jueves, 5 de diciembre de 2019

Y al final la vida sigue igual

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F. Javier Blázquez

El Cristo de los Doctrinos, tras salir de la capilla de la Vera Cruz el Lunes Santo | Fotografía: Javier Barco

04 de diciembre de 2019

Hubo un tiempo en el que las cofradías no interesaban a los curas. Con loables excepciones, que siempre existieron. Pero para la mayoría eran un problema con el que debían convivir y sortear de la mejor manera posible. Luego llegó el aprecio, a medio camino entre la necesidad de llenar bancos vacíos y la impostura auspiciada por el cambio de ciclo finisecular. Cariño por momentos empalagoso, acorde con las directrices procedentes de la curia. Excepciones las hubo, como siempre, porque entre el clero también palpitan los corazones inmensos, sinceros y convencidos, faltaría más.

Estoy confuso. Lo confieso. Escucho el discurso, leo consignas, analizo programas e impresiones y la esperanza me reconforta. Contemplo el entorno, constato realidades. Y sufro. Sufro porque creo firmemente en la validez de estas instituciones en el seno de la Iglesia, pero no tengo la seguridad de que quienes continúan ocupando los niveles superiores, los de siempre y donde siempre, tengan de verdad esa misma convicción.

Dudo. Y la duda es razonable y junto a mí dudan muchos que están comprometidos de verdad en este empeño. Hay ya demasiadas cosas que no se pueden entender. Nuestras cofradías de Semana Santa, con la siempre injusta generalización que deja al margen la excepcionalidad, están hechas unos zorros. Aquí, en esta diócesis que tanto amamos, hace cada uno lo que le viene en gana y nunca pasa nada. La política de hechos consumados da buenos resultados. Nunca pasa nada. Salvo que veladamente se insinúe o amenace con remover aquello que mejor está tapado. Así sucedió, verbigracia, con la posible elección a cargo cofrade de una persona a cuya situación canónica, regular, se le pudiera sacar punta retorciendo interpretaciones. Es el celo por colar el mosquito, justificable de no tragar con el camello. Y qué camellos, Dios, qué camellos. Porque no una, ni dos, ni tres situaciones irregulares con público conocimiento nos estamos tragando y digiriendo sin empacho alguno. Pero no hay escándalo, porque nos hemos puesto la venda sobre los ojos y no lo vemos.

Dudo. Y en la duda me acompañan muchos de los buenos que abandonan y se van, despedidos con la más inhumana y gélida indiferencia tras incontables años de servicio y dedicación. Qué actitud tan obscena y repugnante para una institución que se dice decana en el ejercicio de la caridad. Se van, abatidos y convencidos de que aquí nadie pone orden ante la incoherencia y el cuasi delito. Porque sí, en nuestra pitagórica diócesis las cuentas cofrades son muy oscuras. Que me conste, solo cinco cofradías las presentan ordinariamente ante el obispado. Pero poner el cascabel al gato y exigir que se cumpla lo establecido resulta incómodo. Es más sencillo mirar hacia otro lado mientras se pulsa la tecla que pone en marcha la centrifugadora de la opacidad. Así todo se blanquea, como los calzoncillos de lino que al parecer prescribe la Escritura y tanto nos ocupan estos días. Esas son las devociones que se aprueban. Ay, Señor, tanto blanquear, tanto, tanto… que las sepulturas de mármol blanco, blanquísimo y destellante, solo encierran podredumbre y corrupción.

Dudo, pero por qué dudo si debiera haber razones para la esperanza. Dudo porque quiero demasiado a estas cofradías tan llenas de contradicciones. Y eso no me importa, porque ellas también son signo de contradicción. Va en su esencia. Dudo porque me he implicado y creído que el cambio bien pudiera ser posible. Pero no termina de llegar y, al contrario, los signos de descristianización son terriblemente alarmantes. Ahora el fanatismo trasciende lo pagano y es lo que triunfa. Y en el piso superior callan y callan y el que calla termina por otorgar.

Solo tengo la palabra. Es lo que me queda. Y con la palabra lo vuelvo a denunciar, una vez más, con tristeza, sin ánimo de ofender ni de herir a nadie. Pero es lo que me queda, intentar seguir a Vitoria y hacer mías sus palabras y clamar, no tan bien como él, que se me seque la lengua y las manos si hubiera de decir contra mi conciencia y el humanismo que me inculcaron a la luz del Evangelio.


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