viernes, 22 de diciembre de 2017

Semana Santa en Navidad. Cuento (mientras pensaba en un pregonero)

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Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña

Desde aquel momento anduve perdido por las calles, con las manos en los bolsillos intentando mitigar el frío de la persistente helada heredada de la noche. Sonaban melodías navideñas saliendo de incongruentes altavoces repartidos a trechos. Villancicos de voces infantiles que atravesaban mis oídos sin apenas hacer mella en ellos. Distraído, veía escaparates sin mirar mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido.

Acababa de ocurrir, pero no parecía la primera vez y era como si fuese solo una rememoración de un pasado lejano. Delante de mí, tanto que casi no pude apartarme, un hombre cargado con una pesada mochila, andrajos y suciedad, se había desplomado golpeando secamente contra el húmedo adoquinado. Apenas hizo ruido. Apenas era una mancha, casi invisible, en la mugrienta acera. Por su aspecto, delatado por las marcas sanguinolentas de su rostro, se veía que no era la primera de sus caídas.

Ahí estaba. El dolor marcaba su semblante. Un dolor sordo al que parecía haberse acostumbrado, que se reflejaba en lo que aún era una sonrisa en sus labios. Un dolor que iba mucho más adentro de lo que su cuerpo mostraba y que parecía saliéndole del alma.

La gente comenzó a arremolinarse a su alrededor. Comentaban y criticaban al unísono.

- ¡Qué vergüenza! ¡Menuda imagen para nuestros niños! ¡A esta gente habría que recluirla en estas fechas! ¡La culpa es de la droga, que los convierte en peleles! ¡Le está bien empleado; seguro que no tramaba nada bueno!-

Así, unos y otros con tono cada vez más elevado, juzgando y sentenciando, mientras él permanecía caído, intentando incorporarse sin conseguirlo. Se veía mermado de fuerzas, el bulto de su espalda le empujaba contra los adoquines y, aun así, se esforzaba por incorporarse con una dignidad que hacía tiempo parecía haberle abandonado. Nadie, ninguno de los que estábamos allí, hacíamos intención por ayudarle en su vano intento por levantarse. Unos miraban, otros se reían y los más criticaban en corrillo, pero nadie hacía ademán de echar una mano.

El grupo iba en aumento y los murmullos se hacían voluminosos. Una pareja de guardias urbanos que cumplía con su ronda protectora se acercó al tumulto con intención de poner orden. El hombre aún seguía en su empeño y, al ver que apenas conseguía moverse, uno de los guardias me señaló con autoridad y me pidió, casi ordenándomelo, que ayudase al vagabundo a incorporarse, que tomase su mochila para que él estuviese más holgado y que le acompañase mientras esperábamos la llegada de atención sanitaria.

Cargado de escrúpulos y bajo la mirada imperativa del agente, hice lo que me ordenaba. Le quité el pesado bulto de la espalda y agarré al hombre por la mugre de sus axilas para que pudiera sentarse. Su rostro que, a pesar de la mezcla de suciedad y cuajarones sanguinolentos, se veía doloridamente sereno, me miró agradecido. -¡Qué asco!- pensé mientras apoyaba su espalda contra una pared y sujetaba su bolsón repleto seguramente de morralla. Yo tenía que estar ahora comprando esa bolsa llena de productos básicos no perecederos con los que aliviaría a los pobres de la parroquia y, sin embargo, ahí estaba, perdiendo el tiempo con un sucio indigente al que, así me decía, el alcohol había llevado a este extremo. Yo tenía que estar ahora visitando el belén que montamos cada año en el hospicio local para ver la cara sonriente de los niños pobres y, sin embargo, ahí estaba, deseando que la situación se solucionase con diligencia para no tener que soportar un momento más a ese desahuciado que sabe dios qué podría contagiarme. Yo tenía que estar llegando a casa, al calor hogareño, para sentirme satisfecho por haberme puesto el mandil para servir la comida navideña de los marginados y, sin embargo, ahí estaba, despotricando para mis adentros por haber sido seleccionado para hacer del de Cirene con ese despojo humano…  Simón de Cirene. ¡El cirineo!

Se me revolvieron las entrañas. Blanco como el papel, exangüe y afligido como nunca me había sentido, me alejé de allí en cuanto pude sin oír ruido ni sentir presencias.

Desde aquel momento anduve perdido por las calles mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido. ¿¡Cómo he llegado a hacer esto posible!?


1 comentarios:

  1. Unos somo elegidos unos para caer y otros para ayudar, en tu caso no renunciar a ayudar te dignifica como persona, "Felix Navidad" porque tu le diste sentido a estas fiestas, un abrazo.

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