jueves, 28 de febrero de 2019

Ante el transhumanismo

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Isabel Bernardo

El Cristo de los Doctrinos proyecta su sombra en la portada principal de la Vera Cruz | Fotografía: Alfonso Barco

01 de marzo de 2019

La reflexión llegó días después de leer el artículo ¿De homínidos a post-humanos? Algunos desafíos del transhumanismo, que hace unas semanas me envió don Raúl Berzosa Martínez, el que fue obispo de Ciudad Rodrigo, firmado por él en la revista Razón y Fe Nº 1437, y que planteaba lo siguiente: ¿Se puede ser humano en un mundo que ya no quiere ser humano?

La pregunta sin duda era un desafío. Mayormente cuando mi novela recientemente publicada, más allá de ser un viaje a la historia de la gastronomía a través de los siglos, coloca el mundo de la inteligencia artificial frente al mundo de la inteligencia humana, con la intención de poner de manifiesto, de forma subyacente, asuntos que los seres humanos a medio plazo deberemos resolver:

¿Hasta dónde vamos a dejar que llegue la inteligencia artificial? ¿Cuánto de sí misma es lo que la inteligencia humana va a ceder a sus descendientes tecnológicos? 
¿Seremos capaces de entregar por completo el alma, lo más íntimo de nosotros, a una fórmula sintética de laboratorio que nos prive de ser naturaleza humana con sentimientos tan vulnerables como paradójicos? 
Si vamos a llegar a ser vida sin fin, ¿qué papel se supone que tendrá Dios si a su Reino no llegará nadie más que los que ya están?

Y, créanme, no he escrito esto último con ironía alguna. Estremece pensar cómo será el mundo más menos inmediato de las próximas generaciones, cuando todo parece ya confiado a la Biotecnología y los principios de una Declaración Transhumanista que pretende hacer de los hombres seres sin tiempo, sin fragilidad, sin dolor y sin lágrimas… ¡Qué espanto! –me digo mientras me pregunto qué sentido va entonces a tener la vida.

Pero los padres del transhumanismo lo han tenido muy fácil. Conocían bien el material (humano) con el que habían de trabajar. Sabían que el hombre había comenzado a perder sus referencias, las de su forma de relacionarse con sus semejantes, con su medio natural, con los animales… y con Dios. Y ahí estaba el hombre-masa, el hombre-muchedumbre, el hombre sumiso y snob que necesitaban, y del que sorprendentemente parecía ya hablar Ortega y Gasset en 1929 en su libro La rebelión de las masas: "un hombre que previamente está vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas 'internacionales'. […] que, más que un hombre, es solo un caparazón de hombre […] que carece de un 'dentro', de una interioridad...".

A pocas semanas de adentrarnos en el tiempo de Pasión, tiempo que vendrá a renovarnos la esperanza de una redención más allá de estos cielos que abrazan nuestra fe e incertidumbre, la pregunta, cuando menos, sacude los adentros. ¿Se puede ser humano en un mundo que ya no quiere ser humano?

Espero que para cuando este transhumanismo gobierne en su totalidad la Tierra, yo haya de verlo ya desde lejos. No me gustaría estar aquí cuando no sea capaz de reconocerme en mi condición humana. Tampoco cuando ya no haya Crucificados cruzando la noche de los hombres para interpelar su existencia. Quiero vivir pensando que soy algo más que un clon sin fin; soñar las dulces lejanías del más allá del sol, donde sé que algunos me esperan.


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