lunes, 13 de abril de 2020

También esto pasará

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Paco Gómez

Las Tres Marías contemplan el Sepulcro Vacío con la cúpula de la Purísima como fondo | Foto: Pablo de la Peña

13 de abril de 2020

"No creían ni en Dios ni en una vida después de la muerte. 
Recuerdo cuando estaba de moda no creer en Dios"
(También esto pasará, Milena Busquets) 

Me pregunto qué podría decirse a estas alturas que no esté repetido ya hasta la saciedad, que no haya rondado por sus cabezas, por sus dedos disciplinados transmitiendo al teclado el mensaje. Por sus oídos y pantallas. Por sus vidas. Hoy, Lunes de Pascua, es un día de vuelta a una realidad sin normalidad posible. El día siguiente a la Semana Santa más extraña que hayamos vivido nunca. No hubo actos, no hubo liturgias a las que pudieran acudir los fieles, que tuvieron que conformarse por seguirlas telemáticamente. No hubo procesiones en la calle. Ni estaciones de penitencia, ni marchas silenciosas. Ni tambores, ni bandas, ni gregoriano. Todo, eso sí, resonaba en los recuerdos, en la memoria. Seguramente fueron ingredientes de una receta que cada uno se compuso como pudo para hacer menos amargas las noches más importantes para el cofrade.

¡Un momento! Entonces, ¿no hubo nada de esto? Ahora que lo escribo miro hacia atrás y empiezo a dudar. De hecho, ya no estoy tan seguro. Posiblemente a usted le pase lo mismo. Infinidad de imágenes recibidas por todos los canales. Vídeos, fotografías, recuerdos vívidos. Es imposible que no estuviera ocurriendo. Porrom. Pom. Hábitos recién planchados y esperando pacientemente a que sus propietarios los llamaran a la fila otra vez. Pom. Flores recién cortadas. Oraciones que se vuelven a estrenar con la luna llena.

Venga, ¿en qué quedamos? Pues si ahora tengo que inclinarme por una respuesta, diría que sí, que hemos tenido todo eso. Por más vacía que estuviera la plaza de San Pedro todo siguió pasando. El humilde mutismo del Sábado de Pasión, la ilusión del estreno del que viene a redimirnos. La explosión de la mañana del Domingo (yo, de hecho, estrené unos calcetines, estoy seguro), la penitencia de la tarde, los crujidos del ímpetu costalero subiendo la Compañía. El silencio absoluto envolviendo al Cristo de los Doctrinos y a Nuestra Señora de la Amargura y volviendo al día siguiente al Patio de Escuelas. El manto de oración al paso del Flagelado y Nuestra Señora de las Lágrimas. Sí, estoy convencido que lo vi. Vi al Cristo de la Agonía Redentora sobresalir de las agujas de la Catedral y al Yacente con su pecho hinchado como una vela hacia la resurrección. Claro que lo vi. Vi a Jesús del Vía Crucis entrar en la Trinidad, a la Seráfica estrenar recorrido, a Marisa Beltrán soltar las palomas blancas de Amor y Paz junto a la Catedral. Volví a tararear al borde de las lágrimas la saeta cuando salía Jesús de la Pasión abriendo una gran procesión de la Dominicana. ¡Que sí! Me dolieron cada uno de los clavos de Jesús Nuestro Bien, cada azote, cada espada de la Dolorosa. Tragué saliva con la sangre que sudaba en la Oración en el Huerto. Me acarició otra vez la mirada del Nazareno diciéndome no importa, vuelvo a ponerte el contador a cero. Me acordé del niño que se postraba cada domingo a los pies del Rescatado y aprendía con los ojos cerrados la digna humanidad de Nuestra Señora de las Angustias. Volví a oler los pétalos que tejían un nuevo manto a la Soledad. Bajé detrás de la Hermandad del Silencio todos los escalones. Grité, al fin, ¡era cierto, Resucitó!

De verdad que sí, ahora me doy cuenta de que todo fue así. Y que además todo me lo fue contando con su media voz Fructuoso. Despacito, con paciencia: Paco, siempre nos quedará la Pascua. Siempre. De aquí al próximo 26 de marzo nos quedan muchas cosas por ver, por sufrir, pero por vivir. También esto pasará y aunque los que se fueron no podrán volver, toca seguir trabajando, apretando, esperando. Al menos a nosotros siempre nos quedará la alegría de llevar una Pascua más en el corazón.


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