miércoles, 14 de octubre de 2020

Suspensiones

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Andrés Alén
                           

  Manos. Foto | Pablo Baena Baena  

                                           14 de octubre de 2020

Disculpen la interrupción; permanezcan atentos a la pantalla; reanudaremos la programación (o no), D.m., en cuanto sea posible, o al menos deje de ser imposible. Mientras tanto, recen.

Peor que una borrasca que amenaza chuzos de punta según la AEMET, mucho peor, porque un temporal a la crítica hora con todo ya preparado y el gasto hecho, se queda en suspenso recuperable que para nada quita la ilusión que se puso en el trabajo, los momentos de hermandad en asambleas o cabildos, fraternales o reñidos, todo lo que se proyectó hasta ese día cerrado y lluvioso. Que sí es pena, pero que se despena a los dos días, que la esperanza es prolongada. Pero esto es un aplazamiento sine die, un corte de luz, apagón desesperado, plaga vírica de diagnóstico esquivo a la que sigue alarma y confinamiento que impone un insondable equipo de expertos gubernativo, que se ensaña, si cabe con lo pío, restringiendo duelos, cánticos y aforos (vint-i-cinc en la Seo, tú), que debían poner lineales y cajera como en el súper, para caber más en misa.

Para nuestra Semana Santa salmantina, la cosa pinta mal, que yo de eso sé, o no pinta, como dijo nuestro flamante y presidente Frank. De procesiones hablo que la Semana Santa, por precisar, no hay quien la quite. Ya lo intuí cuando hace un mes se suspendía tan precavida como definitivamente, el carnaval de Cádiz; que aunque nuestros desfiles procesionales sean algunas veces exactamente lo contrario, suponía constatación de contrariedad o contra-dios.

Pocas veces se despliega tanta belleza como en esos días, ni se encarna en el pueblo de ese modo. Se cierra pues el bello ruido, pero en esta ciudad siempre queda la noche y su silencio, que también es gran valor. Ese paseo bajo la luna llena, si nos deja deambular por entonces ese confinamiento del que tanto desconfío, mascarilla en vez de capucha o capuchón, la distancia como siempre por aquí, más de tres metros entre cofrade y cofrade, social, y el mismo frio.

Yo lo que temo es que con estos prolongados parones nos desacostumbremos. Que la cultura tradicional es costumbre viva, normalidad vieja y no “nueva”. Que no entendamos que hermandad es solidaridad y concordia y que lo que nos hermana es una misma fe. (Pues yo a mi bola, que fe sí pero ya he regañado con todos los de mi cofradía). Habrá dificultades para reiniciar. Pasar cierto desierto sin desertar, hacer prueba de amor todas las ausencias. Volver.

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