jueves, 15 de noviembre de 2018

El Cristo de la Humildad y Unamuno

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Paco Gómez

El Santísimo Cristo de la Humildad, de Fernando Mayoral, en su ubicación en la iglesia de San Martín | Foto: JMFC

16 de noviembre de 2018

"mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!"
(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez)

Fue a finales del mes de mayo. Uno de esos días en los que no dejaba de llover, y este detalle tiene su importancia, y la ciudad había viajado por esas cosas del cine hasta 1936. Fue uno de esos detalles llamados a perderse entre el paso apresurado de la vida, a quedar olvidado entre las piedras, a no durar; a no ser que haya alguien dispuesto a recogerlo y dejarle al menos un rincón de papel en blanco.

Resulta que en Salamanca había desembarcado todo el equipo de rodaje de Mientras dure la guerra, la que será próxima propuesta de Alejandro Amenábar centrada en el sangriento estallido bélico del siglo pasado. Varios edificios del centro de la ciudad y la propia Plaza mayor cambiaban su fisonomía para rebobinar en el tiempo y llegar sin grandes desafines al futuro espectador.

En la iglesia de San Martín había que rodar una pequeña secuencia de despacho. El auténtico sabor añejo de su sacristía convenció a los localizadores de que era el lugar ideal para recoger un cierto trasiego del que fuera cuartel general de los golpistas.

Ahí iban y venían los técnicos, las luces, los cables, los micrófonos. Los carpinteros, los pintores que, ya de paso, daban una manita de blanco a las bóvedas de yesería. También el equipo de catering, que ocupó otro de los rincones de la iglesia, ideal refugio para rodajes que siempre acaban alargándose.

Y en los bancos del final de la iglesia, en la parte más oscurecida, un hombre murmura entre la penumbra. Es bastante alto, robusto, viste de riguroso luto. A su lado tiene una lata de refresco y un bocadillo envuelto que no ha probado. Y lleva así un rato largo.

Pelo cano, barba tupida. Nariz algo aguileña. Solo rebota una pincelada de luz a la cara el blanco de una camisa que desciende en dos pronunciados picos sobre el jersey negro. En el bolsillo de la chaqueta, sobresalen unas gafas de montura redonda. Miguel de Unamuno. No hay duda.

En realidad, ya se figuran, es Karra Elejalde. El actor vasco lleva un rato paladeando su soledad, ante una imagen que, repite en varias ocasiones, no es un crucificado cualquiera. Ha observado de lejos y de cerca al Cristo de la Humildad que permanece al pie del altar, crucificado y a la vez alzando el vuelo. Ha preguntado por Fernando Mayoral y ha encontrado, entre compromisos, saludos de admiradores, visitas de amigos, el hueco para rezar ante ese ajusticiado. Sobrecogido por su humanidad.

Unamuno fue capaz de escribir ante el Cristo de Velázquez el que pasa por ser uno de los poemas más importantes de la lengua española, en su interminable sucesión de versos blancos. No sabemos qué diría este otro Unamuno ante un Cristo de la Humildad del que se lleva varias imágenes como recuerdo de una honda conmoción. Pero quizá contemplar ese labrado nervioso permita a Karra, más allá del maquillaje y su magia, redondear a su Miguel, a la fuerza angustiado, algo ya derrotado ante el resentimiento trágico de sus vecinos, al que en unos minutos tendrá que seguir dando voz y alma.

No falta alguna imagen de aquellos momentos, que quedan para la intimidad de los protagonistas. Ni tampoco alguna anécdota más. El propio Amenábar no tuvo impedimento en reconocer desde su ateísmo la especial fuerza de la talla de Mayoral, aunque eludió tomarse ninguna fotografía ante él. Eso sí, mientras afuera de la iglesia el cielo se volcaba, prometió volver si al día siguiente, en el que estaba previsto rodaje de exteriores, dejaba de llover. Y aquella mañana, dicen, lució el sol ya de verano en Salamanca…


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