miércoles, 14 de marzo de 2018

También turismo

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Abraham Coco

Varias personas fotografían el paso de Nuestro Padre Jesús Despojado en la calle Meléndez | Fotografía: Javier Barco

14 de marzo de 2018

La Semana Santa es también turismo. Lo cual quiere decir que es otras cosas además de un recurso turístico. Por ejemplo religiosidad y cultura. En ambos aspectos profundizan, en casual contrapunto, dos artículos de Javier Prieto y Conrado Vicente en el número 25 de la revista Pasión en Salamanca, hermana mayor de esta versión digital, que mañana se presenta en la Sala de la Palabra del teatro Liceo, a partir de las 19.30 horas, con Paco Gómez como presentador. Pero vayamos al turismo.

Mi deriva profesional actual casi me obliga a escribir este artículo para afirmar que la Semana Santa es también turismo. No sólo y esencialmente turismo, aunque sea uno de los elementos imprescindibles para explicar el potentísimo resurgir de esta celebración popular desde finales de los años ochenta.

Ayuntamientos y gobiernos autonómicos de todos los colores (los aconfesionales, los semilaicos, los laicos y los megalaicos, los meapilillas y los más paradójicamente anticlericales) han apoyado a lo largo de este tiempo la Semana Santa. No porque sea un potencial elemento evangelizador, sino como recurso turístico, como elemento cultural y tradicional arraigado, como espacio de entendimiento y de afiliación. Probablemente en esto los cargos políticos hayan estado más avispados que algunos curas y obispos.

Los cofrades nos venimos aprovechando de ello con subvenciones que nos han permitido y permiten restaurar y renovar el patrimonio procesional y otras iniciativas que, en algunas latitudes, serían inviables sin ese apoyo económico público. Porque el privado, ni está ni se le espera. Tampoco el del sector más beneficiado por las procesiones de Semana Santa, que elevan la ocupación de determinados lugares que no registran esos niveles el resto del año, prueba inequívoca de la influencia procesional.

Y hete aquí que, de repente, también surge cierta turismofobia cofrade. Se comienza a percibir, por ejemplo, cierto hartazgo por las faltas de respeto de quien acude a ver una procesión igual que un partido de fútbol, aunque en lo segundo al menos el espectador no suela atravesar el césped mientras rueda el balón. Y hay cofradías que achacan su huída de la Plaza Mayor al turismo y a los turistas, aun cuando cupieran algunas explicaciones más, específicas y a mayores en cada uno de los casos.

El turismo es bueno para la Semana Santa. Incluso me atrevo a afirmar que el turismo es imprescindible, en el caso de Salamanca, para el devenir de su Semana Santa. Es responsabilidad de todos que este binomio siga funcionando. De los cofrades, que deben predicar con el ejemplo y trabajar porque la ciudad comprenda, sin vaivenes, aquello que pretenden transmitir. De los propios salmantinos como anfitriones y destinatarios principales y de los turistas, que allá donde fueres haz lo que vieres. También del sector más beneficiado por las procesiones bajo ese lema de Pasión y piedra tan manido como válido. Y de los poderes competentes en la materia. Porque a nadie le interesa lo contrario.


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