viernes, 25 de enero de 2019

¿De qué va esto?

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J. M. Ferreira Cunquero

Conferencia de José Manuel Hernández organizada por la Hermandad Franciscana | Fotografía: Pablo de la Peña

25 de enero de 2019

¿Cuántos cofrades de los que vestimos hábito vamos a misa de forma habitual?

Esta pregunta incendiaria nos obliga a meter la cocorota como el avestruz debajo del alamaben para ocultar la respuesta que en cierto modo produce urticaria. Todos sabemos la realidad paupérrima que sufre el mundo cofrade respecto a ese compromiso cristiano que debería ser consciente y de obligado cumplimiento.

Pero esta temática tan controvertida tiene más historia cuando nos preguntamos por la participación de los cofrades en los actos organizados por las propias hermandades. De sobra conocemos ese gran vacío que viene a corroborar la indiferencia que sufren la mayoría de las cofradías por parte de sus componentes.

Este desaguisado religioso que vivimos va más allá de esta Semana Santa que necesitamos y queremos. Si miramos con ojo crítico, podremos observar cómo en Salamanca conseguimos un buen nivel respecto a los actos que se realizan, con una participación digna de asistentes, aunque entre ellos, por desgracia, no se encuentren los propios cofrades. En provincias cercanas a la nuestra, con semanas santas de un gran postín reconocido, la mayoría de las hermandades solo tienen como referencia la procesión que, en síntesis, es la única justificación de su existencia.

Este escenario pasional tan extraño encierra contradicciones palpables de fondo, que se aprecian con cierta relevancia cuando escuchamos, en bocas dirigentes, que su entrega, dentro de la cofradía de turno, tiene como cometido principal defender y luchar por las imágenes (palabras textuales) como si estas necesitasen algún tipo de aliento o amparo. Pero lo grave es oír estas desafortunadas palabras delante de algún sacerdote incapaz de corregir delante de una asamblea este tipo de alocuciones que poco ayudan a buscar el camino.

Cuando las imágenes se convierten en epicentro religioso y la emoción desbordante nos acapara los sentidos, todo lo demás sobra. Tener hilo directo con una talla de madera que se trasforma en el mismísimo Cristo asienta, en el corazón sentimentalista y poco formado, la falsa creencia de estar tocados por una especial gracia cofrade hechicera.

Entonces, ¿de qué va todo esto?

Simplemente de que se ha desperdiciado el tiempo en una pelea silenciosamente absurda entre las cofradías y un clero que, por formación y poder moral, debería haber caído en la cuenta de que los surcos cofrades reunían miles de espigas jóvenes que necesitaban el abono necesario para crecer dando fruto. Un fruto que pertenece a una Iglesia que es de todos, porque cada uno de nosotros somos parte imprescindible de ella.

Por otro lado, las cofradías, alentadas por ese abandono sufrido, asumieron la mala costumbre de creer y divulgar que por encima de ellas nada ni nadie podía exigir rendimientos.

Cuando compruebas que destacados cofrades tienen, en las redes sociales, el desliz de arremeter furias incalificabales contra el ordinario de la diócesis, sin que nadie pida cuentas, es para pensar que tenemos un problema serio carcomiéndonos la raíz.

Da la impresión de que lo verdaderamente importante es que la procesión tenga gente porque para eso se trabaja todo el año.

¿Todo el año? ¿En qué? Otra pregunta de examen final, que esperemos que el año que acabamos de inaugurar responda contradiciendo a este pobre escribidor de letras…

Paz y bien para todos.


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