viernes, 9 de noviembre de 2018

Actualizar las cofradías

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José Fernando Santos Barrueco

Cofrades de la Hermandad de Jesús Despojado en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Pablo de la Peña

09 de noviembre de 2018

Opinar sobre los motivos por los que se entra a formar parte de una cofradía sería un vano y pretencioso intento, con el riesgo de hacer juicios de valor sobre aspectos que afectan a sentimientos, en los que no caben comentarios porque se refieren a lo más íntimo de cada persona. Nadie puede valorar, y mucho menos juzgar, los actos piadosos ni las sensaciones que experimenta quien carga con una imagen o realiza determinada penitencia en una procesión. No obstante, en las cofradías que tienen una relativa antigüedad y han visto el transcurrir de dos, tres o más generaciones, podríamos afirmar que la mayor parte de los motivos suelen ser de índole familiar y se mueven en torno a sus sagradas imágenes, cuyo culto se ha ido consolidando, y a las procesiones que con ellas se realizan. Las tradiciones de pertenencia, las devociones y los sentimientos que se han cultivado en ese entorno familiar llevan a relaciones, compromisos y promesas, que impulsan una buena parte de las razones de entrar a formar parte de aquellas. Razones, todas ellas, loables y muy respetables, aunque el objetivo pueda estar muy focalizado y no se tengan miras más amplias.

Podemos asumir que las procesiones y, con ellas, el fervor hacia las imágenes, pueden constituir el aspecto más carismático de las cofradías y, desde luego, el acto más emblemático y de mayor relevancia en la calle. En muchas, prácticamente el único que congrega a la práctica totalidad de los hermanos (incluyo aquí aquellos otros que se hace preciso realizar con vistas a la procesión, tales como ensayos o trabajos de preparación de pasos y enseres procesionales).

Dicho esto, me parece que mal harían las cofradías en centrarse solamente en este aspecto. Las cofradías penitenciales nacieron como asociaciones o congregaciones de laicos bajo una determinada advocación, como una manera de estar presentes y participar en la Iglesia y en la sociedad, practicar la penitencia, especialmente en la semana de la Pasión de Cristo, y desarrollar marcados fines piadosos y benéficos. Algunas nacieron en torno a una imagen muy venerada, por razones de tradición o leyenda, y otras incorporaron posteriormente imágenes existentes o encargaron su realización. El culto a las mismas potenciaba la penitencia y la caridad en sus múltiples aspectos. Más tarde, con el apogeo del barroco y la imaginería religiosa, se desarrollaron y popularizaron las procesiones semanasanteras.

Sería bueno que las cofradías mirasen a sus orígenes buscando su razón de ser. Es cierto que hoy no tendrían sentido las causas que originaron la mayoría de ellas, pero sí ser conscientes de que nacieron con un fin eclesial y social potenciado con el culto a unas imágenes y el ejercicio de la penitencia. De la misma forma que en la mayor parte de las actividades de la vida (industria, comercio, etc.) las cosas han cambiado tanto que solo cabe reinventarse para poder seguir adelante, pienso que las cofradías también tendrían que reinventarse de alguna manera y plantearse las razones de su actual existencia, buscando nuevos caminos en esa acción o reivindicación social tan necesaria hoy día en favor de los más necesitados. Preguntarse el dónde, por qué y para qué estamos. Cuál es el carisma de la cofradía, su aspecto más atractivo en beneficio de la comunidad.

Para empezar, me parece "de cajón" asumir una pertenencia a la hoy tan denostada Iglesia católica, aspecto que no parece estar claro en muchos, incluso en juntas directivas, en las que se cuestiona el papel de la Iglesia poniendo normas (que, dicho sea de paso, pasamos olímpicamente a la hora de colaborar en su realización o de hacer comentarios a las mismas), aprobando o autorizando determinados aspectos. Mal vamos si no tenemos muy claros los conceptos más elementales. Si creemos que sacar imágenes de Cristo a la calle, podemos hacerlo fuera del marco eclesial, ¡apaga y vámonos! Ese Cristo edificó la Iglesia sobre la piedra de Pedro y en Pentecostés, encargó a todos sus seguidores (que eso son los discípulos) anunciar la Buena Nueva. Y si no entendemos que las procesiones nacieron como una catequesis en la calle para anunciar esa Buena Nueva, mal andamos si queremos correr fuera de la Iglesia. El mensaje evangélico nos incumbe a todos como miembros (Iglesia somos todos), aunque la institución tenga su organización y jerarquía y, obviamente, en ella se presenten diferencias en las funciones y responsabilidades y, en consecuencia, en la imagen que cada uno transmite. Pero tengamos claro el concepto y que los árboles no nos impidan ver el bosque. Si debajo de un paso nos decimos "los pies de Dios", tengamos "los pies en el suelo" y entendamos que ese Dios a quien representan las imágenes que paseamos fue el fundador de la Iglesia y nos involucró a todos en su función principal. Otra cosa, que por desgracia sucede a veces, es que algunos miembros con responsabilidad en la organización eclesial vean a las cofradías como un estorbo (¡pobres pescadores de hombres!), pero sería "harina de otro costal".

Una vez tengamos claro dónde estamos, habría que profundizar en el por qué y para qué. La penitencia y la veneración a las imágenes titulares no deben ser un fin en sí mismo, sino el medio que nos lleve a ser esa Iglesia en salida que tanto viene clamando el Papa Francisco, apoyando acciones o reivindicaciones sociales en favor de los más necesitados y desfavorecidos, no solo de una manera pasiva (en forma de aportación económica), sino más  participativa y comprometida. No se trata de convertirse en ongs, sino de apoyar iniciativas que existen y requieren "manos". Estas acciones darían el verdadero sentido a las procesiones, como manifestaciones públicas de la fe que profesamos, con las imágenes que nos llevan a la esperanza en la promesa que nos hizo aquel a quien las imágenes representan. Solo así serían nuestras procesiones (cuidando también su desembolso económico) la guinda de un magnífico pastel. Un extraordinario broche de oro a la actividad co-frade (confraternidad), con resonancia en la calle.


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