miércoles, 20 de febrero de 2019

La labor de quienes se dedican al montaje

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Xuasús González

Prolegómenos de la procesión del Cristo del Amor y la Paz en la iglesia nueva del Arrabal | Foto: Alfonso Barco

20 de febrero de 2019

Aunque, afortunadamente, siempre hay excepciones –y seguro que a cada uno de nosotros se nos ocurren algunas–, no hay duda de que lo más habitual es que un cofrade –digamos el cofrade tipo–, el día de la procesión, llegue a la hora que le han citado, salude a sus conocidos, ocupe el lugar que le corresponde en el cortejo, participe en dicha procesión, se despida y se vaya. Y el año que viene, más… O, con suerte, puede que se deje ver también en algún que otro acto de cuantos se celebran a lo largo del año.

Sin contar a los miembros de las juntas de gobierno –solo faltaría–, tanto da que ese cofrade tipo sea hermano de carga, que vaya en la fila o que lleve un incensario, el estandarte o la cruz de guía… Y ni siquiera importa si esta va a ser su primera Semana Santa, o si forma parte de la cofradía desde hace décadas. Pero el caso es que probablemente no se dé cuenta siquiera de que, aunque él llegue a mesa puesta, hay una importantísima labor que se ha tenido que llevar a cabo que le permita realizar esa rutina anual a la que nos referíamos antes.

Y es que, de vez en cuando, no está de más recordar que una procesión no se prepara sola… Si los pasos están listos, si las imágenes se colocan en ellos, si la cruz de guía o el estandarte están en su sitio, si todo está limpio y, así, un largo etcétera, es porque alguien se ha ocupado de ello, aunque muchas veces sea una labor que pase desapercibida. Y lo mismo que en la procesión –aunque es aquí donde resulta más evidente– ocurre también en cualquiera de los actos que se organizan e, incluso, en el día a día.

Justo es poner en valor ese trabajo tan importante e invisible del grupo de gente que se encarga del montaje –y desmontaje, claro–, de los que están siempre al pie del cañón y de los que echan una mano de vez en cuando; una labor que resulta imprescindible para que la Semana Santa –y, en general, la vida de las cofradías– sea una realidad año tras año.

Su dedicación es innegable. E impagable. Y, desde luego, ni que decir tiene que es tan solo su implicación en las cofradías –que, con toda seguridad, está íntimamente relacionada con su personal devoción– lo que les lleva a encargarse de estas tareas que realizan de forma totalmente voluntaria y altruista. Y con gran entusiasmo, dicho sea de paso.

Su trabajo empieza tiempo antes de Semana Santa –si es que se puede decir que termina en algún momento– e invierten en él muchas –muchas– horas de su vida que bien podrían estar dedicando a otros asuntos, robándoles tiempo, sin ir más lejos, a su familia y a sus amigos.

El montaje conlleva muy buenos momentos, pero también acarrea disgustos y malos ratos porque, además, es de esos quehaceres que si se lleva a cabo como es debido, generalmente no se nota y nadie suele decir nada; pero que, ante el más mínimo error, lo fácil es cuestionarlo y criticarlo a las primeras de cambio.

La labor de toda esa gente que se dedica al montaje y desmontaje bien merece un reconocimiento. Y no se trata de hacerles una escultura en mármol; con un simple “gracias” es más que suficiente. Gracias, en definitiva, por hacer que todo esté listo… cuando lo tiene que estar.


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