29-06-2026
La
cantidad y no la calidad es la cualidad de la masa. La calidad y no la cantidad
es la cualidad del individuo. En el individuo importa si es bueno o malo. En la
masa solo hay números, cálculos, cantidades… El bien y el mal se distorsionan
en procedimientos de arrastre de voluntades de tal modo que en los sujetos
colectivos no hay moral, solo fuerzas. Kierkegaard escribió:
Dondequiera
que esté la multitud, hay falsedad... ya que una multitud o bien vuelve al
individuo completamente impenitente e irresponsable, o bien debilita su
responsabilidad al convertirla en una fracción de su decisión... La multitud es
falsedad. Por lo tanto, nadie siente más desprecio por lo que significa ser
humano que quienes se dedican a dirigir a la multitud... Por eso Cristo fue
crucificado, porque, aunque se dirigía a todos, no quería tener nada que ver
con la multitud.
Qué
profundo misterio. Poncio Pilato, la fuente de agua, la muchedumbre enfurecida,
Barrabás y Cristo y la multitud gritando: ¡Barrabás, salvad a Barrabás! Al criminal,
no al Hijo de Dios, pues el pueblo odia a quien cumple con la voluntad divina;
aquel es un individuo y no uno de ellos. El asesino, el ladrón, tienen su lugar
entre la masa, pero el individuo es un desertor, alguien que se ha emancipado
de la colectividad, que la ignora, y ese ignorar es el mayor desprecio, el
mayor agravio, y algo que la masa no puede fácilmente perdonar. Ni siquiera
quienes conducen a la masa pueden saciar su sed. El agua de la fuente no es
suficiente, es sangre lo que reclaman, solo las manos puedes mojar, Pilatos,
pero esa sangre no se borra, permanece en las páginas de la historia, una
huella carmesí que nos avisa, que nos recuerda que el pueblo no perdona a
quienes eligen ser ellos mismos. Del mismo modo, Sócrates murió también por no
querer halagar al pueblo ateniense, comprarle sus mentiras, prefirió la cicuta,
la cárcel y el oprobio y ver el último amanecer entre los barrotes de una celda
que habían abierto sus amigos, dejar vacío el barco que le aguardaba en el
puerto, rehusar la huida y la salvación momentánea sobre los mares, por
oponerse al pueblo y a su error, por defender aquello en lo que creía:
Sócrates, su individualidad, el Ente. También Kierkegaard:
Henos
aquí llegados a la última fase: el concepto mismo de «pueblo» se está volviendo
dialéctico. Ahora es el «pueblo» quien debe ser abatido. ¿Cómo? Aquí interviene
la categoría: el «Ente». El proceso de educación del género humano es un
proceso de individualización. Por eso la humanidad debe ser dividida primero en
tres sectores (nobleza, clero, burguesía); es preciso despedazar esa enorme
abstracción del «pueblo» con el «Ente».
La
Naturaleza, la ley divina, nos enseña la entropía, la dispersión hacia lo
atómico, la energía de lo individual, el orden del Ser. Pero es su opuesto, el
Poder, el Mal, quien tiende a concentrarse, quien concentra las cosas, y la
energía se pierde, parece que se logra un orden, pero en el conjunto, quizás en
el conjunto, se logra un mayor desorden, un mayor caos. El poder es una
categoría entrópica, nada está fuera de Dios, a través de la concentración, que
es su principio, el desorden del conjunto aumenta. La multitud es a su vez una
estructura de poder, una estructura de poder construida para el aprovechamiento
mercantil y económico.
Ante
esto encontramos el Ente de Kierkegaard, el individuo como resistencia, el
individuo como el pez que nada contra la corriente, como la roca solitaria y
varada. Dice Wilde en De Profundis que Cristo fue el primer gran
Individualista y que el que quiera vivir como Cristo tiene que ser absoluta
y enteramente él mismo. Y Kierkegaard dice en sus diarios que Cristo es
el maestro del amor (que fue traicionado con un beso). ¿Por qué? Porque el
amor pertenece al individuo. El amor es la fuerza del alma humana, y el alma de
la masa no es humana, es otra cosa. Es un sujeto colectivo, una construcción,
una estructura. Igual que el todo es algo más que la suma de las partes, la
masa es algo más que la suma de quienes la componen. No hay amor en la masa,
solo fuerzas colectivas, fuerzas que no responden a una ética racional, sino a
categorías instintivas. ¿Y la Iglesia? ¿Y los discípulos de Cristo? ¿Y
nosotros, los cristianos? Tal vez no ser parte de la masa sea la tarea del
cristiano. Escuchar, como en el poema de Rilke, el soplo de Dios, notar esa
estrella en la ventana, esa ola que nos saluda, que nos anuncia una misión, que
nos habla de lo divino y lo extraño. Buscar a Dios en el silencio. Buscar a
Dios en uno mismo. Tratar de conocernos y comprender nuestro alma para comprender
y conocer el mundo. Tratar de conocer y comprender el mundo para comprender y
conocer nuestra alma. Ser nosotros mismos en los tiempos de la colectividad,
saber que aquel al que llamamos hermano es un alma y un ser único como
nosotros, y que su existencia es un tesoro divino. Tener fe en que no hemos
venido al mundo para ser una masa que oscuras voluntades dominan, sino una
comunidad de individuos, donde cada uno cultiva con esmero la preciosa parcela
de las posibilidades de su alma. Diferenciar la masa de la comunidad, la masa
donde todos se ven arrastrados a ser uno y la comunidad donde cada uno puede
ser uno mismo junto a los otros.
No,
el individuo no puede ser ya una roca, no puede oponerse al poder material, con
eso solo conseguiríamos destruirnos, sumirnos en la infelicidad suprema. Hay
que seguir el ejemplo del novelista William Gaddis, retomar su labor, no
resistirnos a la mecanización y la tecnología de las masas, sino coordinarnos
con sus sistemas, descubrir nuestras raíces comunes… ¡Cuánta diferencia entre
lo ritual y lo mecanizado! Hay que retornar al rito, en las artes y en la
religión, el rito es la participación del individuo en la comunidad, la
participación del individuo en el arte y en la religión, y la mecanización es
la pasividad con la que la masa ahora los recibe. El Ágape, la comunidad de
amor fraterno de los primeros autores cristianos, hay que volver a ella,
resolver dialécticamente la contradicción, de algún modo, tal vez es todavía
posible, sí, ser más en la síntesis.
El
individualismo de Cristo no es egoísmo, es su contrario. Uno no se conoce
girando sobre sí mismo como una peonza, uno se descubre a través de los otros,
de sus hermanos, y a través del amor y la simpatía por los demás. El resto de
seres son espejos en donde nos miramos. Hay que cuidar los espejos, si todos
están rotos nos veremos fragmentados. Pero no es egoísmo, no es interés, hay que
tener fe en el amor, porque sus consecuencias nos están veladas. Solo Dios
conoce los efectos. Pedro, en los Reconocimientos clementinos escribió:
¿Cómo
puede alguien amar a otro, si no se ama a sí mismo...? Por consiguiente, para
que pueda haber una distinción entre los que eligen el bien y los que eligen el
mal, Dios ha ocultado lo que es provechoso para el hombre.
Me
doy cuenta de que he hablado de muchas cosas que apenas soy capaz de formular,
pero si a algún improbable lector pueden resultarle sugerentes, para mí ya es
suficiente.




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