lunes, 24 de mayo de 2021

Mes de mayo. Amor y Paz. 1971

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 J. M. Ferreira Cunquero

                                   Acto: Marcha penitencial Cristo del Amor y de la Paz. Años 80. Palacio del Obispo

                                                                                                                                                24-05-2021

 A todos mis hermanos fallecidos y especialmente a mi recordado amigo,
don Rafael Sánchez Pascual, párroco de la iglesia del Arrabal,
por comprender como nadie la inquietud cristiana de los que
 fuimos jóvenes adolescentes en aquel entonces...

 

Más, mucho más importantes que la primera y desastrosa procesión, fueron los meses posteriores de aquel Jueves Santo, que sirvieron para fortalecer las bases de una historia que, por impresionante, merece la pena ser recordada.

La nueva hermandad del Arrabal aparece de forma brillante en aquel momento en que las cofradías salmantinas estaban inmersas en una situación tan catastrófica, que algunas de ellas desaparecen para siempre.

Después de aquella marcha penitencial del 71, se comienzan a estructurar las ideas fundacionales, canalizando el vigor juvenil, que empezaba a dar la nota en la ciudad por su imparable acometida. Todo fue encajando para que la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz llevase a cabo su firme propósito de volcarse en el aspecto cultural y social de los barrios de la margen izquierda del Tormes.

Aunque todo lo que tenía que ver con la marcha penitencial iba tomando cuerpo con miras a 1972, debe ser resaltado con más fuerza, aquel firme espíritu fraternal que tendía caminos y abría espacios a un novedoso compromiso cofrade con el mundo general de la Semana Santa. El problema de fondo y general de las cofradías cobraba cierta importancia en aquellos mozalbetes arrabaleños. Se intentaba fortalecer, desde un gesto de generosidad cristiana, la ayuda a las cofradías que estaban viviendo una pésima situación de subsistencia.

Aquella fuerza imparable, la vivíamos bajo el auspicio del párroco del Arrabal, mi recordado y querido Rafael Sánchez Pascual, al que evoco cual si fuera un misionero de la juventud de aquella época, que por interesante es irrepetible.

En los salones parroquiales de la iglesia de la Santísima Trinidad, vivimos y compartimos durante meses la necesidad de ser algo más que meros nazarenos de una procesión.

Ángel Ferreira, como fundador principal, al lado de don Rafa y una cuadrilla de incombustibles fabricantes de ideas, fraguaron un programa de actividades cultural-religiosas, que en aquellos años dejaban el sello de una juventud irradiada por el ideal cristiano del amor fraterno.

Y si en el año 1972, la hermandad del otro lado del río, lleva a cabo, -bajo mi humilde opinión- la marcha penitencial más hermosa y seductora de estos cincuenta años, son los actos culturales y las muestras de un compromiso religioso evidente, los que extienden por toda la ciudad el rumor de que al otro lado del río se está formando un grupo de jóvenes revolucionarios cristianos. Pero pronto se cae en la cuenta de que es la Palabra la auténtica revolución de amor que, plasmada en los carteles, hace dudar a la policía del viejo régimen, generando autocomplacencia en quienes aspiraban a salir del túnel oscuro de un país donde la libertad es un sueño inalcanzable.

Pero queda muy claro desde un principio, que la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz rehúsa cualquier alineamiento político, demostrando que es en el Evangelio donde puede encontrarse, a través de una lectura sosegada, la libertad del hombre.

En aquel momento anticlerical, ir con la cara descubierta era un gesto de valentía y la incorporación de la mujer con pleno derecho fue otro signo de igualdad que promovía un paso firme hacia el futuro.

Decenas de hermanos vestimos hábitos de otras cofradías y en otros casos llevamos sobre nuestros hombros o empujamos pasos que no habrían podido salir a la calle sin nuestra ayuda. Desde aquel compromiso, llenos de orgullo podemos reconocer ahora que nuestra hermandad generó el cambio que precisaba aquella Semana Santa que daba muestras de una lamentable decadencia.

 

Las altas de nuevos hermanos aumentaban cada año de tal modo que, en poco tiempo, el Jueves Santo salmantino era una de las citas más esperadas en las calles de nuestra ciudad. La hermandad que había nacido desde la sencillez, con el ímpetu de mostrar que una cofradía está obligada a ser algo más que una procesión, marcó la gran diferencia durante años.

Los actos que deben celebrar la efeméride de los cincuenta años vividos, a causa de la pandemia han quedado paralizados. Esperemos que en los meses que quedan podamos vivir con intensidad el recuerdo, pero acentuando el compromiso de los más jóvenes con la nueva revolución del amor fraterno, que ha de rescatar la voz del Señor de los Arrabales, como nuevo aliento de esta época tan deshumanizada que vivimos.

 

 

 

 

 

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