viernes, 19 de enero de 2018

Cofradías sobre la báscula

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Abraham Coco

Salida extraordinaria de la Hermandad de la Soledad, en el 75 aniversario de la hechura de la Virgen | Foto: A. G. Soto

19 de enero de 2018

¿Cuánto pesa una cofradía? Es decir, ¿unas cofradías pesan más que otras? ¿En qué sentido? ¿Hay razones que justifiquen que tal o cual hermandad tenga más o menos peso? ¿Pesar más significa ser más importante? Y si esto fuera así, ¿más importante en qué, para quién y por qué?

Vienen estas preguntas a cuento de chascarrillos y runrunes que, de forma recurrente, Vía de la Plata arriba, tras cruzar el Duero, el Esla, el Miño y el Ulla, me inspiran estas líneas, torcidas posiblemente como el curso de los ríos. Que si estos de la Franciscana están todo el día en la revista de la diócesis como antes aquellos del Despojado, en tiempos fundacionales, estaban a todas horas en la prensa. Que si esta hermandad tiene enchufe con este y aquella ni está ni se la espera.

Aclaremos que cuando hablamos del peso de una cofradía no nos referimos a cuánto marca la báscula con todos sus integrantes encima. Precisemos después que todas las cofradías merecen respeto a sus singularidades y atención en aquello que pudieran precisar. Maticemos entonces que todas ellas son, sin duda, igualmente válidas desde un punto de vista eclesial. Y puntualicemos finalmente que nada de lo que aquí se plantea cuestiona devociones ni sentimientos individuales. E incluso (excusatio non petita, accusatio manifesta) un detalle final: mi cariño hacia toda ellas.

Preguntamos entonces: ¿Todas nuestras cofradías pesan lo mismo? ¿Cabe reconocer que el peso de unas puede ser mayor que el de otras? ¿Café para todos o desigualdad en la diferencia? ¿No es la antigüedad, por ejemplo, un elemento de peso en nuestras cuatro hermandades históricas, aunque en algunas de ellas esa pátina parezca diluida? ¿Toda publicación oficial ha de conceder, por norma o por defecto, el mismo espacio a cada una de ellas en un relato que, por homogéneo, resulta irreal?

Invirtamos ahora la cuestión: ¿Cabe exigir a determinadas cofradías que asuman responsabilidades, de todo tipo, incluso económico, en función de su peso, real o ficticio? ¿Debemos actuar, como colectivo, cuando alguna de ellas adelgaza de forma preocupante? ¿Qué se considera estar gordo en términos estrictamente cofradieros? ¿El peso lo determina la procesión, como si fuera un chequeo anual? ¿O habría que subirse más a menudo a la báscula? ¿Sabemos cuánto pesamos?


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