viernes, 8 de diciembre de 2017

La Inmaculada encinta de Salamanca

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Francisco Gómez Bueno

Inmaculada de Ricardo Plaza para los carmelitas descalzos de Salamanca

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
(Apocalipsis 12, 1-2)


La celebración este 8 de diciembre de la festividad de la Inmaculada Concepción de María, fijada definitivamente por Pío IX en su bula Ineffabilis Deus, supone siempre un día de especial emoción para los creyentes en una de las grandes celebraciones del Adviento. Estamos, además, ante una ocasión para reflexionar desde la perspectiva artística sobre uno de los dogmas con mayor impacto en nuestro patrimonio. Sin duda, una de los misterios que más ha estimulado la creatividad de los autores y que en nuestra ciudad ha dejado en concreto notables realizaciones.

Si hablamos del mundo cofrade, es imposible dejar de lado la condición inmaculista de nuestra cofradía más antigua, la de la Vera Cruz. Desde 1525 unió su veneración por la Santa Cruz a la de la Purísima Concepción. Esta razón explica por qué en el altar mayor de su capilla se reparten el protagonismo la Cruz, que domina la parte alta del retablo, y la Inmaculada, cuya presencia se plasma en la parte central, abierta a la luz del día para iluminar una delicada talla de Gregorio Fernández, realizada en la década de los veinte del siglo XVII.

Aunque quizá nunca suficientemente ponderada en su calidad, la obra de la Vera Cruz es sobradamente conocida por el mundo cofrade. Ocurre lo mismo con otras de las grandes Inmaculadas de las que podemos disfrutar en Salamanca, desde luego con la pintada por Ribera para la iglesia de las Agustinas al frente.

Poco nuevo se puede aportar sobre este sensacional lienzo firmado en 1635. Solo remarcar su valor citando las palabras del prestigioso historiador napolitano Nicola Spinosa, quien considera a la Inmaculada de Salamanca "punto de referencia para toda la pintura española posterior: desde Murillo y Claudio Coello, hasta Luca Giordano".

También conocida y admirada es la escena del juramento de los doctores presidido por la Inmaculada, que ocupa el retablo de la capilla universitaria. Es una pintura realizada en 1763 por el milanés Francesco Caccianiga para conmemorar la asunción del  juramento inmaculista por la Universidad de Salamanca el 2 de mayo de 1618 (aunque ya desde los siglos anteriores la institución fue una ferviente defensora de las tesis inmaculistas).

La enumeración artística podría incrementarse de manera considerable con otras representaciones merecidamente reconocidas, aunque esta ventana, un día como hoy, también puede servir para llamar la atención sobre algunas obras vinculadas a la Inmaculada bastante más alejadas del gran público.

Si hay que hablar de una obra de iconografía muy poco habitual, debemos destacar la Inmaculada que veneran los padres carmelitas descalzos en su comunidad de Santa María Magdalena de Salamanca. Se trata de una talla moderna, realizada en los últimos años del siglo pasado por Ricardo Plaza Hurtado, que presenta en avanzado estado de gestación a María Inmaculada y que estos días puede contemplarse en la iglesia de la calle Zamora.

Aunque la iconografía tradicional de la Inmaculada toma los atributos con los que se representa a María de la narración del Apocalipsis donde se dice expresamente "y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento", lo cierto es que este hecho fue durante siglos totalmente obviado en las representaciones artísticas.

Muy culpable de ello fue el pintor sevillano Francisco de Pacheco, conocido por ser maestro y suegro de Velázquez, quien fijó en gran medida la iconografía inmaculista en su libro Arte de la pintura, publicado en 1649. El autor, que subraya que la imagen de la Purísima procede de la descripción de San Juan en el Apocalipsis, recomienda, por lo tanto, prescindir de la presencia del niño en la representación del misterio (como era bastante habitual en la época) ya que "allí, no solo se halla sin el Niño en los brazos, más aún sin haberle parido", considerando que no está a punto de nacer, sino "acabado de concebir".

Pacheco, defensor de una Inmaculada niña ("de doce a trece años"), sentará las bases iconográficas que serían repetidas constantemente a lo largo de los siglos y que harán que hoy nos resulte muy extraño unir el misterio de la Inmaculada a la condición de gestante de María. Sin embargo, algún ejemplo hay. Entre los más famosos, la Inmaculada del siglo XVIII de la iglesia de San Juan Bautista de la villa cubana de San Juan de los Remedios, considerado el único ejemplo histórico de Inmaculada Concepción embarazada en toda América Latina.

En Salamanca, el oratorio carmelita dispone de esta obra de pequeñas dimensiones que manteniendo los atributos inmaculistas, como la luna a los pies, la corona de estrellas y el color azul del manto (también salpicado de estrellas), presenta a María en actitud humilde y recogida y en un claro gesto de avanzado embarazo. Una representación con la que su autor quiso subrayar el carácter de buena esperanza del tiempo de Adviento.

Nada que ver con las apoteosis barrocas de las que, por cierto, Salamanca también guarda un ejemplo bastante desconocido pese a su elevada calidad. Se trata de la Inmaculada pintada por Andrea Vaccaro para el Colegio de Oviedo y que actualmente se encuentra en el Museo de Salamanca, ciertamente pasando muy desapercibido.

Un lienzo de grandes dimensiones, deudor de la Inmaculada de Ribera, que subraya sin embargo la gloria mariana rodeando por completo de ángeles su figura.

Un buen motivo para visitar el museo situado en el patio de Escuelas Mayores. Lo que no podrá hacer en ningún caso el lector es visitar el último ejemplo de Inmaculada que vamos a citar y que une el nombre de Salamanca nada menos que con el de Francisco de Goya.

Y es que entre las muchas pérdidas ocasionadas a la ciudad por la Guerra de la Independencia hay que sumar los que sin duda hubieran sido unos de sus cuadros más importantes de todos los tiempos, los tres lienzos que al parecer, y por mediación de Jovellanos, Goya realizó para el altar mayor del Colegio de Calatrava.

El cuadro central sería el de la Inmaculada y de él queda testimonio en el Museo del Prado de un boceto que el propio Goya entregó a Jovellanos, quizá en 1784.

Una imagen bastante sobria, con una María orante que mira hacia abajo y a la que la bola del mundo le hace de pedestal. El boceto también incluye la presencia de Dios Padre subrayando la milagrosa concepción de la Virgen.

Lo más probable es que estos lienzos partieran con el botín napoleónico hacia Francia y se perdieran en algún avatar de la contienda. Pero también hay quien piensa que quizá sobrevivieran y hoy formen parte de alguna colección privada y tampoco faltan opiniones que confían en una ocultación de las obras para evitar su robo, pensando en algún recoveco de la actual Casa de la Iglesia como escondrijo de este auténtico tesoro.

Quién sabe, quizá el azar en el futuro nos dé una sorpresa. Un 8 de diciembre no sería un mal día.

Boceto de Goya para el desaparecido cuadro del altar mayor del Colegio de Calatrava | Museo del Prado

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