miércoles, 16 de octubre de 2019

Balance y escalafón

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Álex J. García Montero

Jesús Despojado de sus vestiduras ante las Siervas de María Ministras de los Enfermos | Foto: Manuel López Martín

16 de octubre de 2019

Con los últimos veranillos (fundamentalmente el "veranillo de San Miguel") llegan los balances de las ferias taurinas. Es como una evaluación pendiente, pues siempre se hace pasado septiembre, cuando las brumas empiezan a enfriar las parvas y se adelantan las sosiegas.

Así, cuando se encaran las últimas ferias de importancia (Otoño en Madrid, San Lucas en Jaén y el Pilar en Zaragoza), ganaderos, toreros y sobre todo empresarios, hacen su balance anual.

Lo mismo sucede con la Semana Santa, pues, aunque podríamos hacer parciales en Pascua, es, cuando comienza el curso, más concretamente el cofrade, cuando se hacen los propósitos, con buenas intenciones en general, para enmendar la plana al año trascurrido.

Podríamos hablar que en la Semana Santa salmantina siguen cuestiones pendientes, como la bravura de su identidad, el trapío de sus normas, la capa de la implicación de los hermanos, el indulto de lo bien hecho en todos los tercios (estación de penitencia, caridad y oración)…

Nos guste o no nos guste, hemos de decir que el escalafón está cada vez más mermado. La parte baja la ocupan casi todas las hermandades. Ha habido mucho festival, más que corridas serias. Si las puertas grandes de los festivales cuentan como una plaza de primera, será algo que los órganos presidenciales deberán dilucidar. Pero, otro año más, hemos visto mucho alamar toreando cornúpetas afeitados hasta la saciedad. Y es que siguen mandando más las cuadrillas, éstas más de alpargata que de plata, que los propios espadas. Eso sí, siempre hay sobresalientes que aparecen en cualquier festival que se precie para hacer paseíllos de corbata o costal allá do son requeridos o, en la mayor parte de las veces, pululan por los callejones cofrades autoinvitados.

Siguen las cofradías vetustas (hierros ya confirmados en su antigüedad) sin centrarse en su buen hacer de siglos y décadas pasadas. Algunas programan visitas a templos vacíos, que recuerdan a los museos del ateísmo del comunismo soviético. Mientras, los aficionados, aquellos que sostienen la fiesta (mediante oraciones de clausura en albos hábitos) han sido expulsados, mejor dicho, expulsadas, para seguir toreando a puerta cerrada.

Hay plazas intervenidas y toros, que, por falta de trapío de sus hermanos mayores, han sido devueltos a corrales, sine die. Mal está que, en su septuagésimo quinto aniversario, la penitencial dominó, siga con sus clásicas riñas de patio de caballos, mientras en vez de soñar con lo que ha sido, siga los pasos acomodaticios de acomodadores de plaza venidos a menos, para estar cada vez más cerca del matadero que del albero.

Y finalmente, tenemos lo de siempre, las plazas de segunda, donde, aunque enfervorizados aficionados de tres al cuarto, griten y pregonen indultos a erales de poca monta, seguirán realizando sus festejos de vez y año.

Y al palco, lo que es del palco. Cada vez, se mira más a un palacio cuasi vacío de mando, donde se ha trocado el buen hacer de la presidencia por un dejar hacer demagógico que poco favor va a hacer a nuestra semana mayor. Se ha sustituido el mitrado palco por andanadas de barbarie y borrachera sureña.

¿Qué queda? ¿Qué nos queda? En el sur de este viejo reino, al norte de la Extremadura, Salamanca vuelve a ser encrucijada entre caminos, campos, sierras, viñedos, tierras y fronteras, permanece la esencia del uro como fantasma de realismo, el miedo torero, el más real al que nos iremos enfrentando año a año, temporada a temporada, Cuaresma a Cuaresma y Pascua tras Pascua.

Porque ese miedo nos empujará al indulto, a realizar bien la caridad (con los cercanos o los lejanos), a mostrar a Cristo como doliente y resucitado (muerte y gloria) y seguiremos orando por nosotros y los que nos precedieron.

Seguiremos exigiendo tentaderos para cada aventura procesional que se le ocurra a cualquier atisbo de empresario de tres al cuarto.

No queremos encierros de Iruña ni cantes jondos de la nacencia de Trajano. Queremos recuperar la esencia del toro. El pelaje invernal que madura con las heladas y que busca el romero de los pies del Señor en cada primavera sobre los hombros de los que nos decimos hermanos de cofradía, de hermandad, de penitencia, de fe sin vergüenza torera.

Y tendremos que ir mirando poco a poco a nuestros orígenes. Porque tan origen es la "Ancianita" de Béjar como el Hospital de la Vera Cruz.

Si no, estaremos marcando el mortal sino de Islero con todos nuestros comportamientos sobre la taleguilla ya roída de la Semana Santa.

No queramos cerrar los ojos con vendas ensangrentadas de abiertas femorales en quirófanos contaminados con diversos virus foráneos. De lo contrario, el muñidor será el penitente que no sólo abrirá, sino que cerrará para el olvido cualquier atisbo de Pasión bajo el polvo de la arena hecha niebla del olvido en silentes taquillas y tendidos.

Sé que publicar un escalafón supone recibir las almohadillas de la ira del rejón de las verdades. Pero, como indicaba Ortega, España es el único país donde se discuten las estadísticas.

Sigamos discutiendo en las aulas de San Esteban; mientras la fiesta, la Semana Santa, languidece año tras año camino de unas tablas llenas de carcoma de falta de compromiso barnizadas de odio, envidia y sobre todo, mansedumbre, mucha mansedumbre.


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