jueves, 19 de diciembre de 2019

In principio era la fine

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Andrés Alén

El belén de Greccio con detalle de la cruz, obra de Giotto (Basílica Mayor de Asís)

20 de diciembre de 2019

Con este título no pretendo, no es lugar ni tiempo, adentrarme en discusiones ontológicas sobre el problema de la causalidad final en el pensamiento evolutivo contemporáneo que despliega Nicolai Hartmann, en obra homónima, que parece indicarnos que el motor no es una continuidad de causas efectos, sino que hay una prioridad causal que es destino, la finalidad.

Tampoco aludo a una bella y misteriosa obra pictórica de Nicola Samorí de 2016, ese artista italiano de un barroquismo pasional y perverso que acerca su obra a nuestro imaginario clásico más intenso, hasta lacerante, que algún despistado anglosajón confundiría con lo "gore". Pero ya volveré en tiempo cuaresmal, más propio, a este joven y capacitado autor que tanto acude en pleitesía a la obra de José de Ribera, y a mí tanto me conmueve.

Es mucho más sencillo: estamos en tiempo de adviento esperando un nacimiento decisivo, y nacer es empezar a vivir.

Hace casi ochocientos años, el 24 de diciembre de 1223 en un Greccio nevado, Francisco, que había comunicado, según narra Tomás de Celano, al buen Juan de Greccio, "su deseo de celebrar la memoria del niño que nació en Belén, y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno".

Se pidieron los permisos correspondientes ante la novedad litúrgica y en esa noche Francisco se dispuso a experimentar la primera misa del gallo que la devoción popular quiso convertir en el primer belén. No faltaron los hermanos, los pastores, sencillos "hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, ilumina todos los días y años".

El santo de Asís experimentó esa noche la profunda centralidad de la Navidad en ese Niño de Belén. Juan de Greccio aseguró "haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño". Una encarnación que el creyente identifica con otra cotidiana que sucede desde la cena de Pascua entre las manos de cualquier sacerdote en la celebración eucarística.

Hace unas fechas, en estas mismas páginas, el padre Tomas Gil Rodrigo constataba la fuerte ligazón que siempre han tenido las cofradías y hermandades de Semana Santa con la tradición belenista, que se conserva en la actualidad con tanto brillo como en el hermoso belén de las Isabeles de la Real Cofradía, y justificaba Tomás un camino que "debe proseguir hasta la cruz y el sepulcro vacío, es decir, nos encamina hasta la Semana Santa".

Estaba muy presente en san Francisco esa ligazón entre el pesebre y la cruz, esa nueva encarnación vivida en sus propios estigmas, y que también intuyeron los grandes escultores y pintores del barroco español con sus Niños con los atributos de la Pasión hoy, en tiempos de pensamiento débil, tan políticamente incorrectos.

Es curiosa la imagen contenida en el fresco gótico de Giotto, El Belén de Greccio (1295-1299) de la Basílica Mayor de Asís, que aparte de adelantarse a la representación tridimensional renacentista demuestra en la parte superior, casi fuera de escena, la trasera inclinada de una cruz que no puede ser otra que la trasera de su propio Crocifisso di Santa Maria Novella. Una carpintería maestra, perfecto entramado en madera de álamo, descrito en el fresco en todo detalle en perspectiva caballera.

Este envés de la cruz sobre la tierna escena de la contemplación del Niño, esa cara y cruz, se me antoja una misma moneda que me da pie al título de este artículo: El principio era el final. Pero no uniendo nacimiento y muerte, sino las dos Pascuas principales, Navidad y Resurrección, los dos viajes. Uniendo el pesebre con el sepulcro, en palabras del excelso poeta Aníbal Núñez "esa luminosa cisterna de rocío que hace revivir". O sea, también "El final era el principio".


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