miércoles, 3 de noviembre de 2021

La espalda del Señor

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 P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Gran Poder a su paso por los Pajaritos | Foto: J. M. Serrano- ABC
03-11-2021

Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo,
tome su cruz y sígame
(Mc 8,34)

En la estación de penitencia muchos son los lugares en los que el hermano se sitúa: puede llevar un cirio acompañando el camino de la imagen de su sagrado titular, puede ser un acólito o llevar uno de los estandartes o insignias, puede ser un costalero o un portador y ser los pies del Señor o de su Santísima Madre, puede también ser fiscal de tramo o miembro de Junta de Gobierno y llevar una vara (incluso la dorada que puebla el sueño de tantos)... Cada uno de estos tiene su puesto en el cortejo: anteceden el paso de la imagen, constituyen un pueblo en marcha. Y ya está. Pasa la banda, la procesión ha terminado y podemos irnos de recogida a casa. Siempre con esa sensación de que todavía falta algo, que queda algo por ver o hacer, pero toca retirarse.

¡Espera! ¿Qué hace toda esa gente que sigue en la procesión? Toda esa gente que marcha tras la música con la mirada al frente, elevada, fija en la espalda del Señor o de su Madre. Muchos no son cofrades, alguno hay que ni siquiera es creyente. Sin embargo, ahí están: no en los laterales, no delante, sino detrás, quizás con una vela en las manos. Me atrevo a decir que esa es la parte más importante de la procesión, su objetivo y su finalidad. Nuestros cultos externos son actos de evangelización, un llamamiento al corazón de todos los hombres para que se conviertan en discípulos del Hijo de Dios que se ha encarnado y transformado en uno de nosotros, que ha tomado la cruz y atravesado el Calvario para ofrecernos la luz de la Resurrección. Por esto, la más hermosa perspectiva para contemplar un Nazareno es su espalda, porque quiere decir que nosotros vamos detrás de él, siguiéndolo, volviendo a él nuestros corazones, haciendo nuestro camino oración: su Cruz, la que él lleva, es nuestra cruz, su carga nuestra carga. Y nuestros hermanos que nos acompañan, hombro con hombro, realizan ese mismo camino. Es él quien nos lleva y nos arrastra, con nuestros pecados y nuestras miserias, pidiéndonos que, al contemplarlo y seguirlo camino del Gólgota, volvamos nuestro corazón a Dios y a los hermanos.

Se recoge la procesión y la imagen en su capilla. Todo termina y es cuando de verdad todo empieza; porque ahora hay que caminar en nuestro día a día como detrás de la imagen del Señor. Detrás de él al encuentro de nuestros hermanos. El culto externo es camino de entrada, símbolo y signo que hacen presente nuestra fe en las calles. Pero es un signo vacío si no está lleno de vida por la caridad que Dios infunde en nuestros corazones con su Espíritu Santo. Y ese amor de manifiesta en obras. De nada sirve caminar detrás de ,él si torcemos la mirada ante el hermano que nos necesita, que también acude a poner su necesidad inmensa en las manos del que todo lo puede. Caminemos pues tras el Señor, y abramos como él nuestras manos, nuestros corazones, nuestras almas, al prójimo que nos necesita.

P.S.: Sí, escribo esta reflexión al calor de la santa misión que está realizando la imagen del Gran Poder en los barrios más pobres de Sevilla. Al lado de las imágenes de la devoción inmensa de una ciudad, se está desarrollando, sin salir siempre los medios, una acción social impresionante para intentar paliar las terribles necesidades que atraviesan esos barrios. El Señor sale al encuentro de sus hermanos y con él lleva a todos sus devotos para que se pongan manos a la obra.

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