lunes, 6 de julio de 2020

Tiempo de espera

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F. Javier Blázquez

Un mismo cofrade sostiene dos hachones en la procesión de la Cofradía de Cristo Yacente | Fotografía: Pablo de la Peña

06 de julio de 2020

El mundo se nos vino abajo cuando asumimos que este año las calles no se convertían en templos durante los días santos del comienzo de la primavera. Los pasos quedaron sin montar, la mayor parte de los actos cuaresmales sin ejecutar, los triduos sin rezar y el pregón oficial sin pronunciar. El tiempo se detuvo y en el anhelo quedó nuestra Semana Santa del 2020, la que ni siquiera pudimos celebrar en las iglesias. Cada uno lo hizo a su manera, como Dios y los tutoriales diocesanos le dieron a entender, encerrado a cal y canto durante los peores momentos de la pandemia.

Ahora, cuando tradicionalmente entramos en la época de parálisis casi absoluta en la actividad cofrade, da la impresión de que el mundo cofrade intenta recuperar algo de lo que quedó sin hacer. La revista Pasión en Salamanca, en su formato clásico, al ralentí, ha comenzado su distribución. Después de todo es una revista cultural cuya lectura tiene cabida en cualquier momento del año. Había quedado empaquetada en las vísperas de su presentación. Christhus, que aún no estaba impresa, se rehace y aligera y en breve sacará una edición reducida para los coleccionistas. Algunas cofradías estudian llevar al otoño los actos que, por no tener vinculación con el calendario litúrgico, bien pudieran verificarse en otro momento y poder darles así continuidad en el tiempo. El poeta ante la cruz, uno de ellos, podría servir como ejemplo representativo.

Poco a poco la vida cofrade parece ir resurgiendo, a ritmo lento, pesadamente lento, sin certezas de cara al futuro, porque nadie puede asegurar que para 2021 habremos recuperado la normalidad. Pero no queda más remedio que mantener la esperanza en este tiempo de inquietante espera. De momento, si se confirman los rumores y hay más de una candidatura a la presidencia de la Junta de Semana Santa, tendremos un mes de julio entretenido en los mentideros cofrades. Un aliciente más para este mortecino y atípico principio del estío. Ojalá que en estas semanas de campaña sin campaña todo quede en runrunes de lo que uno u otro pudiera aportar en caso de salir elegido. El problema es, y la experiencia así lo demuestra, que solo hay un ganador y cuando uno gana es porque el otro pierde. Y no están los tiempos para divisiones, que en todos los sentidos pinta el palo verde de la baraja. La Semana Santa no es como la política, no debiera serlo aunque sus procedimientos son y deben ser democráticos, faltaría más, pero las pugnas nunca fueron buenas ni terminaron bien.

Comienza el verano, con muchas incertidumbres. Demasiadas. Es tiempo de espera, con inseguridades, con temores, pero también con esperanza. Pese al desánimo no podemos renunciar a ella. Tenemos la certeza, porque es una constante, de que tras las crisis siempre surge algo nuevo, mejor o peor, en todo caso diferente. A nosotros compete disponer los medios para que la nueva etapa que ineluctablemente está abriéndose camino sea mejor. Y todo pasa por la unidad, virtud que escasea en la tierra hispánica y apenas si se conoce por la Charrería. Pero hay que clamar por ella, reivindicarla desde todos los ámbitos, comenzando por el diocesano, siguiendo por las hermandades, llegando al corazón cada cofrade, dejando a un lado los protagonismos y las ansias de medrar. Ahora más que nunca se hace necesario aunar esfuerzos y trabajar todos en la misma dirección, porque lo que viene para nada va a ser fácil.


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