lunes, 22 de abril de 2019

Lenguaje cofrade

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Nacho Pérez de la Sota

Hermanos de carga de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Fotografía: Manuel López Martín

22 de abril de 2019

La verdad es que sorprende agradabilísimamente comprobar en las cofradías la afluencia de gente joven, de savia nueva, de brotes de continuación. Al menos en algunas. En un par de hermandades que me son muy cercanas han podido organizarse flamantes cargas completamente cubiertas con cofrades de reciente incorporación, todos menores de 30 años. En algunos casos, las nuevas generaciones que van sustituyendo a sus padres o tíos, los que fuimos veinteañeros hace algo más de 30… En otros, mozos sin pasado semanasantero, atraídos por sus amistades que si lo gastaban.

Es una noticia de regocijo, por supuesto. Pero también de responsabilidad, pues –a todas luces– en nuestra mano (y en nuestro deber) está, obviamente, preocuparnos de su correcta formación en este espíritu de la Semana Santa. No en vano representan el futuro de nuestra historia y son los depositarios y los garantes de la continuidad de esta tradición.

Y no hablamos ya de formación religiosa y espiritual –que también– ya que es el centro, el foco, la entraña, el núcleo, el fulcro, el corazón de lo que nos mueve en este ámbito. Y que será motivo de algún venidero comentario. Nos referimos específicamente a formación cofrade, empezando por el vocabulario que se usa para referirse a las realidades que conforman nuestra vida de hermandad.

Viene esto al caso de conversaciones o frases sorprendidas en las procesiones y marchas penitenciales de esta última Semana de Pasión, de labios de gente muy joven. Y tienen que ver con la reciente influencia por todos conocida de la Semana Santa andaluza. No vamos a ocasionar nuevamente el consabido debate –estéril a todas luces desde mi punto de vista– de si sevillanismo sí o sevillanismo no. Se trata únicamente de usar y mantener (por respeto en primer lugar, pero por otras muchas razones) los vocablos que son propios de nuestra tradición cofrade, y no echar mano de otros innecesariamente importados ya por ignorancia, ya por esnobismo.

Por estos pagos, en efecto, jamás ha habido al frente de un paso capataces, como se ha oído –y corregido afectuosamente– a más de un bisoño hermano estos días. Nosotros tenemos jefes de paso, hermanos mayores de paso o hermanos de paso a secas; o –más tradicional aún– comisarios de paso, término añejo y sonoro que nada tiene que envidiar al de capataz. Por no hablar de otros muchos vocablos, como vicarios de paso, o el infinitamente más resonante, pomposo y enfático –originado en una simpática y lógica metonimia– de (hermano) martillo. Y seguro que habrá quien sea capaz de recordar otros remoquetes usados en su hermandad para referirse al encargado de llevar el paso.

Igualmente, en esta parte de la vieja piel de toro, jamás de los jamases en la vida ha habido costaleros. Excepto, sí, en un par de pasos, de todos conocidos, de recentísima incorporación a nuestros desfiles procesionales, de Semana Santa (o no). Y aquí no hablamos ya de una elección de vocablos equivalentes, sino de la correcta adecuación al propio concepto de carga. No puede haber costaleros cuando un paso no es cargado a costal, esto es, llevando sobre la parte baja del cuello el peso de las vigas o barras transversales o perpendiculares al sentido de las andas –llamadas comúnmente trabajaderas– que soportan el paso, trono o mesa. En la meseta (y en casi toda la Andalucía oriental, pese a lo que crea la mayor parte de la gente, incluso del ambiente semanasantero) siempre se han llevado los pasos a varal, esto es sobre palos o barras longitudinales al sentido del paso, y que se cargan con clavículas y hombros. Así, nosotros hemos tenido desde siempre (y antes de que apareciera esa influencia de lo sevillano, que no andaluz) hermanos de cargacargadores a secas o –término por desgracia en desuso– varaleros, que es el equivalente (conceptual, que no léxico) a los costaleros. Y seguramente más denominaciones que se usen desde antiguo.

Como tampoco, después de 37 años cargando el Nazareno de San Julián y 26 el Cristo de la Liberación, en mi vida he hecho una igualá, sino que, cuando nos convocaba el martillo, era para distribuir la carga, hacer la carga o hacer las filas. Y es que en puridad de verdad, igualar, lo que se dice igualar, hay que igualar en las cargas a costal, porque es evidentemente imprescindible para el buen desarrollo de la procesión que todos los que van en una misma trabajadera tengan igual o similar altura. En las filas que originan los varales, eso es bastante conveniente, pero en ningún caso indispensable, si se sabe compensar de otra forma, por ejemplo, con el curveo de la calzada. Lo que sí importa de verdad es que la altura de hombros en cada varal sea progresivamente descendente de atrás hacia adelante.

Como estos ejemplos, hay varios más, pero señalándolos todos este pequeño billetillo se iría de extensión. Valgan los citados para tomar conciencia del hecho y recordar que nuestro vocabulario cofrade es extenso, prolífico, abundoso, ajustado, sonoro, antañón, melodioso, rico y, sobre todo, suficiente; y no precisa de incorporaciones que las más de las veces, son –a mayores de superfluas, ociosas y rimbombantes– incorrectas.


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