miércoles, 26 de septiembre de 2018

La ropa sucia no se puede lavar en casa

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Félix Torres

Varias prendas de ropa tendidas para secarse después de la colada  | Fotografía: Pablo de la Peña

27 de septiembre de 2018

En este mundo globalizado en el que nos está tocando vivir, en el que cualquier noticia, por insignificante que sea, alcanza al instante el más recóndito rincón habitado, nadie está a salvo de aparecer como protagonista de aquella en la maraña de redes sociales que nos envuelve.

Vemos el ejemplo claro en el descubrimiento, e insistente tratamiento, de las irregularidades aparecidas en los currículos académicos de políticos significados, de los que el más destacado lo encontramos en cuanto se ha publicado en torno a la tesis doctoral del presidente del Gobierno, que ha hecho que se tambalee, más o menos, nuestra realidad política y social.

Y dado que todos somos candidatos a ocupar la picota, como la mujer del César, no solo debemos ser íntegros y honestos sino parecerlo… e incluso demostrarlo. Más en estos momentos en que, con gran influjo mediático y de redes sociales, cualquiera está expuesto a que se muestre algún roto de su historia más cercana. Por eso, hay que andar con pies de plomo y cuidar al máximo la imagen que cada uno proyectamos hacia los demás. Y se hace público porque a todos interesa y porque desde que el Gran Hermano controla cada uno de nuestros movimientos, los trapos sucios ya no se pueden lavar en casa.

En algunos casos puede ser un mero proceso de acoso y derribo, pero en los más, incluso sin intención, se consigue destapar tramas, prevaricaciones, nepotismos, corrupciones y actitudes despóticas que son la parte oculta de ese iceberg que la noticia deja a la vista.

Todo lo dicho en las líneas anteriores es válido para cualquier círculo en que la sociedad se desenvuelve, nacional, regional, local o familiar, y afecta a cualquiera que se signifique en alguno de esos círculos de actuación. Incluso en nuestras cofradías y hermandades. Incluso en mi cofradía. Y de eso hablo, aunque ahora se vea desde la distancia que ha puesto un verano por medio.

Cuando el pasado mes de mayo saltaba la noticia de la dimisión del máximo responsable de la Hermandad Dominicana, a raiz de los acontecimientos (escandalosos para unos e irrelevantes para otros) derivados de una jornada de convivencia en la Casa de la Iglesia, no solo esta hermandad sino toda la Semana Santa salmantina se vio tambaleante en boca de propios y extraños como objeto de críticas y comentarios en la ciudad y sus afueras.

Como con el iceberg, no es lo ocurrido en la convivencia de mayo lo preocupante, aunque esto fuese la gota que hiciera rebosar el vaso, sino lo que ello ha dejado a la vista de cuantos andábamos despreocupados e ignorantemente confiados. Se trata de que ha aflorado una gestión translúcida, si no opaca, en la que solo unos cuantos sabían lo que se cocía en los pucheros dominicanos pues a los demás se les daba ya el potaje en el plato sin dejar elegir si lo querían con más caldo o con menos tajada (y da igual si se habla de asuntos económicos —inversiones y gastos— o de resoluciones de comisiones disciplinarias que nunca fueron comunicadas al soberano cabildo). Personalmente, como miembro de la hermandad, me importa todo lo acontecido y asumo mi cuota de responsabilidad si la tuviera, pero… no todos somos culpables. Ciertamente, y entrecomillo el texto del comunicado enviado por el equipo de comisarios designado para poner orden en la hermandad, con el propósito de dejar constancia de su autoría y literalidad, que "no hay ganadores o perdedores… y de todos es la responsabilidad de devolver a esta gran hermandad su estabilidad permanente"; pero no se puede generalizar diciendo que "esta situación se ha generado entre todos los que a ella pertenecen" y repartir el mochuelo de manera indiscriminada entre las espaldas de la nómina completa de hermanos. No se puede meter a todos en el mismo saco: a los que han seguido fieles a su hermandad o los que, por motivos que no vienen al caso, nos encontramos más alejados; a los que día a día acudían a la casa de la hermandad o quienes se preocupaban por el buen discurrir de la misma simplemente acudiendo a participar en la salida de Viernes Santo. En todo caso, que cada palo aguante su vela.

Hay muchas cosas que explicar y el equipo de comisarios debe hacerlo, sin dilación y a todos los hermanos, para poder cumplir con la, según dicen, "decisiva misión de reconciliar a los hermanos, sin excluir la investigación de las posibles deficiencias en la convivencia interna de la hermandad y las amonestaciones o reformas a que hubiere lugar". Así, con todos informados y al tanto, será más sencillo ejercer sin dudar y con el apoyo de todos esa agria misión que, sin duda, está en manos de los ahora responsables de la Hermandad Dominicana. Porque con el silencio, lo único que se consigue es aumentar las sospechas y rumores.

Es ya momento de tomar las riendas y actuar. Pero no como si nada hubiera pasado o como si lo pasado se hubiera diluido en las aguas de remojo veraniego. Es hora de tomar decisiones y comunicárselas a cuantos cofrades dominicanos estén interesados, que, me consta, no son pocos. Exigir responsabilidades y depurarlas. Para todos y por todos.


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