lunes, 28 de diciembre de 2020

Años de reflexión

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 Roberto Haro

Ntra. Sra. de los Dolores | Foto: Roberto Haro

 28-12-2020

La Semana Santa es un acontecimiento social que sobrepasa en muchos aspectos los límites de la fiesta para implicarse de una manera real y profunda en el ámbito vivencial de nuestro pueblo. La expresión «vivir la Semana Santa» aplicada normalmente a la mayoría de los cofrades es literalmente exacta. Define actitudes que comprometen la existencia de una persona, viven por ello y para ello, y no tiene razón de ser que la Semana Santa no exista –o, mejor dicho, que no salgan sus imágenes y procesiones a la calle–. A esos cofrades les mueven los valores que orientan un sentido muy concreto de comprender la realidad, sin adivinar una esperanza más allá de aquella.

En este año que hemos tenido mucho tiempo para pensar y reflexionar sobre la nueva vivencia cofrade que tocará vivir en adelante –y que con total seguridad se tendrá que poner en cuarentena la próxima cuaresma y Semana Santa–, no puede ocultarse el lento y progresivo avance de las hermandades y cofradías en sus planteamientos formativos, de caridad y cultos, con una conciencia algo más nítida de que son comunidades cristianas, forman parte activa de la Iglesia y detentan una responsabilidad inexcusable en la pastoral de la religiosidad popular.

Los cofrades que hace más de veinte años planteábamos estas cuestiones entre la incomprensión y suspicacias de la inmensa mayoría de las hermandades y cofrades, no podemos sino sentirnos reforzados en nuestras posiciones. Pero, por otra parte, estamos poco esperanzados ante el futuro inmediato que nos presenta la realidad cofrade, al tener que elegir entre la dicotomía de presentar el momento de hermandad como «procesionitis» irremediable, un elemento social y de ascenso personal, o fomentar la espiritualidad de sus hermanos.

Es significativo constatar que las nuevas direcciones de las hermandades siguen con esa inquietud contagiosa por acercarse con frecuencia a la hermandad, especialmente en las vísperas de Semana Santa, por participar en sus cultos y vivir de cerca el ambiente cotidiano de la cofradía. Pero lo que resulta novedoso es que estos nuevos cofrades solo van a la hermandad por fines puramente lúdicos y de aspiraciones personales, y no se sienten motivados para hacer de esta un ámbito donde poder cultivar su fe y sus inquietudes en espíritu de comunidad.

Ciertamente no faltan críticas hacia cualquier orientación que puedan tomar las cofradías, hermandades o congregaciones, pretextando que se están desnaturalizando sus fines u objetivos. Tampoco se toleran actitudes opositoras a las juntas de gobierno que las promueven o permiten. Independientemente que pueda existir una nostalgia de tiempos pasados, lo que se plantea es la concepción misma de hermandad. Es decir, ¿es posible pensar en nuestras hermandades simplemente como una asociación de culto y procesión que integran en la Cuaresma y Semana Santa a decenas de hermanos y el resto del año se convierte simplemente en un lugar de convivencia de unos pocos sin ninguna actividad concreta que no sea rutinaria...?

Como ya indiqué en esta misma publicación unos artículos atrás, entiendo que ser cofrade va indisolublemente unido al compromiso cristiano y a la integración efectiva en la Iglesia y, en este sentido, supone hoy en día todo un reto ante la creciente secularización de la sociedad y, dentro de nuestro ámbito, de la religiosidad popular.

No hay que usar mucho la materia gris de la cabeza para observar cómo todo lo que constituye el mundo de la Semana Santa y las cofradías se ha convertido en objeto de consumo y marketing comercial o ego personal de algunos: promociones publicitarias en prensa, videos, pins, revistas y, últimamente, youtubers e influencers en redes sociales que junto con los denominados «bares cofrades» en los que, entre copa y copa, puedes ver los últimos videos de determinada cofradía, escuchar reiteradas marchas procesionales, oler el perfumado olor del incienso e, incluso, contemplar una imagen pasional entre cirios encendidos, como invitando a un «culto» profano.

Y claro, ante esa situación es normal que el horno ya esté calentito para hornear el pan y se genere el problema, una situación que no sólo afecta a elementos cofradieros, sino también a la propia institución de las cofradías, especialmente a las que pretenden serlo. Y cuando se trata de controlar dicha situación, se genera el efecto contrario. No son pocos los denominados «cofrades» que se niegan sistemáticamente a que la autoridad eclesiástica intervenga la vida o supervisión de sus iniciativas. Y menos que las quieran integrar en la actividad de una parroquia y su pastoral, optando por erigir por sí mismos asociaciones culturales –con la denominación de hermandades–, aunque, eso sí, con sus imágenes, almacén, casa de hermandad y una vida social de dudosa animación durante todo un año organizando unos «paracultos semanasanteros».

Y como tendremos otra cuaresma y Semana Santa para pensar y reflexionar, es preciso que los cofrades descubran, desde su propia idiosincrasia, lo que significa hoy en día una hermandad o cofradía –para ellos y para el pueblo que les rodea–, enmarcados en una Iglesia que quiere ser testimonio fidedigno de Cristo. No se trata de inventar nuevas fórmulas que solo se queden en una «moda» o idea pasajera del capillita de turno, o de fundar nuevas cofradías porque en la que estaban ya no tienen cabida, sino de darle un sentido de vida, fe y solidaridad a una religiosidad que el pueblo siempre ha percibido como una presencia y vivencia en Cristo y su Madre.

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