miércoles, 9 de octubre de 2019

Cruces peregrinas

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Tomás González Blázquez

La diócesis de Salamanca recibió la conmovedora Cruz de Lampedusa en el arranque del curso pastoral | Foto: Óscar García

09 de octubre de 2019

Salamanca acaba de despedir, en el arranque del curso pastoral diocesano y en pleno mes misionero extraordinario para toda la Iglesia, la presencia conmovedora de la Cruz de Lampedusa, la que tiene por materia la madera pobre de una embarcación naufragada allí donde África toca Europa con los dedos y a menudo se hunde y muere en el intento. Su peregrinaje, alentado por el papa Francisco, nos insiste en la íntima relación del drama de los migrantes con la Muerte de Cristo en otra madera pobre hace casi dos mil años.

Es el de la Cruz un signo poderoso en su sencillez geométrica, con "sus brazos en abrazo hacia la tierra, el ástil disparándose a los cielos" (León Felipe). Colgada en la pared de nuestras casas, elevada sobre los campanarios de nuestros templos, puesta sobre las lápidas de nuestros difuntos o trazada, a veces deprisa y sin pensar, sobre nuestros cuerpos, la Cruz nos consuela, nos identifica y nos compromete. Es un signo viviente, de doble dirección, compendio de "los dos mandamientos" como nos recuerda el poeta de Tábara. "Grito, proyecto y fiesta" es también la Cruz, a decir de su último exaltador en Salamanca, el sacerdote y cofrade Javier Fresno, quien precisamente aludió en su intervención del pasado 14 de septiembre a la Cruz de los Jóvenes, icono de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Este regalo de Juan Pablo II lleva recorriendo todo el mundo desde hace treinta y cinco años, y Salamanca lo acogió en el otoño de 2010, en vísperas de la edición madrileña de las jornadas. Con aquel motivo, durante toda una noche las puertas de la Capilla de la Vera Cruz permanecieron abiertas, despiertas para amar, y se sucedieron los momentos de oración ante la Cruz de los Jóvenes.

De ámbito estrictamente diocesano pueden señalarse dos recientes peregrinaciones de la Cruz: la de la reliquia del Lignum Crucis promovida por la Cofradía de la Vera Cruz en 2006, al celebrar su quinto centenario, para lo cual se habilitó un pequeño relicario, y la de la Cruz de la Asamblea Diocesana entre 2015 y 2016, que a través de las pinturas de Jesús López aglutinó la simbología de la Trinidad, representando al Hijo la efigie del Cristo de las Batallas, la imagen de Santa María de la Vega y los dos patronos de la Iglesia local, San Juan de Sahagún y Santa Teresa de Jesús. Tanto el periplo del Lignum Crucis como el de la Cruz de la Asamblea dieron lugar a emotivas escenas de devoción a la Cruz de Cristo, recibida por comunidades diversas y llegando incluso a lugares de sufrimiento y soledad donde el misterio que encarna la Cruz se vive con particular hondura.

No dudo de que, en el futuro, habrá más cruces peregrinas con las que nos encontraremos, porque la Cruz siempre nos ayuda a encontrarnos en la búsqueda. La Cruz de los migrantes atravesados por la injusticia. La Cruz de los jóvenes más allá de las fronteras. La Cruz de una cofradía que la custodia con orgullo y quiere compartirla. La Cruz de una diócesis deseosa de renovarse en el seguimiento de las huellas de su Señor. Tantas cruces para abrazar, para besar, para mirar y ver en ellas a Cristo, para procesionar y así caminar hacia Él. Nuestras hermandades, con sus cruces de guía, no hacen sino peregrinar con la Cruz. Y ya bastaría siguiéndola, alumbrándola levemente, orando casi en silencio, "más sencilla, carpintero…".


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