viernes, 11 de junio de 2021

Distancia (s)

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 Álex J. García Montero

Jesús Despojado en el primer tramo de su desfile procesional | Foto José Javier Pérez

 11-06-2021

De toda la vida, el hombre ha marcado distancia con sus coetáneos. Así, al comienzo de la sociabilidad, hombre y mujer marcaron distancias entre ellos, aunque en esas mismas distancias encontraron su unión. La tribu, posteriormente, era un agostero necesario de relaciones entre hombres de diferentes clanes y familias para proteger y protegerse, desde la obtención de recursos materiales hasta la formalización, consentimiento previo mediante, de las relaciones afectivas.

En el mundo del toro se han dado dos circunstancias aparentemente paralelas, la distancia y las distancias.

El universo taurino es marcadamente distanciado de lo que es lo «normal» (extraño vocablo en la situación actual). No forma parte de lo urbano, aunque la tauromaquia se da fundamentalmente en espacios urbanos. No forma parte tampoco de lo rural, pues las dehesas y las ganaderías son como espacios apartados de los pequeños núcleos de población rurales. Son islas en medio del agro. Eso hace que se hayan marcado distancias, a veces insoslayables, entre unos, otros y los bóvidos. El uro no es ordeñable, requiere de amplios espacios y de gente sabia, que mantiene y trasmite sus secretos, cual canteros o vidrieros medievales, de generación en generación. En España no triunfó la masonería en el pueblo llano porque los toros y las cofradías mantuvieron la misma labor, pero sin el daño ni las ínfulas de esta.

En el toro todos miden las distancias. Las distancias que mide el toro con el torero. Las distancias que miden los matadores con los cornúpetas. Las distancias entre espadas y subalternos. Las distancias entre subalternos (no es lo mismo ser peón de confianza que puntillero). Las distancias entre los aficionados y el resto…. Y así podíamos seguir.

En las cofradías y hermandades siempre hubo distancias. Distancias entre hermanos (a veces de forma tribal o clánica, se ha pasado de los arrumacos a las manos en poco tiempo, si no que se lo digan a la Dominicana). Distancias entre juntas, capataces, hermanos de carga y resto de hermanos. Distancias entre mitrados, presbíteros y cofrades (como aquellos, muy progres y valientes ellos, que quieren marcar distancias quitando banderas de hermandades, al estilo de lanzada a moro muerto).

La distancia en estos dos mundos, quizás provenga, más que de sesudos análisis sociológicos, de su propio aspecto sacro intrínseco a ambos. Lo sagrado significa separado y sí, es verdad que toros y cofradías son mundos aparte del común de los mortales. Ha habido iniciativas loables en turísticos circuitos por acercar el mundo del toro a aficionados, más allá de la plaza o la dehesa. Pero casi nadie ha podido ser partícipe de la vida diaria de los secretos de la cría del bravo. Sin embargo, se quejan (sin razón) los responsables del toro que nadie les comprende. Es que quizás hace tiempo que poblaron sus cabezas de ínsulas baratarias por meras conveniencias.

Lo mismo, pero más sangrante, pasa en muchas cofradías. Quieren ser parte de las parroquias y conventos, pero se miran ambas orillas con desconfianza kantiana de insociable sociabilidad (ya saben, aquello que el genio prusiano decía de, que los seres humanos somos como los erizos, al juntarnos para darnos calor en invierno, terminamos pinchándonos con las púas para volver a separarnos, y así toda la vida). Quieren hermanos y hermanas, pero a cualquiera que pasa por allí en una festividad lo hacen sentirse extraño en actos que debieran ser por y para la gente, y en gente incluyo a todos los fieles y curiosos, pues no lo olvidemos, las imágenes y las devociones se hicieron para llegar a la gente de la calle. Eso es Trento y el Barroco.

En los toros, a veces se ha intentado llegar más a los antitaurinos con visitas a ganaderías con todo lujo de detalles, que a aficionados que han sostenido esto a base de parné, ilusión, ganas y gestas.

En las cofradías, debiéramos pensar a cuántos hermanos se les ha ido apartando por caer y recaer en errores de bulto. Cuánto traje negro, gominas y brillantinas, corbatas de funerala, varas y cetros, acentos sureños, vocablos impronunciables, composturas impostadas (e importadas…) han hecho apartar a la gente sencilla que siendo hermano o no, quería sentir su Cristo, su Virgen como uno más en el escaño de la vida o el escabel de la familia, mientras se organizaban orgías turísticas para políticos y comilonas para eudemólogos onanistas y marcadamente acomplejados.

Distancia y distancias. Quizás sea la hora de recuperar más el sentido de hermandad y que todos los que somos hermanos de cofradías y penitenciales mantengamos distancia con todo aquello que nos ha hecho caer en el hastío, la rutina y la pereza del figureo, y recuperemos un significativo recorte de distancias con todos aquellos que quieran acercarse a Dios. Porque tanta distancia entre nosotros, con nosotros y con los demás, nos ha llevado a una situación en la que pronto no habrá ni distancia ni albero ni calle ni acera.

En estos días en que celebramos del Amor Fraterno, Corpus Christi, más que nunca presumamos que podemos llevar, como custodias, la cercanía del Señor a una sociedad tocada por este Islero del coronavirus. Sí. Todos estamos tocados. Muy tocados.

Y hay muchos modos de ser custodia, no sólo la de Toledo (por muy buena que sea). Como también hay muchas buenas maneras de trastear a un toro manso. Y si no, que se lo pregunten a aquellos responsables de hermandades, cofradías, juntas, hermanos, fieles, allegados y demás que han tenido que lidiar (nunca mejor dicho) con estos dos años que llevamos de faena (en el primer sentido del Diccionario de la RAE).

Nunca cobró tanto sentido la expresión latina de librarse de los «Idus de marzo».

La normalidad vendrá cuando seamos capaces de reducir la distancia con nuestros hermanos, manteniendo distancias con todo lo funesto que nos ha llevado hasta aquí. Y es que todos estamos llamados a ser, hacer y formar cofradía.

Y llegará, sí, llegará esa normalidad sin comillas, sin distancia ni distancias. Al albero, al templo y a la calle.

Feliz verano.

 


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