lunes, 17 de mayo de 2021

El Cristo torero

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 Paco Gómez

Ntro. Padre Jesús Flagelado en la procesión de 2017 | Foto: Miriam Labrador
17-05-2021

No lo supe ver. Reconozco que no lo supe ver.

—Échale un vistazo cuando puedas, por si se me ha escapado alguna cosa. Que esto de la Semana Santa a veces es un lío.

Era un día de marzo, vete a saber de qué año. En todos los medios de comunicación se ultimaban los preparativos para la Semana Santa y quien más quien menos preparaba sus especiales.

—No te preocupes, que yo lo repaso. Pero vamos, Jose, que estará bien. A ver qué te voy yo a corregir.

El texto de José Manuel Blanco para una edición especial de El Mundo que se iba a publicar aquel Viernes de Dolores era, como siempre, un texto directo como un puñetazo a la mandíbula. Poco amigo de fintas y esgrimas verbales, José Manuel diseccionaba con maestría lo esencial, lo auténtico, sin necesidad de andarse por las ramas. Un dibujo de una Semana Santa con todo lo bueno y lo malo, adaptado al férreo corsé de los caracteres de la columna como un molde perfecto.

—Todo bien. Te he corregido un par de comas (una guerra en la que siempre andábamos a la gresca) y te subrayo en rojo eso del «Cristo torero» que le has puesto al Flagelado («Pase lo que pase, en la Semana Santa de Salamanca no puede dejarse nunca de ver la promesa del silencio de la Universitaria y la espectacular salida del Flagelado de Carmona, en una postura tan elegante que le ha valido el sobrenombre de Cristo torero»). Yo no lo veo, Jose. No me gusta mucho mezclar los dos mundos…

Lo comentamos algunas semanas después, en su casa, ante un café. Para mí, alusiones de ese tipo ahondaban en viejas equivalencias nacionalcatolicistas —copla, Semana Santa, toros y olé— en cuyo destierro estaba yo seriamente comprometido.

Pero Jose no me hablaba de eso y aguantaba con paciencia mi ímpetu desbordado. Criado entre la ciudad y el campo, al que escapaba en cuanto tenía ocasión para estar, sí, entre toros y vacas, él tenía una visión bien distinta de lo que suponía poner ese apelativo a una imagen sagrada. Porque, inevitablemente, para José Manuel pensar en la silueta de alguien delante de un toro tenía unas connotaciones completamente distintas de las mías.

En un día gris de noviembre de 2017, José Manuel Blanco cerraba los ojos en una habitación de hospital preguntándose si quizá no se hubiera equivocado al no dejar el periodismo, que le corría desde niño por las venas como un veneno, para dedicarse al campo, para haber esperado la muerte más tranquilo, entre sus toros y vacas. Y no sé si me oyó susurrarle que claro que no, maestro.

Han pasado más de tres años de aquel momento y todavía hoy sigo arrastrando el tic de echar mano al teléfono y marcar ese número que aún me sé de memoria (y que sabe Dios a qué usuario corresponderá ahora) para contarle a Jose esas pequeñas cosas cotidianas de aquí y allá, en una costumbre sobre la que fuimos tejiéndonos una red para afrontar el mundo. Cosas como la de aquel día:

Fotograma del documental inédito sobre Andrés Vázquez

 —Tienes que ver lo que ha hecho Roberto Fraile en el capítulo que le estamos grabando a Andrés Vázquez. Qué barbaridad.

El que hablaba, acompañando sus palabras con gestos elocuentes de haber coronado una cima de la que era muy difícil subir más arriba, era Víctor Soria, embarcado ahora en un proyecto para La 8 de Castilla y León TV sobre grandes personajes del toreo. Víctor y Roberto habían dedicado jornadas maratonianas de grabación a abordar la historia del particular diestro de Villalpando.

—Lo tienes que ver. Que esto es de toros pero no va de toros— zanjó.

Pues venga. No era el montaje definitivo, pero era la secuencia final que estaba más o menos acabada. Y entonces lo vi: Andrés Vázquez, en medio de un campo de encinas, convirtiendo el trapo del capote en una metáfora de la vida. Y me acordé de todo lo que me dijo Jose y que Roberto y Víctor (al final, todos los buenos en esto acaban haciéndote mirar igual) habían sabido plasmar allí: el baile negro con la muerte aceptada de antemano. Algo entre Dios y él. La honestidad de quien no tiene más barrera contra los golpes que el corazón. El Cristo torero.

Cuando en aquel café le dije a José Manuel Blanco si al final había cambiado o no ese texto para El Mundo, solo se encogió de hombros y se le escapó una sonrisa cómplice que podría significar cualquier cosa. A Roberto, el que se hacía llamar kafir, el no creyente, que era asesinado unos días después en una emboscada terrorista en Burkina Faso —seguro que dando al rec y yendo directo hacia la muerte— ya no le pude decir que nunca nadie había grabado a un cristo tan torero.

Pero yo ya estoy deseando que llegue el próximo Miércoles Santo y, con un poco de suerte, repetir esta historia. Irá por vosotros, compañeros.

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