miércoles, 15 de enero de 2020

Haciendo las 'Amérricas'

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Álex J. García Montero

Detalle del respiradero de un paso realizado con bordados | Fotografía: Manuel López Martín

15 de enero de 2020

El mundo del toro es de lo más ingrato que hay. Quien ha estado pululando por los cercados de las dehesas, muros, burladeros, trancones, cosos, alberos… hasta las propias taquillas, se dará cuenta de que es un mundo muy ingrato. Falso de toda falsedad, metafísicamente contrario a la verdad en muchas ocasiones. Sin embargo, la máxima verdad de la fiesta, la bravura, la embestida, la testuz, las navajas en puntas… se impone frente a opinadores, presidentes, asesores, veterinarios, políticos, palcos, puros, corbatas, trajes y pajaritas de tres al cuarto.

Al final, queramos o no, incluso con los políticos y su amenaza continua de recorte de libertades (vulgo subvenciones), se impone la verdad de las cinco de la tarde. Esa verdad persiste en la salida de un toro a cualquier albero de la vetusta Iberia bien formado y rematado en puntas, de cara seria, de los negros toriles.

Algo parecido sucede en nuestra Semana Santa (extensible a cualquier penitencial de todo territorio hispano). Hemos sometido a la Semana Santa a cantidad de ropajes, y debido al frío reinante de las nieblas tormesinas, a múltiples abrigos que poco tienen que ver con la ropa de los toreros. La ropa de los toreros está conformada por archiperres barrocos que dejan muy poco espacio al abrigo y al aire. Son ropas ceñidas y estrechas que a la mínima que el toro "haga hilo", habrá altas probabilidades de que entren las navajas hasta lo más profundo del alma. Sin embargo, imitando sureños climas cálidos, hemos inventado farrapos para tapar la verdad, como se tapan los óculos de los cuadrúpedos de aplicar la suerte de varas. Llevamos muchos petos encima, so excusa de inventar cada día, cada mes y cada año una nueva (mejor dicho, renovada) Semana Santa.

De ahí que haya que fundar cofradías, muy especialmente cuando me enfado con mis antiguos compañeros de paso o de trabajadera; hay que crear nuevas bandas, porque queremos ir todos delante (cual ciempieses); hay que añadir nuevos cultos, porque es la única manera de lucir las cada vez más numerosas varas de mando (a menos cofrades, más cargos en cofradías); hay que cocinar paellas y montar auténticas destilerías etílicas con afeitado incluido pues la cosa va de cuernos, porque es la única manera de sugestionar un grupo en torno a mi celestial persona. Pónganse tantos ejemplos como se quiera, que para torear de salón no hacen falta pitones.

Pero hay un momento en el que la verdad va a salir. Igual que tras el negro del túnel de chiqueros, hay un ebúrneo albero, tras las puertas de un templo, pequeño o grande, hay una procesión, estación de penitencia o salida penitencial en la calle. Y ahí, podemos contar el número de participantes. Podemos suponer, con mayor o menor acierto, la cuantificación de espectadores (últimamente, salvo honrosas excepciones, no llegamos ni a media plaza en las calles), se puede evaluar (con criterios objetivos) la organización (agilidad, solemnidad, exorno floral, comportamientos, silencios, músicas, austeridades a veces confundimos por vergüenza torera la austeridad con lo cutre, penitencias y fines seculares) de las cofradías y hermandades.

Las presidencias de corbata de las Juntas de Semana Santa, y las presidencias de mitra y solideo, están a verlas venir. A lucirse y lucir. A introducir catequesis varias, que rayan a veces con la extravagancia (laicas o religiosas) del tipo de grandes aspiraciones de interés turístico o de interés sacramental. Se dedican a cambiar tercios para que todo siga igual. Mucho pañuelo y costal blanco, y poco más.

Mientras, los fines propios de las cofradías (conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el recuerdo permanente a los difuntos y la atención de necesidades sociales) siguen en los corrales esperando una portagayola valiente de los taurómacos, que tras múltiples decepciones y desagradecimientos, huyen al otro lado del "charco" a hacer las Américas, o como se decía vulgarmente, a hacer las "Amérricas", que es la única manera de al menos no pagar por torear y lograr emolumentos para afrontar las temporadas estías de la península ibérica.

Las cofradías deben volver a la verdad del campo, de la dehesa, del tentadero, del desecho de tienta… porque sólo la sombra de la encina es la que nos envuelve en la verdad del frío sol del invierno de las tierras taurinas meridionales del viejo Reino de León.

Sin encinas no hay toros. Sin toros no hay encinas. Sin calle no hay cofradía. Sin procesión no hay calle. Los adoquines de las rúas charras ansían, con esta luna llena de invierno entreverada en las nieblas que, en luna llena de primavera, sean acariciados en nocturnidad de tinieblas, por la verdad de penitentes, pies descalzos, cruces, cadenas, velones, hachones y almas anhelantes de lo que fueron, son y serán nuestras penitenciales. De nosotros, y sólo de nosotros, depende.


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