lunes, 20 de enero de 2020

Antigüedad, ¿indecorosa?

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J. M. Ferreira Cunquero

Paso de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: JMFC

20 de enero de 2020

En apenas dos suspiros, andaremos otra vez metidos en harinas semanasanteras por las vías dolorosas abriendo de nuevo, en el corazón cofrade, ese abrazo silencioso que se incrustará en la frente de la noche.

En ese lento caminar, contemplaremos algunos hábitos que destiñó con suma paciencia la maña poderosa del tiempo. Hábitos que tienen en sus poros la historia familiar escrita con rasgos de amor, que emergen recordando a quienes nos precedieron.

Se me viene a la memoria el inolvidable amigo Tomás Martín, y con él aquella conversación que duraba unos segundos, mientras llegaba su nieto, vistiendo la túnica del Rescatado, al Patio Chico. Como maestro del mundo cofrade, Tomás me decía que aquel hermano que pasaba ante nosotros, con la espalda curva y un torpe andar por el peso de los años, era descendiente de una estirpe familiar que, dentro de su Congregación, marcaba ese rasgo de fluidez histórica que nunca se debería perder.

Cuánto echo de menos a Tomás, en este momento en el que sufro y vivo lo que él me contaba con harturas de experiencia. Doy por seguro que, en este momento, estaría haciéndose imprescindible con sus consejos, cerca de mí. No puedo olvidar sus palabras: "Nunca dirigiré nada en otra cofradía, pero si me necesitas, lo sabes, cuenta conmigo". Tomás, por ser quien era, bueno e irrepetible, jamás partirá de nuestro lado.

Y viene a cuento esta evocación, al recordar que, no hace mucho, me contaba un conocido, que en su hermandad le avisaron de que no podía salir a la calle con el hábito que vistió su padre, al tener perdido el color por culpa de haber sido usado demasiadas veces en las noches enveladas del calvario pasional salmantino. Me comentaba que le causaban un gran dolor aquellas advertencias de la cofradía, al ser para él, aquella túnica, un vestigio que tenía la impregnación penitencial de su abuelo y su padre.

Puede entenderse que la uniformidad, como signo de la estética a la que todos aspiramos en este tiempo, debe rechazar cualquier hábito indecoroso por una descuidada conservación, orfandad de plancha o raquítica longitud. Pero otra cosa es ese hábito que expone el desgaste de la vida con todo el amor nazareno que lo ha ido empapando. Perfumes de mutismos y meditaciones empapando el paño que cubrió la entrega y el desprendimiento de una saga familiar a su cofradía.

Sería más que precioso, aleccionador, que quienes tienen la fortuna de tener esas joyas con perfume a familia añeja abrieran la marcha penitencial de esas cofradías que vienen desde hace siglos ganándose la admiración en nuestras querencias cofradieras. Ver y comprobar cómo ha ido pasando de padres a hijos, la antorcha de la religiosidad popular que, gracias a no sé qué misterio, sigue viva en estos tiempos tan mediocres en los que todo lo que huele a cristianismo atufa en los pestilentes salones del poder.

No es lo mismo la tela profanada por las arrugas del pasotismo o el lijado machacón del detergente, que la que ha sido desgastada por el uso durante la Semana Santa de los tiempos anteriores…
Claro que sobre gustos y entendederas…


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