Aprovechando el fin de semana de Carnaval me acerqué a visitar a unos primos y amigos a la vecina ciudad de Valladolid. En nuestro recorrido por la ciudad, tuvimos a bien entrar en la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias. ¡Qué gratísima sorpresa nos esperaba! En su interior, amén de otros crucificados, habita una imagen que parece desafiar las leyes de la materia y el tiempo. Es el Cristo del Jubileo, un crucificado que no solo carga con los pecados del mundo, sino con el asombroso relato de un encuentro entre dos orillas.
A diferencia
de la rotunda madera de pino que define la escuela castellana, este Cristo
nació en la segunda mitad del siglo XVI del ingenio de un indio mexicano.
Pertenece a la estirpe de los llamados «Cristos Tarascos», figuras creadas con
pasta de caña de maíz. Esta técnica novohispana permitía una ligereza casi
milagrosa para las procesiones, dotando a la imagen de una fragilidad orgánica
que la acerca, paradójicamente, a la vulnerabilidad de la carne humana.
La obra es
un diálogo entre materiales: mientras su torso y extremidades son de esa pasta
ligera, sus manos y pies fueron tallados en madera para resistir el paso de los
siglos. Es una pieza que, aunque nacida en México, se aleja de los prototipos
tradicionales para abrazar un naturalismo barroco incipiente, con
reminiscencias que evocan la sobriedad gótica de tiempos de los Reyes
Católicos.
El tiempo,
sin embargo, no fue clemente. Tras presidir la Capilla de la Soledad en el
siglo XVII, la imagen cayó en el olvido y el deterioro, almacenada y herida por
los años. Hubo un tiempo en que su aspecto, cubierto por un paño de pureza a
modo de faldón, recordaba al icónico Cristo de Burgos, pero su estructura
interna se desvanecía.
No fue hasta
finales del siglo XX cuando se inició un delicado proceso de rescate. En 2006,
una restauración integral a cargo de Carmen Santamaría devolvió al Cristo su
dignidad. Fue un trabajo de orfebre y de fe, donde hubo que unir brazos y
cabeza al torso «hebra por hebra», consolidando un soporte que muchos creían
erróneamente que era de simple papelón.
Hoy, el
Cristo del Jubileo se presenta ante el fiel y el curioso con un patetismo
sobrecogedor. Al carecer de cabello y barba tallados, el uso de postizos y su
corona de espinas realzan un realismo crudo, acentuado por los verdugones y
regueros de sangre que recorren su piel. Es, en definitiva, una de las joyas
más antiguas de la Ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las
Angustias.
Contemplar esta
obra es asistir a un milagro artístico: la supervivencia de un material humilde
—el maíz de América— transformado en un símbolo eterno de sacrificio en el
corazón de Valladolid.
La visita,
solo con este descubrimiento, mereció la pena.



0 comments: