida de Jesús el Cristo y los suyos. Para nada fue fácil entender el anuncio, ni la encarnación, ni los viajes a Ain Karem, Belén o Egipto. Los relatos de la infancia pueden desmenuzarse y mostrar así, con toda su crudeza, los dolores de José, María y el niño. Las espadas de la Virgen dolorosa no son solo las de la Pasión, no podemos olvidarlo. Los dolores recorren al completo el itinerario de María junto a Jesús. Y no son solo siete, sino muchos más. ¿Acaso no deberían sumarse la incomprensión de José, el viaje desdichado por mor del censo, el rechazo que las posadas acabaron festejando con regalos, la sensación de exclusión y marginalidad durante el nacimiento…? La Navidad encierra demasiados dolores, sobre los que conviene también reflexionar para descubrir que, al final, con el triunfo de la vida verdadera todo alcanza pleno sentido y la alegría, ahora sí, deja de ser vacua, consumista, socializada.

Por todo ello, queridos amigos, hemos de sentirnos muy dichosos. Feliz Navidad.


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