lunes, 5 de marzo de 2018

Sobre el mundo

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Andrés Alén


05 de marzo de 2018

El cartel de la Tertulia cofrade Pasión lleva varios años, casi todos, recorriendo un espacio del arte, contemporáneo y diverso de la mano de nuestros más consolidados artistas, que prestan su buen hacer, creatividad y talento a publicitar nuestra Semana de Pasión.

Iba a decir que desinteresadamente, pero solo es verdad en su pecunia, porque en mi experiencia siempre he constatado un interés diría que hasta desmedido en culminar sus obras, aportar significado y afirmarlas con sus personales estilos.

Estamos hablando de arte religioso en unos tiempos en que parece que nombrar esta palabra es como nombrar un arcano que debe permanecer en el destierro, pero digamos que, al menos, el espíritu es un anhelo, una fuerza que impulsa al poeta, al músico, escultor o pintor hacia la trascendencia, al deseo de trascender, que no solo y no siempre atañe a la mera supervivencia, sino que busca otra esfera, otra sobredimensión. Por ello muchos dicen, en este tiempo laico de increencia, que todo arte es eminentemente religioso o no es arte. Y su principal razón es que sin creer, sin fe, sin ese anhelo, no se puede iniciar un poema, un acorde, un dibujo; por minimalistas que sean nuestras expectativas, por mucho que acentuemos la disolución y lo efímero, que el viento no gobierna fácilmente sobre la palabra escrita, la obra esculpida o el óleo sobre tabla, y todo lo que  se crea para transmitir emoción.

Este año el autor del cartel es el prestigioso pintor mirobrigense Jesús Coyto Pablo, afincado hoy en su casona salmantina de Castillejo de Martín Viejo, misterioso hogar, que le acoge del duro y fructífero bregar. Desde que aceptó este encargo, todo fueron facilidades aunque las fechas coincidían con su importante exposición antológica en su Ciudad Rodrigo natal. Así que mi agradecimiento es doble por su compromiso y por la dimensión de su trabajo, no solo física sino plena de intensidad.

El título de su obra es como reza este artículo: Sobre el mundo –"desde el principio lo vi claro"– y organizó su mente para su realización. Preside la composición un crucifijo antiguo retocado o ungido con la cera colorida de la encáustica, esa técnica ancestral que funde los pigmentos con la cera y el fuego forjando el color. Este relieve sobresaliendo y centrando el cuadro constata que en toda Semana Santa hay un solo protagonista y una única pasión.

Cuando nos dirigimos a este pintor, reconozco que sobre otros grandes méritos, pesaba esa característica de su obra de "ritualizar" el paisaje o el acontecimiento. Esa forma suya de convertir sus encáusticas collages, en una especie de altares relicarios donde se acumulan recuerdos y vivencias como desvelando, o insinuando ciertas semillas de intimidad, propias de conventos, estudios de artistas y otras estancias de meditación y soledad.

Entre las veladuras como llamaradas aparecen, dibujados o desdibujados, los dos ladrones, en los extremos de esa morada cruz de Victoria como horquillas que sujetan el paso de misterio. En su vértice un sagrado corazón de María, tan frecuente en los adornos de la vestimenta serrana y leonesa, una escena con la elevación de consagración eucarística, que es un brindis; y la ubicación precisa con la reconocible silueta catedralicia salmantina, esa inmensa  montaña sacra que nos define e identifica.

Destaco la anchurosa cruz dorada con su INRI que acoge al Cristo, y sobre todo el rojo. Rojo fuego, rojo sangre, rojo Pasión. Toda esa erupción que estalla ante nuestros ojos, sobre el mundo, que evangeliza y convence con la autenticidad del arte que anhela convertirse en suprema verdad.


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