miércoles, 9 de junio de 2021

Yo sí sé quién eres

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 Ramiro Merino

   09-06-2021

La anécdota se me antojó profundamente conmovedora y reveladora. Hace mucho que la leí ‒la verdad, no recuerdo dónde ni cuándo, porque surgió en uno de esos paréntesis que vas llenando con lecturas a vuelapluma‒ y me pareció una lección de vida tan sencilla y sublime que se instaló en mi conciencia como uno de esos okupas incómodos, recurrentes.

La refería el médico de un centro de asistencia primaria. Aquella mañana, con la consulta casi a rebosar, como de costumbre, un hombre de considerable edad insistía en la importancia de que le atendieran enseguida. Al requerimiento de que explicara si el motivo era alguna dolencia que necesitara asistencia médica inmediata, él respondía únicamente que debía irse pronto de la consulta, que tenía una cita puntual a la que no podía faltar. El doctor ya había presenciado infinidad de veces este tipo de situaciones y no les daba la mayor importancia. Las gestionaba sin más, casi de soslayo, centrándose únicamente en el aspecto sanitario de la consulta. Pero en aquella ocasión no tuvo más remedio que detenerse algo más en los detalles porque, una vez que el hombre estuvo frente a él, sus palabras tras el saludo protocolario volvieron a incidir en que debía acabar enseguida, porque tenía una cita inminente a la que no podía acudir tarde.

De tal modo despertó la curiosidad del facultativo que este le preguntó directamente: «¿Qué cita tan importante es esa que nos obliga a una atención urgente?». «Verá ‒respondió el paciente‒ dentro de quince minutos debo estar en la residencia donde se encuentra internada mi mujer. Padece Alzheimer desde hace unos doce años, pero transcurridos unos tres desde el diagnóstico, hubo de ser internada porque me resultaba imposible atenderla debidamente. Verá usted, desde el primer día en que ingresó no he dejado de visitarla cada día a la misma hora. Le llevo flores, estoy a su lado, la acaricio, la miro, le sonrío, le canto esas canciones que tantas veces escuchamos juntos o simplemente la miro en silencio. Ella ya no me reconoce; hace mucho que no sabe quién soy. Pero para mí acudir cada día puntualmente a su lado es vital. No existe nada más importante.»

«Pero, discúlpeme ‒añadió el doctor‒ si no le reconoce, si ya no sabe quién es usted, ¿qué importancia tiene que algún día no vaya o llegue más tarde?» El hombre permaneció unos instantes callado y finalmente sentenció: «Ella no sabe quién soy yo, pero yo sí sé quién es ella».

¡Qué grandiosa lección de vida! ¡Qué actitud tan bella y ejemplar! Quiero ver en esta historia (fuese o no cierta) una metáfora de nuestra propia vida, ahora que vivimos tiempos convulsos, de pragmatismo, confusión, incertidumbre. Me pregunto si la Pasión y Resurrección de Cristo no encierra un sentido parecido, si su entrega de amor hasta el extremo no fue sino el modo de decirnos algo así como: aunque tú ya no sepas quién soy yo, yo sí sé quién eres tú. Aunque no me reconozcas, yo conozco lo más íntimo de tus deseos y estaré a tu lado siempre. Seré tus manos y tu sonrisa, el abrazo y la mirada incondicionales... El vínculo que nos une es eterno y nada podrá destruirlo.

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