En Valverde
del Camino, cerca de Huelva, en la región española de Andalucía, beata Eusebia Palomino
Yenes, virgen del Instituto de Hijas de María Auxiliadora, que, dando un
egregio ejemplo de humildad y evitando toda ostentación, mostró su espíritu de
abnegación en las tareas más sencillas y mereció los dones de la gracia.
Así se
refiere en sus elogios el Martirologio Romano a nuestra paisana, la salesiana
de Cantalpino cuya memoria celebramos cada 9 de febrero. Tras ver la luz en la
localidad salmantina el 15 de diciembre de 1899, nació para el Cielo en este
día en 1935. Esto dijo de ella Juan Pablo II al beatificarla el 25 de abril de
2004: «Sor Eusebia Palomino, de las Hijas de María Auxiliadora, oyó un día la
llamada de Dios y respondió a través de una intensa espiritualidad y una
profunda humildad en su vida diaria. Como buena salesiana, estuvo animada por
el amor a la Eucaristía y a la Virgen. Lo importante para ella era amar y
servir; el resto no contaba, fiel a la máxima salesiana del da mihi animas,
caetera tolle. Con la radicalidad y la coherencia de sus opciones, sor
Eusebia Palomino Yenes traza un camino fascinador y exigente de santidad para
todos nosotros y muy especialmente para los jóvenes de nuestro tiempo».
Su sencillez,
característica de su hondura espiritual, queda bien aquilatada en sus escritos
autobiográficos, dictados a su directora sor Carmen Moreno, que daría gloria a
Dios con el martirio en 1936, y que recoge Miguel Ángel Boyero Rodríguez. Me
detengo ahora en un lugar de la ciudad de Salamanca, donde la joven Eusebia
vino a trabajar como sirvienta a los doce años de edad. En sus paseos había un
enclave que le permitía hallar con facilidad la cercanía de Dios por medio de
su Madre, la capilla-hornacina incrustada entre Santa María de los Caballeros y
las Adoratrices, en el Paseo de las Úrsulas, donde se encontraba (y se encuentra)
un cuadro de la Virgen Dolorosa contemplando los clavos del Hijo: Aquel
lugar era para mí el más preferido, pues me encontraba yo feliz y dichosa por
estar allí junto a la que yo tanto amaba, ¡mi Madre del Cielo! ¡Qué ratos más
buenos pasaba yo allí con Ella, y qué de cosas yo le hablaba! Le decía muchas
veces: «Madre mía, tú ya sabes que quiero ser buena, pero ayúdame para que yo
no te ofenda con ningún pecado». Otras veces le decía: «Haz que Lucía (la niña)
me quiera mucho, para que los señores estén contentos conmigo». Y todo lo que pedía,
me lo concedía.
La
cantalpinesa captó la esencia de ese lugar y lo describe así: Tenía un
poyete que se podía una sentar o arrodillar. Algunas veces, además de sentarme
al pie de la Virgen, que tanto me gustaba, me sentaba también en las puertas de
las Úrsulas y de las Adoratrices, sólo por el placer y satisfacción que experimentaba
al estar cerca de aquellas almas, que estaban consagradas al Señor. Yo allí me
encontraba muy bien, porque todo lo que merodeaba era muy de mi gusto, y hasta
el sentir las campanas de aquellas religiosas era para mí de mucha alegría y
satisfacción interior. Parecía que el sonido de la campana se me metía en el
corazón, y sentía una cosa como si me impulsara a retirarme del mundo y dar un
adiós a todo. Estaban madurando las inquietudes vocacionales de la joven, que
en su escasa formación y su pobreza percibía un gran impedimento, pero el
anhelo de santidad lo desbordaba: Y pensaba: ¡Qué bien estarán ahí esas
monjas, sin ver a nadie, solas con Dios! ¡Qué santas serán y cómo las querrá!
La
calle, a través de una sencilla capillita y de los toques sucesivos de los campanarios
conventuales, actuaba como instrumento de la llamada divina, que en la
repetición de los paseos, en la sucesión de los momentos, se hacía oír dentro
de nuestra beata. Seguro que, con el tiempo, recordaría la arboleda del Paseo
de las Úrsulas mientras cuidaba el huerto en el colegio de las salesianas de
Valverde del Camino. Allí se preocupó de un naranjo que durante décadas dio
ricos frutos, «el naranjo de sor Eusebia». Cuando se secó, decidieron hacer con
su tronco la cruz que está junto al sepulcro de la beata, en el pequeño pero delicioso
oratorio dispuesto junto al patio colegial. Talladas en la cruz, cinco rosas,
pues mucha era la devoción de la salesiana a las cinco llagas de Cristo.
Sería
un justo recuerdo en nuestra ciudad, aprovechando los nuevos planes municipales
para la huerta de las Adoratrices, adecentar la capillita-hornacina de la
Virgen Dolorosa y señalar que fue un lugar importante para moldear una vida
santa. Estoy seguro de que los que, al fondo, junto al Campo de San Francisco,
aún mantenemos alto el pabellón de una calle tan espiritual como el Paseo de
las Úrsulas, pondríamos de nuestra parte, y también lo harían con mucho entusiasmo
sus hermanas, las Hijas de María Auxiliadora y comunidad educativa del colegio San
Juan Bosco.
Sor
Eusebia Palomino, beata de la Iglesia, salmantina y salesiana, mujer orante del
resto dejado por Dios en medio del mundo, apóstol del pueblo humilde y pobre
que busca refugio en el nombre del Señor, ruega por nosotros.




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