viernes, 7 de febrero de 2020

Lo que nos conviene y cuando conviene

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Roberto Haro

Hermanos de fila del Cristo de la Liberación discurren por la calle Libreros | Foto: Roberto Haro

07 de febrero de 2020

Se dice que una sociedad madura con el transcurrir de los años, al mismo tiempo que va avanzando y progresando junto al inevitable paso del tiempo. Y con ello podemos ver cómo nuestra Semana Santa se ha ido amoldando a una situación acorde con el momento social que vivimos.

Si echamos la vista diez años atrás y vemos a través de la bola del tiempo cómo eran las cofradías, sus procesiones, la forma de vestir, los acompañamientos musicales, adornos florales, etc., parecería que ha pasado mucho más de ese tiempo. En algunos casos es incluso loable el esfuerzo realizado por varias de nuestras hermandades para conservar y madurar las tradiciones frente al auge de las copias baratas de estilos que no son propios de este lugar.

Sí, han cambiado las cosas. Pero, ¿en todos los casos ese cambio ha sido para mejor? Hace apenas unos días comentaba en una tertulia cafetera con unos cofrades de la capital que, salvo contadas ocasiones, en las cofradías nos hemos metido en lo que ya parece denominarse la implosión de la involución cofrade, que desgraciadamente es la realidad que vivimos.

Algunas de nuestras hermandades han crecido en todos los sentidos que podamos imaginar dentro del ámbito de la Iglesia y del sentirse dentro de la misma. En ellas se puede comprobar que lo estético nada tiene que ver con lo que veíamos hace algunos años, siendo muy interesante comprobar cómo se van cuidando y corrigiendo los diferentes aspectos relacionados con la vida externa de la cofradía. Pero no solo eso, también han evolucionado en la vida interna, en lo espiritual; desde lo estético en el aspecto cultual, pasando por sus celebraciones hasta llegar a las preparaciones pastorales. Siempre teniendo como referencia a Cristo y a María, a los que veneramos por medio de las imágenes de nuestra hermandad como vehículo para comunicarnos con ellos. Nuestra razón de ser y la razón por la que entramos a formar parte de una hermandad. O mejor dicho, la razón que deberíamos tener para ello, porque en la mayoría de los casos… es mejor no comentar. Y si no, solo hay que oír los comentarios sobre el tan comentado curso cofrade que deben realizar ahora aquellos que quieran mandar más en una cofradía.

Por ello, es muy triste ver cómo en las hermandades hay cofrades que tienen a Cristo y María para lo que los conviene y cuando los conviene, como un adorno más, sin tenerlos presentes en cada momento y sin importar lo que significan para el cofrade y el cristiano. A ellos les importa mucho más cómo caminan sus imágenes, quién va de capataz, la agrupación que lleva, la marcha que va a petarlo… Y todo ello aderezado con el sectarismo que se impone al encerrarse en las casas de hermandad, peor que en una peña. Y si se ve entrar a alguien que no es del círculo cerrado se le mira de arriba abajo, se le hace una radiografía y, finalmente, se le rechaza porque para eso "ahora mandamos nosotros, no hace falta ayuda".

Luego nos extraña que estas cofradías lamenten que, en los cultos, actos o incluso procesiones, la asistencia de hermanos sea mínima, por no decir nula. Pero posteriormente sueltan lo de "Mi Cristo ni tocarlo". Y para aumentar el ego lo comentan casi de inmediato, cual postureo de famosillos con la moda de publicar las imágenes y vivencias con el dicho de "esta para el Instagram", para aparentar lo que no se es. Si se pararan a pensar solo un poquito se darían cuenta de que la realidad es totalmente distinta. ¿A qué vamos a los actos, cultos o procesiones?, ¿a realizar un momento de meditación, en rotundo anonimato, o a participar en las cabalgatas? A día de hoy no encuentro respuesta para ello.

Solo puedo llegar a entenderlo como una enfermedad que se vislumbra con la fiebre que entra los días que preceden a la Semana Santa en la que estamos a punto de entrar. Una enfermedad que brota por febrero y se marcha por abril, con un periodo de tratamiento de casi cuarenta días tras los cuales se deja el uniforme de medalla colgada al cuello sobre el chaleco o sudadera de tu hermandad y hasta el año que viene.


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