lunes, 9 de febrero de 2026

¡Y qué de cosas yo le hablaba!

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Tomás González Blázquez


09-02-2026

En Valverde del Camino, cerca de Huelva, en la región española de Andalucía, beata Eusebia Palomino Yenes, virgen del Instituto de Hijas de María Auxiliadora, que, dando un egregio ejemplo de humildad y evitando toda ostentación, mostró su espíritu de abnegación en las tareas más sencillas y mereció los dones de la gracia.

Así se refiere en sus elogios el Martirologio Romano a nuestra paisana, la salesiana de Cantalpino cuya memoria celebramos cada 9 de febrero. Tras ver la luz en la localidad salmantina el 15 de diciembre de 1899, nació para el Cielo en este día en 1935. Esto dijo de ella Juan Pablo II al beatificarla el 25 de abril de 2004: «Sor Eusebia Palomino, de las Hijas de María Auxiliadora, oyó un día la llamada de Dios y respondió a través de una intensa espiritualidad y una profunda humildad en su vida diaria. Como buena salesiana, estuvo animada por el amor a la Eucaristía y a la Virgen. Lo importante para ella era amar y servir; el resto no contaba, fiel a la máxima salesiana del da mihi animas, caetera tolle. Con la radicalidad y la coherencia de sus opciones, sor Eusebia Palomino Yenes traza un camino fascinador y exigente de santidad para todos nosotros y muy especialmente para los jóvenes de nuestro tiempo».

Su sencillez, característica de su hondura espiritual, queda bien aquilatada en sus escritos autobiográficos, dictados a su directora sor Carmen Moreno, que daría gloria a Dios con el martirio en 1936, y que recoge Miguel Ángel Boyero Rodríguez. Me detengo ahora en un lugar de la ciudad de Salamanca, donde la joven Eusebia vino a trabajar como sirvienta a los doce años de edad. En sus paseos había un enclave que le permitía hallar con facilidad la cercanía de Dios por medio de su Madre, la capilla-hornacina incrustada entre Santa María de los Caballeros y las Adoratrices, en el Paseo de las Úrsulas, donde se encontraba (y se encuentra) un cuadro de la Virgen Dolorosa contemplando los clavos del Hijo: Aquel lugar era para mí el más preferido, pues me encontraba yo feliz y dichosa por estar allí junto a la que yo tanto amaba, ¡mi Madre del Cielo! ¡Qué ratos más buenos pasaba yo allí con Ella, y qué de cosas yo le hablaba! Le decía muchas veces: «Madre mía, tú ya sabes que quiero ser buena, pero ayúdame para que yo no te ofenda con ningún pecado». Otras veces le decía: «Haz que Lucía (la niña) me quiera mucho, para que los señores estén contentos conmigo». Y todo lo que pedía, me lo concedía.

La cantalpinesa captó la esencia de ese lugar y lo describe así: Tenía un poyete que se podía una sentar o arrodillar. Algunas veces, además de sentarme al pie de la Virgen, que tanto me gustaba, me sentaba también en las puertas de las Úrsulas y de las Adoratrices, sólo por el placer y satisfacción que experimentaba al estar cerca de aquellas almas, que estaban consagradas al Señor. Yo allí me encontraba muy bien, porque todo lo que merodeaba era muy de mi gusto, y hasta el sentir las campanas de aquellas religiosas era para mí de mucha alegría y satisfacción interior. Parecía que el sonido de la campana se me metía en el corazón, y sentía una cosa como si me impulsara a retirarme del mundo y dar un adiós a todo. Estaban madurando las inquietudes vocacionales de la joven, que en su escasa formación y su pobreza percibía un gran impedimento, pero el anhelo de santidad lo desbordaba: Y pensaba: ¡Qué bien estarán ahí esas monjas, sin ver a nadie, solas con Dios! ¡Qué santas serán y cómo las querrá!

La calle, a través de una sencilla capillita y de los toques sucesivos de los campanarios conventuales, actuaba como instrumento de la llamada divina, que en la repetición de los paseos, en la sucesión de los momentos, se hacía oír dentro de nuestra beata. Seguro que, con el tiempo, recordaría la arboleda del Paseo de las Úrsulas mientras cuidaba el huerto en el colegio de las salesianas de Valverde del Camino. Allí se preocupó de un naranjo que durante décadas dio ricos frutos, «el naranjo de sor Eusebia». Cuando se secó, decidieron hacer con su tronco la cruz que está junto al sepulcro de la beata, en el pequeño pero delicioso oratorio dispuesto junto al patio colegial. Talladas en la cruz, cinco rosas, pues mucha era la devoción de la salesiana a las cinco llagas de Cristo.

Sería un justo recuerdo en nuestra ciudad, aprovechando los nuevos planes municipales para la huerta de las Adoratrices, adecentar la capillita-hornacina de la Virgen Dolorosa y señalar que fue un lugar importante para moldear una vida santa. Estoy seguro de que los que, al fondo, junto al Campo de San Francisco, aún mantenemos alto el pabellón de una calle tan espiritual como el Paseo de las Úrsulas, pondríamos de nuestra parte, y también lo harían con mucho entusiasmo sus hermanas, las Hijas de María Auxiliadora y comunidad educativa del colegio San Juan Bosco.

Sor Eusebia Palomino, beata de la Iglesia, salmantina y salesiana, mujer orante del resto dejado por Dios en medio del mundo, apóstol del pueblo humilde y pobre que busca refugio en el nombre del Señor, ruega por nosotros.



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