domingo, 9 de diciembre de 2018

La Plaza Mayor como dilema

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Paco Gómez

La Piedad, a su paso por la Plaza Mayor, engalanada con los pendones de las cofradías | Foto: Pablo de la Peña


10 de diciembre de 2018

"Había mucha animación. Sobre todo muchachas. Salían en bandadas de la sombra de los soportales a mezclarse con la gente que andaba por el sol. Se canteaban por entre las mesas del café y llamaban a otras, moviendo los brazos; se detenían a formar tertulias en las bocacalles. Venía la musiquilla insistente de un hombre que soplaba por el pito de los donnicanores con su cajón colgando donde los alineaba. Otro vendía globos. Los desplazaban con los empujones"
(Entre visillos, Carmen Martín Gaite)


Dice Jesús Málaga en sus memorias que Salamanca "es una ciudad ombliguera y su ombligo es la Plaza Mayor". Si algo hace de esa plaza algo realmente especial no es simplemente su belleza, sino que desde su culminación en el año 1755 ha sido verdaderamente el corazón cívico. Corazón, músculo, gran teatro, cuarto de estar… los símiles son largos de enumerar, pero todos ahondan en la misma idea. Tanto, que los salmantinos hemos acabado por abusar un poco de este recinto monumental, dando a entender que si algo importante ocurre en la ciudad tiene que pasar por fuerza por la Plaza Mayor.

Un fenómeno al que la Semana Santa no ha sido ni mucho menos ajeno y de manera particular tras el auge experimentado por las cofradías a mediados del siglo pasado. La Plaza Mayor, sin llegar a serlo oficialmente nunca, se convirtió en una suerte de "paso por Campana" de las procesiones salmantinas, desplazando abiertamente a la Catedral de ese cometido.

Tres grandes cruces anunciaron en la fachada consistorial durante décadas el tiempo de Semana Santa en una costumbre hoy perdida, aunque emparentada con el mantenimiento de los reposteros de las cofradías y hermandades. También alguna vez se colocaron graderíos como se hace en otras ciudades con un recorrido oficial. Y es que el paso por la Plaza Mayor era consustancial a la inmensa mayoría de las procesiones, dando sentido, entre otras, a la desaparecida general del Santo Entierro. El Descendimiento y sobre todo El Encuentro el Domingo de Resurrección también la visitaron a menudo.

Así estaban las cosas hasta que la Semana Santa fue tomando cuenta de forma paulatina de un cambio en los usos y costumbres de la ciudad, en la conversión de la Semana Santa en una época de afluencia masiva de visitantes y de una modificación en la forma de ser y de estar en la Plaza Mayor.

El bullicio, que en varias ocasiones describe Carmen Martín Gaite en su sensacional Entre visillos para referirse a la vida en la Plaza Mayor, no cesa ya al paso de las procesiones. Bares, terrazas, vendedores, multitud de gente de intereses y actitudes heterodoxas que convergen en un espacio muy amplio en el que, a menudo, una procesión se asume como otra pincelada más, más o menos pintoresca, del paisaje dorado.

Una situación que ha llevado a que se haya ido cancelando o acortando el paso de hermandades y cofradías por la Plaza Mayor o, en todo caso, desplazando la mayor carga simbólica de sus salidas hacia la Catedral.

En este contexto, la reciente decisión de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo de incluir en su próxima estación de penitencia el paso por la Plaza Mayor reabre en cierta medida un debate recurrente en el mundillo cofrade.

La Plaza Mayor como gran y vivo espacio ciudadano ha perdido esa capacidad de concentración espiritual que quizá tuviera en el pasado y eso va a ser difícil que cambie ya. Sin embargo, desde la Hermandad del Despojado se señala que –si bien este no ha sido el motivo fundamental en su decisión– también toda salida procesional tiene un componente de protesta pública de fe que en cierta medida obliga a no "escurrir el bulto" ante las dificultades. Ir donde está la gente y tratar de acercar, pese a todos los peros expuestos, esa suma de fe, devoción, arte y sacrificio que conforma una procesión.

Personalmente, creo que la experiencia de los últimos años nos llevará, salvo en unas pocas excepciones, a ir descartando progresivamente el paso por la Plaza Mayor en busca de espacios que favorezcan un mayor recogimiento. Pero no es menos cierto que cada procesión tiene su público y sus características y que casi nunca se sabe cuál es la palanca que hace cambiar los ciclos.

Ya se ve que además de todo, la Plaza Mayor también es un dilema.


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