lunes, 2 de noviembre de 2026

Cristo nos toma de la mano para darnos la vida

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Tomás Gil Rodrigo


02-11-2026


Cada 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a recordar y orar por nuestros hermanos difuntos. Es un día en el que visitamos los cementerios, llevamos flores a las tumbas y sentimos especialmente la ausencia de quienes compartieron nuestra vida. Pero esta celebración cristiana no puede quedarse solamente en el recuerdo, la nostalgia o el dolor de la separación. El 2 de noviembre es, ante todo, una celebración de la esperanza que nace de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Quisiera invitaros, especialmente a quienes formáis parte de nuestras cofradías y hermandades de Semana Santa, a contemplar una de las representaciones más hermosas y profundas del misterio pascual. Se encuentra en la iglesia de San Salvador de Chora, en Estambul, antigua Constantinopla. Tuve la oportunidad de contemplarla personalmente y descubrir cómo una pintura puede expresar, con extraordinaria fuerza, aquello que confesamos en nuestra fe. Se trata de la Anástasis, una pintura mural de comienzos del siglo XIV, situada en la capilla funeraria del templo. Representa a Cristo resucitado descendiendo hasta lo más profundo del lugar de los muertos. No aparece como un vencedor que contempla desde lejos su triunfo, sino como aquel que baja hasta donde se encuentra la humanidad, sometida al poder de la muerte, para rescatarla.

Cristo, revestido de una luminosidad deslumbrante, ocupa el centro de la composición. Bajo sus pies aparecen las puertas destrozadas del reino de la muerte, los cerrojos y las cadenas rotas. A ambos lados están Adán y Eva, que representan a toda la humanidad, desde sus orígenes hasta el final de los tiempos. Cristo los toma de las muñecas y los levanta de sus sepulcros. Este detalle es extraordinariamente significativo. No son Adán y Eva quienes se agarran a Cristo. Es Cristo quien toma la iniciativa, quien desciende, quien busca, quien agarra y levanta. La salvación no es una conquista humana, sino un don de Dios. Nadie puede salir por sí mismo de la muerte. Es el Resucitado quien viene a buscarnos.

Contemplando aquella pintura recordaba las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25). Y también su promesa: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,40). La imagen de Chora nos ayuda a comprender que la resurrección de Jesús no es solamente algo que le sucedió a él hace dos mil años. Su victoria alcanza a toda la humanidad. San Pablo lo expresa con una comparación profundamente esperanzadora: «Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1 Cor 15,22). Y añade: «El último enemigo en ser destruido será la muerte» (1 Cor 15,26).

Queridos cofrades, vosotros que durante la Semana Santa acompañáis las imágenes de Cristo en su pasión y muerte, que contempláis su cuerpo crucificado, descendido de la cruz y depositado en el sepulcro, no podéis olvidar que la última palabra no la tiene el sepulcro, sino la resurrección. Nuestras procesiones, nuestras imágenes y nuestras celebraciones encuentran su verdadero sentido en la Pascua. Por eso, el 2 de noviembre deberíamos hacer más visible esta esperanza en nuestras iglesias. Sería muy significativo encender solemnemente el Cirio Pascual al comienzo de la Eucaristía y colocarlo en un lugar destacado. Es el mismo cirio que encendemos junto al féretro en las exequias cristianas. Su luz proclama que la muerte ha sido vencida y que nuestros difuntos están llamados a participar de la vida de Cristo resucitado.

En la noche de Pascua escuchamos en el Pregón Pascual: «Rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo». ¡Qué bien expresan estas palabras lo que contemplamos en la pintura de Chora! Cristo ha descendido hasta el abismo de nuestra muerte para abrirnos el camino de la vida. ¡Qué abismo de generosidad el de Dios, que no abandona a ninguno de sus hijos en la oscuridad de la muerte! El libro del Apocalipsis pone en boca del Resucitado estas palabras: «Estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo» (Ap 1,18). Y nos anuncia el cumplimiento definitivo de nuestra esperanza: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido» (Ap 21,4).

El 2 de noviembre seguimos sintiendo el dolor por la ausencia de nuestros seres queridos. La fe no elimina nuestras lágrimas, pero las ilumina con la esperanza. Rezamos por nuestros difuntos porque confiamos en la misericordia de Dios y en la victoria pascual de Jesucristo. Recordemos también aquella pintura de Estambul. El mismo Cristo que vemos crucificado es quien ha roto las puertas de la muerte y viene a buscarnos.


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